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8. La Oración

    I. Las preguntas del musulmán

* ¿Cómo oráis? ¿Dónde y cuándo oráis? ¿Cuántas veces oráis al día?
* ¿Practicáis el lavatorio ritual antes de hacer oración?
* ¿Rezan también las mujeres?
* ¿Oráis siempre o sólo en determinadas ocasiones?
* ¿Hacéis oraciones especiales en las principales fiestas?
* ¿En qué lengua rezáis?
* ¿Cuál es la principal postura física que adoptáis en la oración? ¿Qué significa hacerse el signo de la cruz?
* ¿Por qué oráis? ¿Tal vez es una orden dada por Dios? ¿Por respeto a las normas religiosas? ¿Para conseguir entrar en el cielo? ¿Por qué así os sentís mejor?
* ¿Qué decís en vuestras oraciones? ¿Qué textos usáis? ¿La Biblia?
* ¿Por quién rezáis? ¿Podéis rezar por nosotros?
* ¿Podemos participar en vuestras oraciones? ¿Podemos rezar juntos? En el caso de que podamos, ¿qué textos usaríamos?
* ¿Puede hacerse una oración musulmana en un lugar de culto cristiano?
* ¿Es posible disponer un oratorio musulmán dentro de un edificio cristiano?

    II. La perspectiva musulmana

    En general

Las palabras orar y oración tienen una amplia gama de significados y no expresan exactamente las mismas ideas que sus equivalentes en el ámbito islámico. El concepto islámico clave aquí es el de ibâda, que sugiere tanto el culto como la servidumbre; la oración, en cuanto acto de ibâda, expresa la actitud esencial de humilde servicio del siervo ante su señor. El islam distingue además entre salât, las oraciones rituales diarias que deben hacerse en los momentos señalados, y varias formas de oración libre, personal o privada. Entre las últimas se incluyen las siguientes: dua (invocación, petición), munâjat (diálogo íntimo con Dios) y dhikr (recordar a Dios en oración). Por tanto, se distingue entre hacer oraciones y orar. Cuando un musulmán pregunta sobre la oración está pensando en las oraciones canónicas prescritas (salât), que son públicas, a menudo comunitarias, y que se realizan según estrictas prescripciones. Cualquier otra forma de oración tiene una relevancia menor.

Por el contrario, los cristianos piensan en la oración principalmente como una actitud del espíritu y del corazón; en su mente, la oración no está vinculada a ninguna forma ritual particular. Así, cuando los musulmanes dicen no rezo, lo que quieren decir es que habitualmente no realizo las oraciones rituales prescritas. No obstante, puede darse el caso de que Dios esté frecuentemente presente en el pensamiento de estos musulmanes y que salga a la superficie en sus conversaciones. Cuando los cristianos rezan según el modelo monástico tradicional (la liturgia de las horas), se parece a la oración musulmana o salât, porque se realiza según lo prescrito para determinados momentos del día. La oración más profunda, la meditación y una más amplia concepción de la oración como algo espiritual, interior y silencioso, se encuentra en el islam en el seno de la vida de piedad de los místicos y en los modos de oración de las fraternidades religiosas.

Los cristianos no practican la oración ritual diaria del modo que los musulmanes practican el salât. Parece, por tanto, claro que los occidentales no rezan porque sus actitudes son materialistas. Por el contrario, los musulmanes rezan diariamente, en público y sin temor alguno a lo que piensen los demás, demostrando así que pertenecen a la comunidad musulmana. La conciencia que los musulmanes tienen de la trascendencia de Dios da a la oración ritual un sentido de sobrecogimiento ante lo sagrado. Por eso se da una gran importancia a la observancia rigurosa de cada una de las prescripciones rituales relativas al lavatorio, la postura corporal y los modos de hablar (fuerte, bajo o interiormente). La idea de que Dios vive entre nosotros ha conducido en el cristianismo a tratarlo con cierta familiaridad y a una libertad de estilos que llega hasta el punto de poderse interpretar como una falta de respeto a Dios.

Resumiendo. Podemos decir que mientras que el islam otorga una enorme relevancia a la forma exterior de la oración, el cristianismo da un mayor énfasis a la actitud interior.

    En particular

El término oración indica en el islam un conjunto de prácticas religiosas específicas.

          1. La oración ritual canónica (salât)

El salât, que constituye en segundo pilar del islam, tiene el significado de oración ritual y es un elemento esencial del culto musulmán. Al orar, el musulmán se une solidariamente con todos sus correligionarios del mundo entero, atravesando continentes, culturas, e incluso épocas, y mediante ella experimentan la comunión con otros musulmanes, a pesar de sus posibles diferencias de opinión. La oración aúna muchos aspectos diversos de la devoción debida a Dios, como la recitación, la escucha, la meditación y la suma atención a la presencia divina. La oración comienza con una alabanza y una acción de gracias; a continuación, se pide perdón y la bendición de Dios, y, según la ocasión, la lamentación, la intercesión, etc. Para asegurar que la oración ritual, dondequiera y cuandoquiera que se realice, contenga todos estos elementos, se ha fijado meticulosamente su rito. Procede del Corán y del Hadith, así como de las regulaciones legales que las escuelas de juristas desarrollaron a partir de ambos.

La oración ritual se realiza cinco veces al día, en los tiempos establecidos. Muchos almanaques musulmanes también contienen los horarios para las oraciones, si bien éstos pueden ajustarse según la necesidad lo requiera. Los tiempos para orar son los siguientes: al comienzo del día (subh); al mediodía (zuhr); por la tarde (asr); a la caída del sol (maghrib) y por la noche (isha). La principal función que tiene la llamada a la oración (âdhân), que el muadhdhin proclama desde el minarete,  es hacer que la gente tome conciencia de la hora exacta para hacer la oración. El âdhân da un ritmo particular a la vida de una ciudad musulmana.

Cuando es posible, la oración se hace comunitariamente. El lugar ideal para orar es la mezquita. Quienes hacen la oración se disponen en filas detrás del imán, que es quien dirige el ritmo de la oración. También puede hacerse en la propia casa o en pequeños grupos fuera de la mezquita, y, en principio, en cualquier lugar, siempre que sea ritualmente puro. El lugar de la oración puede señalarse con una alfombra, un tejido cualquiera o un papel limpio tendidos sobre el suelo o con un círculo hecho con piedras. En todo caso, cuando se hace la oración ritual el orante debe mirar hacia la Meca, siempre que pueda reconocerse la orientación.  La dirección para la oración (qibla) está señalado en las mezquitas por el mihrâb, el nicho de la oración orientado hacia la Meca. El hecho de que todos los que hacen la oración dirijan su mirada hacia la Kaaba en la Meca, pone de relieve la unidad mundial de la comunidad musulmana. Antes de comenzar la oración ritual, el orante debe realizar las abluciones prescritas. Normalmente, se utiliza agua, pero si no se tiene a mano o no hay ninguna disponible, se realiza un acto de purificación simbólica con arena. La ley distingue entre las exigencias para lavar todo el cuerpo (ghusl) o partes de éste (wudû). El ghusl es necesario si el sujeto ha contraído una gran impureza (janaba). Es el caso si se han tenido relaciones sexuales, aún dentro del matrimonio, o se ha tenido contacto con un cadáver. El wudû es necesario en el caso de impureza leve (hadath), es decir, tras cualquier emisión procedente del cuerpo (heces, orina, pus, etc.). En este caso es necesario lavarse las manos, la boca, la nariz, la cara, los antebrazos, la cabeza, las orejas, el cuello y los pies. También deben lavarse las propias ropas, si bien lo más importante de todo es la pureza de corazón. Resulta instructivo comparar las regulaciones islámicas con las regulaciones semejantes que encontramos en el Antiguo Testamento (Ex 30; Lv 18; Dt 21,23).

Tras las abluciones, el orante declara su intención (niyya) de hacer oración. La oración se inicia con el takbîr, la fórmula Allâhu akbar (Dios es grande), seguido por la recitación de la sura inicial del Corán, la fâtiha48. Todo acto ritual de oración está formado por un número de unidades litúrgicas, llamadas raka, que oscilan entre dos y cuatro. Cada una consiste en un tiempo de posición vertical (wuqûf), genuflexión (rukû), postración (sujûd) y sentarse sobre los talones (julûs); a cada una de estas posiciones corporales le acompaña una oración específica y adecuada. La oración del amanecer está formada por dos raka-s, la del atardecer consta de tres, mientras que las del mediodía, la tarde y la noche constan de cuatro. La oración ritual incluye la recitación de breves suras del Corán, seguida por las salutaciones dirigidas a Dios (tahiyyât), al Profeta y a todos los creyentes musulmanes. A éstas le siguen la confesión de fe (shahâda) y  las bendiciones a Mahoma y a Abrahán. Todo el rito dura entre cinco y diez minutos, a menos que se añadan textos más largos del Corán o algunas intercesiones.

Las oraciones comunitarias (salât al-juma) se realizan el viernes de cada semana al mediodía. El ritual es el mismo que el de las oraciones diarias, ampliado por una tahiyyât más completa y, en particular, por el sermón, que es realizado por el imán o por otro musulmán que posea la capacidad necesaria. Con ocasión de las grandes fiestas se realizan otros rituales especiales, sobre todo en las dos fiestas más importantes: la del sacrificio, también conocida como la gran fiesta (Îdul adha o Îdul kabir), y la que se celebra al cesar el ayuno al final del Ramadán, el mes del ayuno (`Îdul fitr). También se realizan rituales especiales con ocasión del nacimiento del Profeta (al-mawlid al-nabawî), la Ashûra y las noches del Ramadán. No debemos dejar de mencionar las impresionantes oraciones que se hacen durante las peregrinaciones mayores y menores.

El salât es sobre todo un acto de adoración, alabanza y acción de gracias a Dios. Se realiza para obedecer el mandato de Dios. Los escritores versados en espiritualidad, como Muhammad al-Ghazâli (1058-1111), subrayan las siguientes actitudes como elementos esenciales para realizar el salât: pureza de corazón, sensibilidad a la presencia de Dios, temor reverente de Dios (taqwà), esperanza, modestia y deseo honesto de enmendar la propia vida.

También existen oraciones rituales para ocasiones especiales, como para pedir la lluvia, cuando sucede una catástrofe natural o cuando muere un ser querido. Otras oraciones de carácter voluntario (nawâfil) se realizan durante el Ramadán o por la noche (17,79).

          2. Otras oraciones

El sufismo y las fraternidades sufíes (tarîqa, pl. turuq) han desarrollado la práctica del dhikr (el recuerdo de Dios), que consiste, esencialmente, en mencionar y celebrar el nombre de Dios (2,152; 3,41). La repetición constante del nombre de Dios, individualmente o en comunidad, tiene el objetivo de alcanzar la total impregnación del corazón y mente del creyente con el recuerdo del nombre divino. Tradicionalmente, eldhikr consta de tres fases: el dhikr de la lengua (la simple recitación oral del nombre de Dios); el dhikr del corazón (cuando el corazón se ajusta al ritmo de la recitación) y el dhikr de la intimidad (sirr), cuando todo el cuerpo y el alma del creyente vibra con la recitación del nombre de Dios. Los sufíes y sus fraternidades también practican habitualmente la meditación (fikr y taammul), la oración diaria en silencio (wird) y las letanías responsoriales (hizb).

Estas formas de oración están también estrictamente reguladas por su ritual y texto correspondientes. Los textos son, frecuentemente, muy impresionantes. Pero nada se deja a la iniciativa personal. Al discípulo sufí (murâd) se le exige realizar estos rituales con todo cuidado bajo la dirección de un maestro (shaikh, pîr).

Hemos de mencionar también la recitación de los 99 nombres más bellos de Dios (20,8; 17,100). Estos nombres son recitados, meditativamente, por los musulmanes piadosos usando las cuentas del rosario.

Asimismo, debemos mencionar cómo en diversos contextos y en situaciones de necesidad, los musulmanes meditan los textos del Corán para encontrar mediante ellos la fuerza que necesitan.

Finalmente, encontramos innumerables oraciones  espontáneas, así como las numerosas invocaciones  que los musulmanes – especialmente, los simples creyentes – hacen en cualquier ocasión: para alabar a Dios (al-hamdu lillâh – Alabado sea Dios); ante algo que no se espera (mâ shâ Allâh – Lo que Dios quiera o Si Dios quiere); oraciones de perdón (astaghfir Allâh – Que Dios me perdone); oraciones de curación (Allâh yashfî – Que Dios cure/sane); expresiones de desaprobación o de indignación (lâ hawla wa lâ quwwata illâ bi-llâh al-azîm – No hay poder ni fuerza sino con Dios).

En ocasiones, los teólogos musulmanes han discutido intensa y polémicamente sobre si la oración de petición es compatible con la ley islámica y qué valor habría que darle. Puesto que Dios lo sabe todo, no hay oración alguna que pueda modificar su voluntad. No obstante, los musulmanes están de acuerdo en que el dua agrada a Dios y que, por consiguiente, es deseable. ¿Acaso no ha invitado Dios a los creyentes a que le dirijan oraciones de súplica (2,186; 22,12; 13,14) y no ha prometido escucharles (2,186; 40,60)? Dios, enseña la principal corriente del islam, prevé todo desde la eternidad y por su soberana bondad concede generosamente lo que se le pide. Los mutazilíes, con su tendencia racionalista, opinaban que aunque la oración de súplica no tiene efecto alguno, es beneficiosa porque forma al pueblo en una apropiada actitud hacia Dios, la actitud de un pobre siervo (abd faqîr). La oración de petición no cambia la voluntad de Dios, pero sí cambia al creyente.

          3. Oración y acción

La autenticidad de la oración se manifiesta en las relaciones con el prójimo, especialmente en la lucha por la justicia y la solicitud por el pobre:

    «La piedad no estriba en que volváis vuestro rostro hacia el oriente o hacia el occidente, sino en creer en Dios y en el último día, en los ángeles, en la Escritura y en los profetas, en dar de la hacienda, por mucho amor que se le tenga, a los parientes, huérfanos, necesitados, viajero, mendigos y esclavos, en hacer la azalá y dar el azaque…» (2,177).

    III. La perspectiva cristiana

Orar significa dirigirse a Dios respondiendo a la donación que hace de sí mismo a la humanidad. Esta vuelta hacia Dios puede ocurrir y expresarse de muchas y variadas formas: oración oral; meditación; música, con texto o sin texto; movimientos físicos, incluyendo la danza; las artes, incluyendo pinturas, retablos, imágenes de santos, los iconos de la Iglesia ortodoxa49, vidrieras y esculturas. También podríamos incluir en este campo la apelación a los sentidos, como, por ejemplo, se hace con el uso del incienso, especialmente en la iglesia católica y ortodoxa. No obstante, en lo que sigue nos centraremos en las oraciones que usan palabras, tanto si son pronunciadas en voz alta, como en voz baja o en silencio.

Los orígenes de la oración cristiana se encuentran en la propia experiencia orante de Jesús, con sus raíces judías, y en lo que dice sobre la oración.

         1. Jesús oró y nos enseñó a orar

Los evangelios presentan frecuentemente a Jesús haciendo oración. Le gustaba retirarse a solas para orar. Algunas veces, pasaba toda la noche orando, especialmente antes de tomar importantes decisiones o en momentos decisivos de su vida. Por ejemplo, al comenzar su ministerio público se fue al desierto para orar y ayunar; también oró antes de su pasión. Vivió en continua unión con Dios  Padre, inspirado por el deseo de hacerse uno con su voluntad. La experiencia orante de Jesús estaba profundamente enraizada en el judaísmo y en sus Escrituras. Cita los salmos, el libro de oraciones de las Escrituras, bien al pie de la letra o reformulándolos libremente. Enseñó a sus discípulos cómo tenían que orar. La oración privada tenía que ser simple y directa, evitando las palabras o las frases vacías (cf. Mt 6,5-7). Respondiendo a una pregunta explícita de sus discípulos, les enseñó la oración que comienza con las palabras Padre nuestro. Padre porque los ama como sus hijos e hijas; nuestro porque toda oración, incluso la privada, se hace en comunión con los demás. A la invocación Padre nuestro le siguen tres peticiones sobre las relaciones con Dios y otras tres relativas a las relaciones humanas.

Antes de su pasión, Jesús celebró una última comida, que, a partir de la resurrección, evolucionó hacia el memorial de la cena del Señor o eucaristía. Este es el sacramento de la total autodonación de Jesús al Padre por la salvación del mundo y de la presencia real – aunque invisible e inmaterial – de Cristo resucitado entre nosotros. Así pues, la oración cristiana, tal como ha sido enseñada y modelada por Jesús, es, sobre todo, adoración del Padre, alabanza, acción de gracias, autodonación, petición de perdón, de ayuda y de esperanza.

Como ocurre en la oración islámica, la oración cristiana distingue también entre oración litúrgica y oración privada. Se da una gran importancia a la oración privada. La oración cristiana incumbe por igual a hombres y a mujeres. Sin embargo,  en la iglesia católica y ortodoxa sólo los varones pueden ser ordenados para presidir la eucaristía.

          2. La oración litúrgica

La oración litúrgica es una oración comunitaria regulada por disposiciones rituales y textuales. La eucaristía (que los católicos denominan también Santa Misa) ocupa el centro de la vida y la oración cristianas. En la Iglesia Católica siempre es el sacerdote quien la preside. Puede celebrarse todos los días y a cualquier hora. El domingo, que es el día en que se invita particularmente a los cristianos a recordar al Señor resucitado, se celebra con especial solemnidad. En la Iglesia Católica la liturgia dominical puede también celebrarse el sábado por la tarde.

La eucaristía comienza con el ministerio de la palabra, es decir, con las lecturas de las Escrituras, que siempre incluye un pasaje de uno de los cuatro evangelios, seguido por el sermón o la homilía y la oración de los fieles. A continuación, se preparan el pan y el vino; se hace la plegaria eucarística, donde encontramos las palabras de la institución (las pronunciadas por Jesús en la última cena); se reza el Padrenuestro; y, finalmente, se da la comunión, mediante la que los creyentes reciben al mismo Jesucristo en la forma de pan y de vino.

La eucaristía es, por tanto, la gran oración de acción de gracias (de ahí procede el término eucaristía, que en griego significa dar gracias), la gran oración de adoración y alabanza que hace la comunidad cristiana. También implica compartir la palabra de Dios y estar en comunión con Jesús, que se hace presente realmente en el pan y en el vino, fortaleciendo así a los creyentes en su camino por la vida.

La oración litúrgica de procedencia monacal (la liturgia de las horas), tiene una gran importancia para las comunidades monásticas y los sacerdotes, pero es menos habitual entre los laicos. La liturgia de las horas consta de una serie de oraciones y de lecturas de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, y esta formada por la recitación de los salmos, los himnos, las oraciones responsoriales y las peticiones. En las comunidades monacales se recita o se canta siete veces al día: por la mañana, al mediodía, por la tarde y por la noche. También puede realizarse individualmente. La oración ocupa también un lugar central en las iglesias protestantes.

La Iglesia Católica cuenta con siete sacramentos: bautismo, confirmación, penitencia, eucaristía, unción de enfermos, orden sacerdotal y matrimonio. Los sacramentos se administran en el contexto de una ceremonia litúrgica. En muchos lugares, y según las tradiciones locales, también encontramos oraciones litúrgicas para las peregrinaciones, para pedir la lluvia, para obtener una buena cosecha, para que el parto salga bien, etc.

          3. La oración privada

Por oración privada entendemos la oración de una sola persona o de un grupo, como, por ejemplo, la que puede hacer una familia al atardecer. Su forma es libre; en efecto, una característica esencial de la oración cristiana es la flexibilidad en los estilos. La oración privada y la pública se complementan mutuamente y no entran en competencia. Las dos están en consonancia con la exhortación de Jesús a orar sin cesar (Mc 13,33; Lc 18,1-8; 21,36; cf. Col 1,9; 1 Tes 5,17; 2 Tes 1,11).

En el contexto de la oración privada, junto a las oraciones que se expresan con estilo totalmente libre, se usan también las oraciones de la Iglesia: el Padrenuestro, los salmos, el Avemaría (entre los católicos) y otras oraciones, en voz alta o en silencio. Tal es la práctica de muchos cristianos, sobre todo por la mañana y al atardecer, o cuando visitan una iglesia o una capilla. Muchos católicos rezan también el rosario, recitando alternativamente el Padrenuestro y el Avemaría en torno a uno de los misterios de la vida de Jesús. Muchas personas rezan el rosario al menos una vez al día.

Quienes desean profundizar en su vida de oración, dedican, en lo posible, un tiempo cada día a la meditación y la contemplación. De pie, de rodillas, sentados o tumbados, en un lugar sagrado o en casa, se concentran en silencio para sentirse conscientes de la presencia de Dios y escuchar su palabra. La práctica constante de este tipo de sensibilidad y escucha de las palabras de la Escritura, que puede verse auxiliada por ciertos métodos de meditación, es un modo efectivo de acrecentar la cercanía a Dios. Según la perspectiva católica, esta práctica puede, por la gracia de Dios, conducir al logro de los dones místicos, bien en la clausura del monasterio o en medio de la vida diaria. Además, los cristianos que desean seguir a Jesús con más devoción, realizan ejercicios espirituales de vez en cuando, en silencio y en oración, bien un día al mes o una semana al año.

          4. ¿A quién se dirige la oración?

La oración se dirige a Dios. Oramos a él mediante Jesucristo en el Espíritu Santo. Lo que hemos estudiado en el capítulo 5 (Dios: Uno y Trino) tiene particular relevancia aquí. Oramos en y con Jesús, con el poder del Espíritu Santo, al único Dios.

La práctica católica de pedir a los santos que oren por nosotros se basa en el presupuesto de que son intercesores nuestros ante Dios.50 No obstante, se mantiene la orientación fundamental de la oración hacia Dios, que es el único digno de nuestra veneración.

          5. El sentido de la oración

La actitud esencial que subyace en la oración es la adoración, la acción de gracias y la petición de ayuda para uno mismo o para otros. Mediante la oración se nos orienta a buscar la voluntad de Dios para cada momento. Es fuente de fortaleza, de paz, de alegría y de fecundidad.

Es de gran utilidad tener tiempos fijos para hacer oración. Sin que seamos conscientes de ello, estos tiempos de oración harán prosperar otras áreas de la vida, hasta que al final toda la vida se convierta en oración. Y, viceversa, una vida de entrega a los demás enriquecerá nuestra oración. La oración impregnará así nuestras alegrías y nuestras preocupaciones. Orar no es huir de la vida. La oración hace posible que una persona busque los signos de la presencia de Dios en la experiencia individual y comunitaria y que encuentre la voluntad de Dios cuando debe tomar sus decisiones. La oración fortalece nuestra vida; influye en la relación tanto con nosotros mismos como con nuestro prójimo, impregnando todo nuestro corazón (cf. 1 Cor 13).

          6. Las numerosas formas de la oración cristiana

Con el paso de los siglos, la oración cristiana ha cambiado y ha asumido numerosas variedades de formas en tiempos y lugares diferentes, en afinidad con las culturas propias de cada pueblo. La adaptación a la cultura contemporánea puede provocar tensiones, pero es un proceso necesario, que puede también conducir a nuevas formas de oración. Así ocurre en los países musulmanes, donde los cristianos intentan integrar la riqueza de la experiencia espiritual de estos pueblos y traducirla a su propio lenguaje de oración.

    IV. Las respuestas del cristiano

1. Debemos subrayar una vez más lo que ya comentamos en la sección II, a saber, que los términos oración y orar tienen diferentes significados para el islam y para el cristianismo.

2. Debe compararse aquello que se parece entre sí. Así, por ejemplo, es apropiado comparar el salât (la oración litúrgica musulmana) con la oración litúrgica cristiana como la eucaristía o el rezo de las horas, prestando atención a sus características formales, las posiciones adoptadas para orar y el canto melódico, como también los ciclos diarios y semanales de oración. La oración de petición musulmana se corresponde con la oración privada cristiana, especialmente con las oraciones de súplica, mientras que el dhikr (recuerdo de Dios en la oración) se corresponde con las formas cristianas de contemplación.

3. Deben notarse los elementos que comparten ambos tipos de oración, como:
- la misma finalidad y el mismo sentido, es decir, las dos se dirigen a Dios con el sentido de adoración y de acción de gracias;
- similares formas de oración diaria y semanal;
- semejanza entre los textos; los salmos, por ejemplo, son relativamente accesibles a los musulmanes;
- ciertas posturas corporales.

4. Debería evitarse los contrastes simplistas entre el formalismo de la oración musulmana y la interioridad de la oración cristiana. Ciertamente que existen diferencias de énfasis, pero las dimensiones externa e interna brotan de la misma esencia en las dos tradiciones de oración.

5. Con respecto a la ausencia de abluciones rituales en la oración cristiana, debería advertirse que antes de Jesús se prescribía estrictamente en la religión judía la pureza cultual y legal, como ocurre actualmente en el islam. En la tradición de los grandes profetas, Jesús se opuso al formalismo y habló del vínculo entre la oración auténtica y las buenas relaciones personales.
«¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y luego se echa al excusado? En cambio, lo que sale de la boca viene de dentro del corazón y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias. Eso es lo que contamina al hombre, pero comer sin lavarse las manos no lo contamina» (Mt 15,17-20; cf. Mc 7,14-23).).
Especialmente digno de mención en este contexto es que para Jesús, y, por tanto, también para los cristianos, la sexualidad es un don positivo de Dios; no provoca la impureza a hombres ni a mujeres. Ahora bien, a los cristianos se les exhorta a usar este don humana y responsablemente.

6. Los cristianos tienen el deber de mostrar el respeto debido a Dios. Así, por ejemplo, es habitual en la Iglesia Católica santiguarse con agua bendita al entrar en una iglesia o un templo, o que el sacerdote se lave las manos durante la celebración de la eucaristía, como símbolo de la pureza de corazón. Ahora bien, el énfasis recae en la pureza de corazón, como dejan claro las oraciones penitenciales realizadas al comienzo de la celebración eucarística.

7. Los cristianos oran por la Iglesia, por los dirigentes políticos, por toda la gente y también por ellos mismos. Oran por quienes están cerca y de quien son responsables. Deben aprender a orar frecuentemente y con todo el corazón por sus prójimos musulmanes, y deberían pedir también a sus amigos musulmanes que oraran por ellos. De este modo, cristianos y musulmanes expresarían la relación en la que se encuentran conjuntamente ante Dios.

8. Con relación a la oración conjunta entre cristianos y musulmanes, hay varias posibilidades:

a) Celebraciones públicas de la Iglesia. No debería existir objeción alguna contra la entrada de musulmanes en las iglesias y otros lugares de oración para rezar en silencio, o incluso, si lo desean, asistir a una celebración solemne de oración como invitados. Sin embargo, la participación activa y explícita en las oraciones litúrgicas de la Iglesia, como la liturgia de las horas o la eucaristía, supone que se es miembro de la Iglesia como comunidad creyente; la participación en la oración litúrgica es en sí misma una confesión de la fe cristiana. Otra cosa completamente diferente es invitar respetuosamente a los musulmanes a participar en nuestras oraciones como invitados silentes, con el espíritu de la comunión creada por la fe en un solo Dios. Lógicamente, los musulmanes comprenderán la necesidad de respetar la dignidad del lugar y sus propias costumbres.

b) Cuando una celebración cristiana implique directamente a un musulmán, como, por ejemplo, un funeral, una boda interreligiosa o un bautismo en la familia de parientes, vecinos o amigos cristianos, entenderá perfectamente que estas ceremonias tengan un carácter específicamente cristiano. Esto mismo puede aplicarse a los rituales y a los textos. Al mismo tiempo, sin embargo, las rúbricas de la liturgia cristiana con respecto a la selección de las lecturas y el sermón, prevén alguna adaptación que tenga en cuenta a los diferentes participantes y las circunstancias relevantes. Podría estudiarse la modificación de los rituales, especialmente cuando uno de ellos pudiera resultar ofensivo para los seguidores de otra religión. Es también totalmente posible usar ciertos textos espirituales musulmanes, preferiblemente textos no oficiales, como, por ejemplo, las oraciones de los místicos. Por el contrario, no es aconsejable utilizar el Corán o los textos litúrgicos musulmanes. En ocasiones se ha pedido a los musulmanes que reciten la fâtiha51 en la celebración de un entierro, y lo han agradecido. No obstante, es importante que se trabaje en sintonía con las orientaciones de la iglesia local, evitando acciones que harían peligrar las buenas relaciones entre las diferentes comunidades.

c) En los acontecimientos públicos interreligiosos – encuentros de oración, conferencias, charlas – es aconsejable que cada grupo, por orden, lea un texto de su propia tradición (de la Biblia o del Corán, por ejemplo), con total respeto a quienes están presentes. Normalmente, en estas ocasiones los musulmanes se resisten a decir las dos primeras palabras del Padrenuestro, así como piensan que la Fâtiha (la sura inicial del Corán), cuyas palabras tienen profundas raíces bíblicas, es una oración oficial que está reservada exclusivamente a ellos.

d) Es posible una mayor flexibilidad en los pequeños grupos de musulmanes y cristianos, que se conocen bien y son conscientes del peligro del sincretismo. En estos contextos es posible recitar conjuntamente textos no oficiales del tipo que hemos señalado en el párrafo (b), de los místicos de ambas tradiciones, o incluso textos escritos por los miembros del grupo. También es posible en este ámbito la oración espontánea. Pueden recitar juntos las oraciones fundamentales de cada religión, como el Padrenuestro o la Fâtiha, siempre que todos estén de acuerdo y que nadie se sienta espiritualmente presionado.52 Gran parte del éxito de estos encuentros dependerá de la atmosfera del grupo implicado.

e) Si un grupo de musulmanes, niños o adultos, solicitan un oratorio en una institución cristiana, como, por ejemplo, una escuela, habría que concedérselo. En Europa hay una extensa gama de opiniones sobre si es prudente y apropiado que las iglesias y los templos o capillas que ya no son usadas por los cristianos, se destinen, mediante alquiler o compra, al culto islámico o a la realización de otras actividades de la comunidad islámica.

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