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PREGUNTAS & RESPUESTAS 1

Pregunta 1: ¿Cómo podemos relacionar la fe Cristiana en la Santísima Trinidad con la fe en el Dios uno, del que con tanta claridad habla el Antiguo Testamento, sin caer en la contradicción? (TR)

Respuesta:
Léase con atención el capítulo 5 del libro, sección III. El mismo Jesús se formó en la fe de su pueblo. Esta fe se caracterizaba por el monoteísmo, es decir, por creer en un solo Dios, una convicción que domina todo el Antiguo Testamento. Los discípulos de Jesús, de los que doce fueron constituidos en apóstoles, también eran, lógicamente, monoteístas. A partir de los documentos del Nuevo Testamento, los cristianos saben que Jesús no sólo se presentó como profeta. Decía que actuaba en el nombre de Dios y afirmaba que sus acciones (por ej., las curaciones, la resurrección de muertos, el perdón de los pecados) ponían de manifiesto su presencia en el mundo. Además, decía que Dios y su reino habían llegado con él. Los discípulos, es decir, los primeros cristianos, reconocieron, con la fuerza del Espíritu Santo, que Jesús no blasfemaba al hablar así, no blasfemaba contra el único Dios ni criticaba la auténtica doctrina sobre él, sino todo lo contrario: Dios mismo hablaba en Jesús de Nazaret, Dios mismo estaba presente en él, con otras palabras, que Jesús era el Hijo de Dios (véase Mt 16,13-20). Poco a poco, los discípulos se dieron cuenta de que tenían que pensar de un modo nuevo y más profundo la unidad de Dios. Esto es lo que hemos intentado presentar en el capítulo 5 del libro.

Así pues, brevemente, respondemos con una afirmación. La fe en la Santísima Trinidad no se opone a la fe en un solo Dios, sino que profundiza en ella y hace distinciones. La doctrina de la Iglesia ofrece una interpretación y un desarrollo ulterior de las enseñanzas contenidas en el Antiguo Testamento a la luz de los acontecimientos de la vida de Jesús (hechos y dichos, pasión, muerte y resurrección) como también a la luz de sus enseñanzas, tal como fueron entendidas por los apóstoles y la primitiva comunidad cristiana gracias a la intervención del Espíritu Santo.

Pregunta 2: ¿El Hijo de Dios no fue creado sino engendrado y, no obstante, no procede del Padre? ¿Qué importancia tiene esta convicción de fe y qué explicación le damos? (TR)

Respuesta: Léase el capítulo 5, sección III, 2 (Padre-Hijo). Léase también la profesión de fe del apóstol Tomás: Señor mío y Dios mío (Jn 20,28).

No fue fácil afrontar el problema planteado por la crucifixión. El Evangelio de Juan nos cuenta cómo el apóstol Tomás, desgarrado por las dudas que tenía sobre la noticia de la resurrección de Jesús, luchaba dentro de sí: A menos que vea la señal de los clavos en sus manos y ponga mi dedo en el agujero de los clavos y mi mano en su costado, no creo (Jn 20,25).  La conmoción del viernes santo estaba, simplemente, tan profundamente enraizada en Tomás que era incapaz de llegar a creer en la resurrección de Jesús sin que no le suscitara serias dudas. Los otros apóstoles le había dicho unos días antes: Hemos visto al Señor. Tomás reaccionó con frialdad y reticencia. Hemos encontrado al Señor, está vivo, le habían dicho. Sin embargo, no confió en ellos. Sólo el encuentro con el mismo Jesús resucitado abrió las puertas de la fe al apóstol escéptico: Una semana después, estaban de nuevo reunidos los discípulos en la casa, y Tomás estaba con ellos. Llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Luego dijo a Tomás: Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Extiende tu mano y ponla en mi costado. No dudes, ten fe (Jn 20,26-27). Sobrecogido por este encuentro con Jesucristo, que está vivo, Tomás consigue decir: Señor mío y Dios mío (Jn 20,28). ¡Es una profesión de fe! Y esta profesión de fe en Jesús como Señor y como Dios se encuentra al final de un largo camino pavimentado con dudas e incertidumbres, malentendidos y escepticismos que Tomás tuvo que recorrer. Pero no sólo él, sino que también todos los seguidores de Jesús tuvieron que hacer este camino para llegar a entender plenamente al Señor. Después de la Pascua, es decir, después de la resurrección de Jesús, lo reconocieron de nuevo al encontrarse con él, y sólo entonces se les abrieron los ojos (véase Lc 24,31). Sólo entonces tuvieron aquel conocimiento de Jesús que, posteriormente, condensarían en la profesión de fe.

En su carta a los Filipenses, san Pablo cita un himno que se compuso un poco después de la muerte y la resurrección de Jesús, y que sintetiza la fe en él con las siguientes palabras: Él fue… (Flp 2,6-11). Este es el credo fundamental de la fe cristiana.

Pregunta 3: ¿Cómo puede ser razonable la formula de la fe cristiana que afirma una naturaleza en tres personas y tres personas de la misma naturaleza? (TR)

Pregunta 4: ¿Cuál es la tarea específica de cada uno de los elementos (es decir, de cada una de las tres personas) de la Santísima Trinidad según la fe cristiana? (TR)


Respuesta:
Léase de nuevo, con suma atención, el capítulo 5, en particular la sección IV.

Cuando el único Dios es amor (autodonación recíproca, véase 1 Jn 4,7-21), entonces las tres personas de la misma naturaleza son, simultáneamente, las intersecciones entre las que se consuma el ritmo del amor: donación – recepción – devolución (nótese que el concepto de persona en este contexto tiene un significado diferente al de personalidad humana como una realidad independiente centrada en sí misma). Con este ritmo, las tres personas son el mismo y único amor en tres seres que son indispensables para que Dios pueda ser el amor absoluto y, además, el amor desinteresado más elevado. El Dios uno es comunidad, es decir, es el que prefiere el juego que realizan las tres personas: amar, ser amado, amar con los demás. Leemos en 1 Jn 1,3: Os anunciamos lo que hemos visto y hemos oído para que también estéis en unión con nosotros y, realmente, en unión con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

Todo apunta hacia la unidad. Y también en este caso, no se trata de la unidad habitual, sino de una unidad que recibe su impronta del Dios trinitario. Es una unidad que se realiza en sus diferencias y una diferencia que avanza hacia la unidad. Es communio, comunión, comunidad.

La unidad por la que todo el mundo lucha, el deseo de conseguir la unanimidad, la armonía y la paz que tenemos todos, en efecto, la globalización, la interconexión y la comunicación universal, con todos sus objetivos tecnológicos, mediáticos y culturales, tienen algo en común con la Santísima Trinidad, con la fe cristiana en un solo Dios que es trinidad de personas. Más concretamente: debe existir una equivalencia, una semejanza entre ambas, lo que, una vez más, corrobora la tesis de que aquello que Dios es, communio, es lo que nosotros podemos y debemos llegar a ser. Él es el comienzo de todo y el objetivo o la meta de toda realidad. En Él existimos, vivimos y nos movemos.  Cuando Dios actúa en nosotros, siempre lo hace como el Dios uno y trino.

Pregunta 5: Según vuestra fe, Satanás introdujo el caos en el plan de Dios sobre la humanidad. ¡Pero no es posible! ¿Implica eso que la voluntad de Satanás ha vencido a la voluntad divina? ¿No estaría esta tesis en contradicción con la dignidad y la grandeza de Dios? (TR)

Pregunta 6: Aun cuando Dios hubiera creado a Satanás  y lo hubiera hecho superior a la humanidad (permitiéndole tentar a los seres humanos), Dios habría dado a los seres humanos algunas fuerzas para oponerse a Satanás. ¿De verdad no encontró Dios otro medio de salvar a la humanidad que haciéndose humano? (TR)

Respuesta:
El poder y la impotencia de los espíritus malignos aparecen de modos diversos en la Biblia, sobre todo en relación con la llegada de Jesús. En particular, el Evangelio de Marcos describe el ministerio de Jesús como una batalla contra Satanás (Mc 1,23-28.32-34.39; 3,22-30). Sin embargo, con Jesús aparece aquel que, siendo más fuerte, vence al mal. Con él amanece el reino de Dios porque expulsa los demonios con el poder de Dios (véase Mt 12,28; Lc 11,18; 10,18-19). Puesto que Cristo vence a las fuerzas y las tiranías malignas de una vez por todas, no es coherente con la fe cristiana el miedo a los demonios. Más bien, según se nos dice en 1Pe: Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe (5,8-9).

La doctrina de la Iglesia está en sintonía total con los escritos del Nuevo Testamento. Si el maligno que mantiene cautiva a la humanidad no tiene su origen en un principio maligno independiente de Dios (como sostiene el dualismo), entonces procede solamente de las criaturas que Dios hizo buenas, pero que, por su propia voluntad, se hicieron malas. Por tanto, según la doctrina de la Iglesia, no sólo existe el maligno, sino personas que también son malas. Así pues, en primer lugar, se mantiene la doctrina católica sobre la experiencia que los seres humanos tienen de las profundidades más oscuras del mundo, tal como se nos dice en la Biblia, y, en segundo lugar, se limita la importancia y la influencia de los espíritus malignos: a pesar de todo, sólo son manifestaciones finitas que han sido creadas por Dios y que dependen de él.  Su reinado inmundo ha sido destruido por Jesucristo y cada vez se ve más derrotado por la acción del Espíritu Santo. La última palabra la tiene la esperanza.

¿Quién enseñó a Dios el modo de salvar a la humanidad pecadora del pecado? El amor de Dios no conoce reglas ni límites. Sólo nos cabe admirar, con fe agradecida, que haya elegido el sendero que él mismo anunció en la palabra de la Biblia. Leamos una vez más 1 Jn 4,7 y Jn 3,16-21. Es evidente que llegamos a darnos cuenta a posteriori de que Dios ama de modo tan divino como nosotros amamos, nosotros que fuimos creados a imagen suya: todo el que ama quiere ser solidario con el amado. Dios, por amor, quiso ser totalmente solidario con la humanidad que había creado. En todo, menos en el pecado.

Pregunta 7: ¿Cómo puede una persona sensata entender que para perdonar el pecado Dios hunda todavía más a la humanidad en el pecado hasta el punto de convertirla en su asesina? ¿Reciben el perdón los hijos de Abrahán matando a su Dios? ¿Por qué exige Dios, entonces, oración y obediencia? ¿Por qué da unos mandamientos a la humanidad? (TR)

Respuesta:
Dios dio los mandamientos a la humanidad. Puesto que la humanidad, por su libre albedrío, los fue desobedeciendo cada vez más, Dios decidió mostrar su amor no solo mediante una enseñanza, sino también sacrificando a su único hijo (léase Jn 3,16ss.)

Pregunta 8: ¿No hubiera sido más apropiado que Dios hubiera dejado a la humanidad combatir a Satanás en lugar de hacerlo él mismo (en la persona de Jesucristo)? (TR)

Respuesta:
Todo cristiano está llamado a luchar contra el poder de Satanás. Sin embargo, los cristianos saben que, al final, sólo pueden ganar esta batalla con la fuerza de Dios. Mediante Jesucristo, todo cristiano recibe esta fuerza de Dios, a quien reconoce como Dios verdadero de Dios verdadero y profesa que por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo, y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó en María, la Virgen, y se hizo hombre (así lo afirma el Credo de Nicea). El cristiano recibe la fuerza para luchar contra el poder de Satanás escuchando con devoción la Palabra de Dios y recibiendo los sacramentos. De este modo, el Señor resucitado actúa efectiva y poderosamente en el creyente por el poder del Espíritu Santo.

Pregunta 9: El orden de nuestro mundo depende de que la humanidad asuma la responsabilidad de sus acciones. ¿No resulta extraño que la salvación se realice mediante el sufrimiento de una persona por todos? (TR)

Respuesta:
Dios ofrece a todos la salvación en y mediante Jesucristo. Escribo con toda intencionalidad la palabra ofrece. El ser humano es libre de rechazar el ofrecimiento que se le hace. Si lo acepta, necesita reunir todas sus fuerzas para que el don de la salvación se realice a través suya. Pedirá a Jesucristo que tome toda su persona para transformar su terquedad en obediencia, de modo que, con la fuerza del Espíritu Santo, se asemeje cada vez más a Cristo y agrade, así, a Dios. Con otras palabras, será completamente salvado.

Pregunta 10: Asumamos que toda persona trae el pecado consigo por su nacimiento. ¿No perdonará simplemente Dios, el Señor misericordioso, este pecado? (TR)

Respuesta:
Véase la segunda parte de la respuesta a las preguntas 5 y 6. Volvemos a decir una vez más: Dios no decidió absolver a la humanidad simplemente ejerciendo su autoridad. Más bien, quiso salvar a la humanidad haciéndose hombre en todo como nosotros menos en el pecado. Al mismo tiempo, quiso capacitarnos, por el poder del Espíritu Santo, para que fuéramos sus hijos e hijas para siempre, para ser hermanos y hermanas de su hijo Jesucristo.

Pregunta 11: ¿Qué podemos decir de la fe de los primeros cristianos que desconocían la formulación del dogma de la Santísima Trinidad? ¿Era legítima su fe? (TR)

Respuesta:
Debemos diferenciar entre las formulaciones teológicas, que dieron origen a la expresión de la fe cristiana con el paso de los siglos, y el contenido de la fe cristiana. En el comienzo de la fe cristiana encontramos el hecho de que unas personas, de un modo realmente revolucionario para ellas, descubrieron que en Jesús de Nazaret y en la fuerza de su espíritu, Dios mismo había bajado a su pueblo. Mediante Jesús y su espíritu, Dios no sólo había compartido algo de sí mismo con ellos, sino, literalmente, a sí mismo. En Jesucristo, Dios se hace personalmente presente en el mundo. Nuestro mundo es ahora su mundo;  asume nuestro destino y al hacerlo crea la más íntima cohabitación entre él mismo y la humanidad. Sin embargo, esto no significa que en Jesucristo y, de otros modos, en el Espíritu Santo, enviado por él, encontramos emisarios que solamente remiten a Dios (al igual que los profetas o los santos también remiten a Dios) tras quien, sin embargo, la divinidad permanece elusiva a la humanidad en un trascendencia oculta infinita y eterna. No, en el acontecimiento Cristo, Dios mismo entra en el juego. Todo el que trata con Jesús, con su palabra, su relación, su pasión, todo el que experimenta el espíritu en sí mismo que actúa en torno a él, está tratando personalmente con Dios. De no ser así, Jesús, que viene como la última palabra válida de Dios y como encarnación insuperable del amor divino, estaría en contradicción consigo mismo. No sería, entonces, la intervención definitiva entre Dios y la humanidad, que, sin embargo, reclama para sí: Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 14,9). Y también el Espíritu Santo, que llena a Jesús, nos conduce a la realidad de Cristo después de su regreso junto al Padre, abriéndonos, así, el acceso directo a Dios. De no ser Dios, nos habría dejado en el ámbito de la creatura. Véase también capítulo 5, sección III, 7.

Pregunta 12: Asumamos que los cristianos no creen en tres Dioses. Pero, ¿de dónde procede la divinidad de Jesús? ¿Puede un ser humano – engendrado en el seno de una mujer, que mama de los pechos maternos como todo bebé, que se desarrolla como cualquier niño – llegar a ser Dios o ser Dios? ¿Es compatible esta idea con la grandeza y la trascendencia de Dios? (TR)

Respuesta:
¿Podemos los seres humanos imponer a Dios qué acciones son dignas de su grandeza y trascendencia? Cuando decimos Allahu Akbar, ¿no estamos afirmando que Dios es más grande que todo cuando podamos percibir? Si Dios, en su infinita misericordia, decidió hacerse ser humano para que participáramos de su vida de amor, ¿acaso podemos prohibírselo? Léase capítulo 2, sección IV.

Pregunta 13: Hace dos mil años, Hz. Isa (Jesús) no existía. ¿Puede alguien añadir posteriormente algo a Dios? ¿Es Dios tan débil e impotente que puede ser crucificado por unos seres humanos? También hay versículos en los Evangelios que muestran que Jesús no quería realmente ser crucificado? (véase Mt 27,46) (TR)

Pregunta 14: El término Santísima Trinidad plantea también el siguiente problema: ¿Cómo habría sido posible que una de las tres personas divinas [la Santísima Trinidad] entrara en el seno de María, se mezclara con este mundo mortal y asumiera una forma humana? En efecto, si Dios fuera una trinidad, entonces no sería posible que sólo una de las tres personas descendiera a la tierra independientemente de las demás (TR)


Respuesta:
En el capítulo 2 (la Encarnación) y en el capítulo 5 (Dios, uno y trino) hemos mostrado que en Jesús, el Mesías, el hijo increado de Dios se hizo hombre mucho tiempo antes. Léase Heb 1; Ef 1; Col 1,12-20; Flp 2,5-11. Léase también capítulo 3, III, 2 y 2.1.

Pregunta 15: Si la crucifixión era la voluntad de vuestro Dios, ¿no debería haber dado las gracias a los judíos y a Poncio Pilatos? ¿A qué vienen entonces términos tales como pueblo deicida (pueblo que mató a Dios), pueblo maldito (raza maldita), pueblo réprobo (apartado de la gracia), de los que tan llenos está  toda la historia del cristianismo? ¿Cuál es la principal razón por la que encontró un lugar en el vocabulario occidental el término deicida? (TR)

Respuesta:
Antes que nada, léanse más atentamente los siguientes pasajes del capítulo 3 (Cruz, pecado y redención): 2.1; 2.2; 2.3, y también la sección IV, que comienza con La crucifixión de Jesús.

Entre otras muchas cosas, dijimos entonces que Jesús fue condenado a muerte a petición del pueblo y que la crucifixión era el castigo impuesto por la ley romana para quien actuaba haciéndose merecedor de ella. En definitiva, fue entregado a morir en la cruz por su actitud con respecto a Dios y la Ley judía, la Torá. El mundo, tal como es, no podía tolerar la crítica radical de Jesús contra sus estructuras de pecado. Jesús fue víctima del poder del mal: el odio, la injusticia, la envidia, el egoísmo, el distanciamiento de lo que Dios verdaderamente exige, es decir, de los mismos poderes que siguen modelando el mundo contemporáneo.

Por tanto, es también perniciosa y errónea aquella interpretación que condena al pueblo judío como tal y sólo por la muerte de Jesús. En última instancia, el pecado de todos y de cada uno de nosotros es el responsable del rechazo de Jesús y de su condena y ejecución. En este sentido, dice el Concilio Vaticano II en la Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, Nostra aetate, n.4:

    Aunque las autoridades judías con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, lo que se perpetró en su pasión no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que vivían entonces ni a los judíos de hoy. Si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados por Dios y malditos, como si tal cosa se dedujera de la Sagrada Escritura. Por ello, procuren todos no enseñar, ni en la catequesis ni en la predicación de la palabra de Dios, nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo.
    Además, la Iglesia, que reprueba toda persecución contra cualquier hombre, recordando el patrimonio común con los judíos e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona.
    Por lo demás, la Iglesia ha sostenido siempre y sostiene que, por los pecados de todos los hombres, Cristo se entregó voluntariamente a la pasión y muerte, con un amor inmenso, para que todos consigan la salvación. Corresponde, pues, a la Iglesia en su predicación anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y fuente de toda gracia.

Así pues, queda claro que las fórmulas empleadas en la pregunta no se corresponden con la doctrina católica. Al contrario, deben condenarse rotundamente.

Pregunta 16: En el libro se dice que los creyentes de diferentes religiones deberían intentar identificarse con aquellos temas sobre los que es posible dar un testimonio común, unidos en una auténtica búsqueda de la verdad, con humilde sumisión a la voluntad de Dios (capítulo 11: El pluralismo religioso y la libertad religiosa: Respuestas cristianas; final del primer párrafo). Me gustaría preguntarle al autor lo siguiente: ¿Cómo pueden unirse personas que sostienen ideas diferentes o incluso CONTRARIAS con respecto a Dios o a los Dioses? Y, sin tener en cuenta esto por el momento, ¿cómo pueden obedecer una doctrina que carece de unidad, es decir, que es contradictoria en sí misma? ¿Dónde está la verdadera UNIDAD? (TR)

Pregunta 17: En el libro se dice que para los creyentes, cristianos o musulmanes, los seres humanos son creación de la mano de Dios, hechos a su imagen y destinados a retornar a él (capítulo 12: La esencia del cristianismo: Perspectivas cristianas; 2. El cristianismo como el camino hacia la plenitud humana). Según esto, todos retornaremos a Dios. Ahora bien, esta afirmación mina la claridad, pues ¿a  dónde nos conduce el retorno: al cielo o al infierno? En la siguiente oración se dice:Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la  caducidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom 8,19-25; Sura 81; 82; 99; 101). Esta vocación común crea también la igualdad fundamental de todas las personas más allá de las diferencias de raza, posición social y religión.  Ahora bien, quisiera preguntarle al autor por qué Jesús se describió en los siguientes versículos como EL ÚNICO CAMINO. ¿Qué quiere decir Jesús en Jn 14,6? ¿Qué todos los caminos conducen a Dios? (TR)

Respuesta:
Según la doctrina católica, todos los pueblos forman una única comunidad y tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la entera faz de la tierra; tienen también un único fin último, Dios, cuya providencia, testimonio de bondad y designios de salvación se extienden a todos (léase Sab 8,1; Hch 14,7; Rom 2,6-7; 1 Tim 2,4) hasta que los elegidos se unan en la Ciudad Santa, que el resplandor de Dios iluminará y en la que los pueblos caminarán a su luz (léase Hch 21,23ss.) (Nostra Aetate, n. 1).

Con respecto a la fe en Dios, el mismo Concilio dice en la misma Declaración (n. 3): La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres. Ahora bien, esto no significa que no existan diferencias sustanciales entre el islam y el cristianismo con respecto a su doctrina sobre Dios. El Dios de la fe cristiana es el Dios de la Biblia y el Dios que Jesús reveló. Es el Dios trinitario de la doctrina de la Iglesia. No obstante, tanto los cristianos como los musulmanes creen en un solo Dios y quieren cumplir su voluntad. A los cristianos no se nos ha dado la competencia ni tampoco la tarea de afirmar con certeza si y cuándo una persona se ha encontrado conscientemente con el Dios de la revelación cristiana y, no obstante, lo ha rechazado libre y culpablemente. Sólo Dios conoce el corazón humano.

La Iglesia Católica enseña que Dios quiere que todos los hombres se salven y que una persona sólo pierde la salvación cuando, libre y conscientemente, rechaza el ofrecimiento de amor que Dios hace en Cristo. Jesucristo es, en efecto, el único camino que conduce a la salvación. Sin embargo, esta salvación también se realiza fuera de la institución eclesial y del bautismo. Quienes son justos y buscan a Dios alcanzarán la salvación eterna, aun cuando no lo sepan, mediante el acto salvífico de Cristo (medítese sobre Mt 25,31ss.: El juicio final. Los justos están entre los pobres, los encarcelados, etc., que encuentran a Cristo sin reconocerlo. Véase también el texto de la Constitución Lumen Gentium: Los que  sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna  [n. 16]. Léase de nuevo el capítulo 11, III, 4-6).

Pregunta 18: ¿Está prohibido el divorcio a los cristianos? Si se ha terminado el amor entre dos personas, ¿no sería una experiencia traumática y terrible que siguieran viviendo juntas? Si vuestra religión prohíbe el divorcio, entonces, ¿por qué son tan altas las tasas de divorcio en América y Europa? En los periódicos leemos que cada segundo se produce una ruptura matrimonial (TR)

Respuesta:
De acuerdo con la doctrina cristiana, el amor matrimonial se realiza a lo largo de toda una vida de fidelidad. En él acontece una consagración incondicional de uno hacia su pareja y un compromiso recíproco que no depende de circunstancias cambiantes. Uno apoya al otro inmediatamente, sin importar de qué se trate. Este comportamiento pone de manifiesto un alto nivel de responsabilidad recíproca y es un gran signo de la solidaridad mutua de la que las personas son capaz cuando, y en la medida en que, dejan que Dios sea realmente su fundamento. En particular, en la vida que procede de esta fidelidad, el matrimonio transparenta el amor de Dios, que dijo un sí incondicional a las personas y al mundo mediante Jesucristo.

Según la fe católica, el sacramento matrimonial es un vínculo que representa, a su modo, el amor de Jesucristo a su Iglesia (léase Ef 5,21-33). Cristo se dio a sí mismo y se sacrificó por su Iglesia al encarnarse, morir y resucitar. Sólo en este misterio puede entenderse y vivirse el matrimonio como un sacramento. El matrimonio es un modo de imitar a Cristo. Las parejas cristianas saben que están unidas con la Iglesia de Cristo con su vínculo de amor y fidelidad, y reciben del sacramento la fuerza para sostener su vínculo de fidelidad. Es un vínculo de confianza mutua, un proceso que no está exento de fracaso, culpa y enfriamiento del amor. Sin embargo, no existe para el cristiano una razón que revoque la fidelidad. Aun cuando un miembro haya dejado el matrimonio, el otro sigue unido fielmente a su esposo o esposa. Con consciencia y piedad, pueden llevar su soledad como parte de la cruz en el seguimiento de Jesús.

Con respecto al matrimonio y la familia dice lo siguiente el Sínodo Conjunto de las Diócesis de Alemania:

    En el vínculo hasta la muerte, el cónyuge aporta el amor de Cristo, del cual no puede ser separado (Rom 8,35), al otro cónyuge en la intimidad diaria. Esta fidelidad, que se extiende a toda la vida, muestra la plenitud de la existencia cristiana: la fe en la resurrección, que abarca la resurrección de la pareja; la esperanza que uno tiene en el otro por la confianza en Dios; el amor que sostiene a uno y a otro, por haberse dicho sí en el amor de Cristo.

En las crisis y los fallos, necesitamos la ayuda fraterna de un director espiritual.

Pregunta 19: También decís que Dios es inalcanzable o trascendente. Si Jesús es Dios, ¿cómo puede mantenerse que Dios sea inalcanzable o trascendente? Pero, además, según vuestra opinión, ¿cómo puede ser Dios Jesús y el Espíritu Santo si habláis de un solo Dios, no de tres? ¿Se ha clonado Dios? (TR)

Respuesta:
La trascendencia de Dios, su grandeza superior y trascendente, no excluye, según la fe cristiana, que él mismo, libre y soberanamente, decidiera no sólo ser el creador y el sustentador del mundo, como también el que da unos mandamientos, envía profetas y concede unas sagradas escrituras, sino que también, libre y amorosamente, se hiciera presente entre nosotros en la persona de Jesucristo para ser nuestro hermano y darnos la fuerza del Espíritu Santo en orden a que viviéramos como sus hijos más queridos. Mediante el mensaje de Jesús, tal como se conserva en el Nuevo Testamento, los cristianos sabemos que Dios ha actuado de este modo por su inconmensurable generosidad. Con agradecimiento, aceptamos las acciones de un Dios soberano al que respondemos con la fe y con la vida que inspira la fe.

Léanse también las respuestas a las preguntas 1,2, 3 y 4 y el capítulo 2, III; capítulo 5, III; capítulo 7, IV.

En la respuesta a la pregunta 1, hemos mostrado cómo entiende la fe cristiana la unidad de Dios. La unidad del Dios trinitario es la unidad de Dios que se nos ha revelado como amor. Dicho de otro de modo: nos ha revelado, especialmente en Jesucristo, lo que significa el amor supremo. Sin embargo, el amor también significa, precisamente, relación y comunidad. Léase de nuevo la respuesta dada a la pregunta 1.

Pregunta 20: ¿Cómo puede comerse a Dios en la eucaristía? Jesús dice en los Evangelios que todo cuando pasa por la boca llega al estomago y luego se expulsa. Por consiguiente, ¿cómo podéis llamar Dios a lo que coméis y bebéis en la eucaristía? Tras comer los dones eucarísticos, ¿sólo quedan en vosotros dos de los tres Dioses? (TR)

Respuesta:
La eucaristía es uno de los siete sacramentos de la fe católica.

    ¿Qué son los sacramentos? ¿Qué significa recibirlos?

Los sacramentos son signos en los que los cristianos experimentamos de modo especial la lealtad que Dios nos tiene mediante Jesucristo. En ellos encuentra su expresión lo que realmente recibimos, es decir, el encuentro con Cristo. La Iglesia Católica admite siete sacramentos: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia y reconciliación, unción de enfermos, orden sacerdotal y matrimonio. Los sacramentos acompañan a los seres humanos a lo largo de toda su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. En el bautismo recibimos la nueva vida mediante Jesucristo, que nos integra en la comunidad de la Iglesia. Con la confirmación Cristo nos fortalece con el Espíritu Santo para que podamos vivir no como niños, sino como cristianos responsables en el mundo y podamos dar testimonio de nuestra fe. En la eucaristía nos hacemos uno con Cristo y con los demás. Mediante la penitencia y la reconciliación, Cristo nos concede de nuevo, una y otra vez, el perdón de nuestros pecados y culpas. Con la unción de los enfermos, Cristo permanece junto a nosotros cuando nos encontramos gravemente enfermos y en peligro de muerte. Mediante el sacramento del orden, confiere al destinatario la fuerza plena para proclamar su palabra y dispensar los sacramentos. Con el matrimonio, cuando dos personas se dicen sí recíprocamente, Cristo los une con un vínculo indisoluble hasta la muerte.

Los sacramentos fundamentales son el bautismo y la eucaristía. En el Nuevo Testamento encontramos testimonios abundantes de su práctica. Al sostener que los sacramentos son siete, la Iglesia Católica se apoya en un largo desarrollo cuyo origen se remonta a la vida de la iglesia primitiva y que terminó aproximadamente en el siglo XII. En el siglo XVI se convirtieron en objeto de controversia entre las iglesias. A partir de entonces, las Iglesias de la Reforma sólo reconocen dos sacramentos: el bautismo y la Última Cena (eucaristía). Sin embargo, puede notarse una cierta convergencia en los últimos años.

La recepción de los sacramentos pertenece a las condiciones que uno debe cumplir para ser cristiano: el bautismo, que hace posible la entrada en la comunidad, es el primer requisito fundamental.  Posteriormente, la eucaristía asegura la unión con Cristo que él prometió. Sólo es posible la vida cristiana mediante la recepción de los sacramentos. Sólo quien está en relación con Cristo puede cumplir con su vocación de cristiano.

    La eucaristía es partir el pan con, es decir, ponerse a la mesa con Jesucristo, y, por tanto, es expresión de la unión con él y con Dios.

La eucaristía hace visible la unidad con Cristo porque todos cuanto participan en la sagrada cena toman parte en el cuerpo de Cristo. El pan que partimos, ¿no es acaso comunión con el cuerpo de Cristo? Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un mismo pan (1 Cor 10,16b-17). La última cena que Jesús comparte con sus discípulos, y que es transmitida numerosas veces en el Nuevo Testamento (1 Cor 11,23-25;  Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,15-20), es la última comida en lo que puede haber sido una larga serie de banquetes con sus discípulos. La fracción del pan ha sido siempre la marca distintiva de relación y de vida en común que encontró expresión en compartir un banquete.

Es de suponer que Jesús recurrió a esta forma religiosamente significativa del banquete judío ritualmente configurado: al comienzo, el cabeza de familia alababa a Dios, donador del pan, por el pan ácimo, lo partía en trozos para cada uno (fracción del pan) y lo repartía. Al terminar la comida, se repetía el mismo rito con la copa de vino. Con este trasfondo, los discípulos entendieron sin duda alguna lo que Jesús hizo y dijo en la última cena. Con sus palabras, Tomad, esto es mi cuerpo, esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos (Mc 14,22b-23), iba más allá del banquete ceremonial, dándole un nuevo significado, un nuevo sentido: con el pan y el vino se refería a sí mismo.  Ante la inminencia de su muerte, que aceptó, habló de sí mismo como el sacrificio: como el pan ácimo, así será partido mi cuerpo; como el vino derramado, así se derramará mi sangre. En esta perspectiva, el sufrimiento y la muerte de Jesús se entienden como sacrificio y expiación por los pecados.

Recordando la última cena del Señor, los cristianos celebraron y celebran constantemente el banquete común: Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva (1 Cor 11,26), escribe Pablo. Sin embargo, este banquete conmemorativo no es un banquete funerario, sino de alegría, pues celebramos la resurrección de Jesús (1 Cor 15)  y damos gracias (cf., en particular, Hch 2,46) por: 1. El sacrificio de Jesús, su vida y su muerte por nosotros; 2. Su solidaridad con nosotros, pues, en realidad, el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? (1 Cor 10,16b) y 3. La esperanza de su advenimiento en gloria (cf. Mc 14,25 26,29; 22,18).

El término griego eucharistia significa acción de gracias. Por eso, llamamos eucaristía a nuestra comida de acción de gracias. Constituye el centro de toda comunidad cristiana, el corazón de la Iglesia, el pan que nutre al creyente cristiano.

De este modo, la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, una comunidad igualitaria a partir del cuerpo de Cristo, unida por el vínculo del amor; en este sentido exhorta Pablo: amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros, con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad (Rom 12,10-13).

El vínculo cristiano de la unidad y el fundamento de la fraternidad y la solidaridad mutuas no se encuentran ya en las relaciones de sangre y la pertenencia a la misma tribu, sino en la fe común, en Cristo resucitado, que une a los cristianos entre sí mediante el sacramento de la eucaristía en el Espíritu Santo.

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