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Pregunta 85: ¿Qué opina de la teoría de la evolución? (TR)
Respuesta: El Catecismo para Adultos de la Conferencia Episcopal Alemana aborda esta cuestión a partir de la p. 93; dice lo siguiente: Si diferenciamos entre la intención teológica que subyace en el relato de la creación y sus imágenes, que se basan en la visión que su autor tenía del mundo, nos encontramos con un problema importante: la relación entre creación y evolución. La mayoría de los representantes de la ciencia moderna parten de la hipótesis de que todo ser material ha evolucionado sistemáticamente hacia seres y formas de vida más elevadas hasta llegar la aparición de la humanidad, que es la meta de la evolución. Según esta teoría, el mundo habría sido creado hace unos 12 mil millones de años, nuestro planeta unos 5 o 6 mil millones, la primera forma de vida aparecería hace 3 mil millones de años y la vida humana hace solamente unos 2 mil millones de años.
¿Cómo se relaciona todo esto con la fe en la creación? Ciertamente, debemos rechazar una doctrina materialista del desarrollo, que asume que toda vida, incluida la humanidad, se ha desarrollado a partir de una materia increada. La mayoría de los científicos no interpretan actualmente en este sentido la teoría de la evolución. En nuestros días se va extendiendo la opinión de que creación y evolución son las respuestas a dos preguntas completamente diferentes y que, por consiguiente, responden a niveles diferentes. La evolución es un término empírico que responde a la pregunta horizontal desde dónde y de la aparición secuencial de las criaturas en el tiempo y en el espacio. La creación, por otra parte, es un término teológico y exige una pregunta vertical del por qué y para qué. La evolución siempre supone que algo existía previamente, algo que cambia y se desarrolla; la creación muestra por qué y para qué existe algo, que puede cambiar y desarrollarse.
Combinando ambas perspectivas, muchos teólogos dicen actualmente que Dios crea de tal modo que lo creado está capacitado para participar en su propio desarrollo. Dios hace que las cosas se hagan (P. Teilhard de Chardin). En este sentido, Dios no sólo creó el universo en el comienzo y luego dejó que la creación se desarrollara a sí misma, sino que constantemente asegura la existencia de la realidad, la apoya y la orienta en su hacerse. Dios es, por tanto, el poder creador omniabarcante que libera e impregna la participación de lo creado. Precisamente es en su capacidad creativa donde la creatura aparece como imagen del Dios de la creación. No existe ninguna contradicción fundamental entre la fe en la creación y la teoría de la evolución; al contrario, ambas afirmaciones responden a cuestiones completamente diferentes; se encuentran en niveles diferentes y pertenecen a diferentes tipos de conocimiento.
A pesar de esta necesaria diferenciación, ciencia y teología no hablan de dos mundos independientes. Hablan de la misma y única realidad que es analizada desde diferentes aspectos. Por consiguiente, los científicos y los teólogos no deben pasar el uno del otro, sino que dependen de una conversación recíproca.
Pregunta 86: ¿Qué piensa sobre el matrimonio entre miembros de diferentes confesiones cristianas? ¿Está permitido el matrimonio entre cónyuges de diversas confesiones cristianas (TR)
Respuesta: En su Código de Derecho Canónico de 1983, la ley de la Iglesia Católica regula el asunto del matrimonio entre cristianos que pertenecen a diferentes confesiones: cf. CIC cánones 1124 ss.
c. 1124 Está prohibido, sin licencia expresa de la autoridad competente, el matrimonio entre dos personas bautizadas, una de las cuales haya sido bautizada en la Iglesia católica o recibida en ella después del bautismo y no se haya apartado de ella mediante un acto formal, y otra adscrita a una Iglesia o comunidad eclesial que no se halle en comunión plena con la Iglesia católica.
c. 1125 Si hay una causa justa y razonable, el Ordinario del lugar puede conceder esta licencia; pero no debe otorgarla si no se cumplen las condiciones que siguen: § 1 que la parte católica declare que está dispuesta a evitar cualquier peligro de apartarse de la fe, y prometa sinceramente que hará cuanto le sea posible para que toda la prole se bautice y se eduque en la Iglesia católica; § 2 que se informe en su momento al otro contrayente sobre las promesas que debe hacer la parte católica, de modo que conste que es verdaderamente consciente de la promesa y de la obligación de la parte católica; § 3 que ambas partes sean instruidas sobre los fines y propiedades esenciales del matrimonio, que no pueden ser excluidos por ninguno de los dos.
c. 1126 Corresponde a la Conferencia Episcopal determinar tanto el modo según el cual han de hacerse estas declaraciones y promesas, que son siempre necesarias, como la manera de que quede constancia de las mismas en el fuero externo y de que se informe a la parte no católica.
c. 1127 § 1. En cuanto a la forma que debe emplearse en el matrimonio mixto, se han de observar las prescripciones del c. 1108; pero si contrae matrimonio una parte católica con otra no católica de rito oriental, la forma canónica se requiere únicamente para la licitud; pero se requiere para la validez la intervención de un ministro sagrado, observadas las demás prescripciones del derecho. § 2. Si hay graves dificultades para observar la forma canónica, el Ordinario del lugar de la parte católica tiene derecho a dispensar de ella en cada caso, pero consultando al Ordinario del lugar en que se celebra el matrimonio y permaneciendo para la validez la exigencia de alguna forma pública de celebración; compete a la Conferencia Episcopal establecer normas para que dicha dispensa se conceda con unidad de criterio. § 3. Se prohíbe que, antes o después de la celebración canónica a tenor del § 1, haya otra celebración religiosa del mismo matrimonio para prestar o renovar el consentimiento matrimonial; asimismo, no debe hacerse una ceremonia religiosa en la cual, juntos el asistente católico y el ministro no católico y realizando cada uno de ellos su propio rito, pidan el consentimiento de los contrayentes.
c. 1128 Los Ordinarios del lugar y los demás pastores de almas deben cuidar de que no falte al cónyuge católico, y a los hijos nacidos de matrimonio mixto, la asistencia espiritual para cumplir sus obligaciones y han de ayudar a los cónyuges a fomentar la unidad de su vida conyugal y familiar.
Pregunta 87: Jesús dijo: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15,24). ¿Rechaza o no Jesús a todos los que no son de procedencia judía? (TR)
Respuesta: En primer lugar, veamos el texto completo de esta perícopa del Evangelio de Mateo, 15,21-28:
Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada. Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: Dale lo que quiere, que viene gritando detrás de nosotros. Respondió él: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: ¡Señor, socórreme! Él respondió: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces Jesús le respondió: Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas. Y desde aquel momento quedó curada su hija.
Observamos esta escena del Evangelio, llena de vida y espontaneidad. Mateo la describe con un dinamismo admirable.
De vez en cuando, Jesús salía de las fronteras de Palestina y se adentraba en territorio pagano. En esta ocasión se dirige a la región donde se encontraban las ciudades de Tiro y Sidón, al norte de Tierra Santa. Él y sus apóstoles se encuentran con una cananea que procede de esta región. Ella comienza a gritar: ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.
Es un grito de ayuda en una situación desesperada, la desesperación del corazón dolorido de una madre. La hija sufre terriblemente y por eso la mujer se dirige a Jesús. Probablemente había oído hablar de él, de su bondad hacia los enfermos, de los milagros que realizaba con ellos. Y, así, se dirige a él con una súplica y con intensa fe.
Pero en esta ocasión nos sorprende la respuesta de Jesús: No atiende la intensidad de la súplica. Ni siquiera dice una palabra a la mujer. Muestra claramente que no quiere intervenir, que no quiere usar su poder de hacer milagros para servir siquiera a una mujer que tan severamente lo intentaba.
Los apóstoles se vuelven hacia él y le piden que hiciera algo por ella; le dicen: Dale lo que quiere, que viene gritando detrás de nosotros. Sin embargo, la causa de que los apóstoles hablen a favor de la mujer no es tanto la compasión que sienten con la madre, sino el malestar que sienten por el estrepitoso grito de ayuda. Porque es mucha la gente que la está oyendo y hace que todos centren su atención en este grupo de judíos extranjeros. Así pues, los apóstoles intervienen por miedo y por cierta sensación desagradable.
En esta situación, Jesús explica por qué no quiere intervenir. No forma parte de su misión. Afirma: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Jesús, el Hijo de Dios, sabe que durante su tiempo en la tierra su misión se limita al pueblo de Israel. Jesús, afable y humilde, no quiere excederse más allá de los límites que se le han impuesto, no quiere tomar la iniciativa que no forma parte de su misión. Es una manifestación de una gran humildad, de una gran obediencia a Dios su Padre. A pesar de la pena que siente, Jesús no desea intervenir aquí con un milagro.
Pero la mujer no pierde la esperanza, sino todo lo contrario. Se acerca a Jesús, se echa por tierra ante él y dice: Señor, ¡socórreme!. Jesús da una respuesta similar a la anterior: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Son duras palabras las de Jesús: se compara a la mujer cananea con un perro.
La mujer podría haberse ido, insultada por ese vocabulario, y podría simplemente haber dejado a Jesús sin decirle nada más después de su rechazo. Pero en lugar de sentirse insultada, sigue con su petición y encuentra un camino para pedir insistentemente de un modo que se corresponda con las duras palabras de Jesús. Y, así, dice: Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.
La mujer muestra de este modo una gran humildad; acepta que se le compare con un perro. Pero usa con éxito la comparación para insistir en su súplica: si los perros no tienen derecho a comer el pan de los hijos, no obstante pueden alimentarse de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Es realmente admirable toda la energía que la mujer emplea para salvar a su hija.
Jesús le responde entonces: Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas. Jesús admira la fe de esta mujer, admira su súplica insistente. Y, por tanto, acepta traspasar los límites de su misión. Dice a la mujer: Que te suceda como deseas, y desde ese instante quedó curada la hija.
Aunque la misión de Jesús ha sido limitada por el Padre, creyó que podía pasarla por alto porque la fe de la mujer estaba seguramente inspirada por el Padre celestial. Por tanto, se sintió impulsado por el Padre a mostrarle piedad. Así pues, esta perícopa del Evangelio nos habla de la apertura universal de Jesús a todas las personas que creen en su poder y en su misión.
Pregunta 88: ¿Por qué maldice Jesús a la higuera? ¿De qué puede ser culpable un simple árbol? (TR)
Respuesta: La respuesta requiere dar dos pasos.
Los antiguos profetas de la Biblia, como Samuel (1 Sm 15,27-28), Ajías de Siló (1 Re 11,29-39) y el falso profeta Sedecías (1 Re 22,11-12) ya realizaban acciones simbólicas en su actividad profética, no tanto para impresionar o impactar a sus destinatarios, cuanto por la efectividad de los signos, puesto que se crea una conexión entre ellos y la realidad que proclaman, de modo que ésta se presenta tan irrevocable como el signo que la acompaña. Este proceso puede encontrarse, prácticamente, en todos los grandes profetas del Antiguo Testamento. Por ejemplo, toda la misión de Oseas es un acto simbólico que determina el destino de su vida (Os 1-3). No es tan común en el caso de Isaías, pero compárese Is 20 y los nombres simbólicos que impone a sus hijos (Is 7,3; compárese 10,21; 8,1-4; 8,18). Jeremías realiza e interpreta numeras acciones y acontecimientos simbólicos, como también Ezequiel. Al igual que Oseas, interpreta sus procesos judiciales como acontecimientos simbólicos. Este simbolismo también aparece en el Nuevo Testamento, como en el caso de la higuera maldecida por Jesús (Mt 21,18-19 y Mc 11,12-14; 20,24).
Como los profetas en el pasado, también Jesús realiza en este texto una acción simbólica; la higuera representa a la estéril, y, por tanto, castigada, tierra de Israel. Con la suficiente agua y un poco de fertilizante, las higueras pueden también crecer con fuerza en un terreno árido y pedregoso; por eso, la esterilidad de una higuera justifica el malestar producido. Es evidente que el tema del relato no es la maldición de la higuera como si ésta fuera una criatura con voluntad. Ni tampoco se pretende criticar a quienes no la han cuidado adecuadamente. Como ocurre en todas las acciones simbólicas, el tema se encuentra en la finalidad del signo, que está relacionado con la falta de fe en Jesús que tienen los que le escuchan. El texto evangélico nos muestra a Jesús castigando con severidad.
Al leer el paralelo del Evangelio de Marcos (11,12-14; 20,24), vemos cómo el autor lo insertó después, en un contexto que ya se le había dado. Lo hizo en dos pasos: primero encontramos la maldición y después el agostamiento de la higuera – se trata de una adición posterior cuyo objetivo era usar la maldición para hacer hincapié en la efectividad de la oración confiada.
Pregunta 89: ¿Qué significado tienen los términos ser humano y vida en la perspectiva cristiana? (TR)
Respuesta: Como es comprensible, se tratan de cuestiones muy amplias que no podemos desarrollar adecuadamente en esta sede, pero, no obstante, nos gustaría comentar varios aspectos.
¿Qué piensa la fe cristiana de los seres humanos? ¿Dónde reside su dignidad según el cristianismo?
El ser humano es creado por Dios a su imagen como espíritu y cuerpo para entrar en comunión con él. Aquí es donde se fundamenta su posición y su dignidad.
El ser humano es creado por Dios. A muchos de nuestros contemporáneos les resulta difícil aceptar esta proposición porque el cuerpo humano ha evolucionado a partir de animales anteriores. Ahora bien, ¿por qué no debería haber formado parte del plan creador de Dios que las mismas creaturas desarrollaran posteriormente su obra?; de hecho, les da el poder de hacerlo. Sin embargo, la iglesia afirma que cada alma es creada por Dios. A todo ser humano que viene a la vida le dice Dios: Te quiero. El padre y la madre participan en este acto creador de Dios; representan su amor. Pero todos y cada uno de nosotros es una creatura de Dios. A él le debemos toda nuestra existencia.
A imagen de Dios. La Biblia lo dice explícitamente en el relato de la creación de Gn 1. Lógicamente, nos preguntamos: ¿cómo somos semejantes a Dios? En nuestra primacía con respecto a todas las demás creaturas, que encuentra su expresión física en nuestra postura erguida al caminar, pero, sobre todo, en nuestro espíritu y nuestra alma, en nuestra capacidad para razonar y en nuestra soberana libertad. Si bien todo esto es cierto, no es, en cambio, lo más importante. Los seres humanos son las únicas creaturas terrenales que pueden oír a Dios y responderle. Somos compañeros de Dios. Sólo nosotros podemos agradecer a Dios toda su creación y alabar su gloria. El ser humano puede olvidar o no aceptar esta realidad, pero no puede deshacerse de ella. Permanece y se mantiene como compañero de Dios.
Tenemos que honrar la posición y la dignidad de los seres humanos, en nosotros mismos y en los demás, sin limitación alguna por razones de género, formación, religión o raza. Tenemos que cuidar de nuestra salud y de nuestra fama y luchar contra toda forma de humillación. Y por encima de todo, tenemos que perseguir nuestra conversación con Dios, una y otra vez.
El gozo más elevado de la raza humana reside en el hecho de que el mismo Hijo de Dios se hiciera ser humano. En un sentido mucho más elevado, Jesús es engendrado a imagen de Dios. Pero también quiere elevar y completar nuestra semejanza con Dios. Seremos hijos de Dios, hijos e hijas del Padre eterno. Y quiere llevarnos también a su gloria, en cuerpo y alma. Con el bautismo ya se nos está llevando a esta vida, a esta gracia de Dios que habita en nuestro interior.
La tarea consiste, por tanto, en hablar de la buena imagen que Dios tiene de nosotros. No debemos perder de vista quiénes somos realmente por la gracia de Dios.
El sentido de la vida para un cristiano se clarifica cuando miramos al misterio de la resurrección de Jesús de entre los muertos. La Pascua, la fiesta de la resurrección de Jesús el Mesías, es la fiesta de la vida. ¿En qué sentido?
Ya el Antiguo Testamento contempla a Dios como el viviente que crea vida. Esta es la esperanza de Israel en los tiempos proféticos. Dios no condena a la humanidad a una muerte eterna. Esta esperanza ya existía vagamente al principio, pero llegará a brillar con todo su esplendor en tiempos duros de persecución: al final de los tiempos, Dios resucitará a los muertos. Así que la resurrección de Jesús significa que han comenzado estos últimos tiempos; el reino de Dios está emergiendo y la nueva creación ha comenzado. Por esta razón se lee en la Vigilia Pascual el relato de la creación del mundo. En él se nos cuenta la primera creación. Con la resurrección de Jesús comienza la segunda creación. Nuestros ojos miran al futuro: Dios seguirá venciendo, la justicia y el amor derrotarán a la injusticia y el odio. Nosotros resucitaremos. Todo se verá transformado con la vida nueva. Todo aparecerá, incluyendo las cosas buenas que alguien haya realizado en secreto.
En el día de la Pascua encontramos un nuevo nombre de Dios: Dios de vida, que resucita a los muertos. Todo nuestro pensar y sentir se dirigen al futuro: Cristo ha resucitado y Dios nos elevará junto con él a la vida eterna. La muerte no tiene la última palabra, sino la vida. Dios lo garantiza. Podemos confiar en él cuando vemos que ya no podemos hacer nada más por nosotros mismos. El que cree en esto, recibe una nueva dirección en su vida. Ya no importa lo que podemos conseguir de la vida aquí y ahora, sino lo que Dios hará con nosotros. En él podemos confiar total y plenamente.
Ciertamente que esto no significa que los cristianos nos apartemos del mundo. Tenemos que usar nuestra energía y nuestros esfuerzos a favor de todos. Pero existe una enorme diferencia entre esforzarnos todo cuanto podamos sin esperar que el mundo mejore y estar seguros de que al final todo concluirá con la victoria de Dios. Porque con Cristo hemos vencido, podemos hacer el bien con toda confianza y aguantar el sufrimiento, sin perder nunca la esperanza. Esto es lo que significa la fe pascual (adaptación de la obra de Winfrid Henze, Glauben ist schön, Harsum 2001, pp. 51-53; 89ss.).
Pregunta 90: En los Evangelios dice Jesús: Todo el que hable una palabra contra el Hijo del hombre será perdonado, pero quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado… (Mt 12,32). ¿Es el Espíritu Santo más importante que el Hijo? ¿No son de la misma naturaleza? (TR)
Respuesta: El ser humano puede ser perdonado si se equivoca en no reconocer la dignidad divina en Jesús, que está envuelta por su humildad como Hijo del hombre (8,20); sin embargo no se le perdona si cierra sus ojos y su corazón a las patentes obras del Espíritu Santo que Jesús lleva a cabo. Al interpretar estas obras como procedentes de los poderes que son hostiles a Dios, pone a Jesús en oposición a Dios, y, de este modo, rechaza la vocación más alta a la que ha sido llamado y se coloca fuera de la salvación (véase Heb 6,4-6; 10,26-31).
Pregunta 91: ¿Por qué y cómo se hacen santos y santas a los seres humanos? (TR)
Respuesta: Santificar a una persona significa que el Papa declara solemnemente que los siervos de Dios han seguido el ejemplo de Cristo y han dado un excelente testimonio del reino de los cielos bien mediante el derramamiento de su sangre (los mártires) o por sus virtudes heroicas (los confesores). Al confirmar oficialmente la Iglesia la santidad de alguien, es decir, que ha ejercido heroicamente las virtudes y ha vivido en fidelidad a la gloria de Dios, también reconoce el poder del Espíritu santidad en la santificación. Fortalece la esperanza de los creyentes dándoles a los santos como ejemplos e intercesores. Esta certeza oficial justifica la veneración pública de los santos.
Tras la beatificación, que limita la veneración a una iglesia local, a una orden religiosa o a un país determinado, se realiza la santificación o inclusión del beato en la lista de los santos, en el canon; de ahí que a este proceso también se llame canonización. Además de la adecuada veneración por parte de los creyentes, es necesario que el beato haya realizado un milagro después de la beatificación y que tiene que certificarse mediante un proceso independiente. No existe un derecho legal a la canonización tras la conclusión exitosa del proceso. Los procesos de beatificación y canonización terminan con unas conclusiones que se someten al veredicto del Papa, que emite libremente una vez analizado el resultado del proceso, es decir, que puede confirmar o rechazar la conclusión. Las dos opciones son posibles.
Mediante la canonización la Iglesia no reconoce fundamentalmente el esfuerzo personal realizado en el seguimiento de Cristo, aunque también lo incluye. En el contexto de una teología que no sólo tiene por objetivo la salvación del individuo, la canonización se entiende como algo más que la consecución de un nivel heroico de virtudes como un incentivo para que los demás hagan lo mismo; la canonización es el auto-reconocimiento de la iglesia, como el Vaticano II explica al tratar el punto armónico de carácter escatológico de la iglesia peregrina y su unión con la iglesia celeste (LG 48-51). Los santos no son meramente seres virtuosos, sino el cumplimiento de la promesa salvífica que Cristo hizo a su Iglesia. Cuando la iglesia reconoce a los santos se está confesando como indestructiblemente santa y confiesa también su propia historia. Por consiguiente, la santidad no es la realización del ideal abstracto de un mandamiento sobrenatural que siempre debe seguir el mismo patrón. Más bien, se expresa siempre en formas nuevas, concretas, y, por tanto, históricamente singulares, que no deben conformarse a un modelo establecido. De ahí la enorme variedad de santos, de sus respectivos temperamentos y sus diferentes historias (véase W. Schulz, Heiligsprechung, en Lexikon für Theologie und Kirche, vol. 4, Herder, Friburgo 1995).
Pregunta 92: ¿Qué son los estigmas? (TR)
Respuesta: La palabra estigma(s) procede del griego y significa un símbolo que es marcado o tatuado para decorar el cuerpo, bien como signo de pertenencia a una tribu o como expresión de que alguien es el propietario de animales, prisioneros o esclavos.
En el contexto de la mística de la pasión de Cristo, los estigmas son la aparición involuntaria visible en el cuerpo (estigmas visibles) o invisible en él (estigmas invisibles) del dolor de las heridas de Cristo en determinadas personas (en sus pies, manos y el costado). Estos estigmas se resisten a la terapia, son antisépticos y sangran periódicamente, a menudo en torno a la época de la semana santa.
Hasta tiempos medievales no tenemos pruebas de que se hubiera producido este fenómeno. El primer caso probado de una auténtica estigmatización fue el de San Francisco de Asís (14 de septiembre de 1224) en el monte de Laverna, en la Toscana italiana. Según la visión del serafín, siempre mostraba las impresiones reales y verídicas de los clavos y las heridas en el costado del cuerpo. San Francisco ocultó siempre sus estigmas, pero tras su muerte, su compañero Elías de Cremona informó de ellos a todos los miembros de la orden mediante una carta. Las consecuencias fueron enormes pues se incrementaron el número de estos fenómenos hasta un total de 350 o más casos, entre los que cabe mencionar a Catalina de Siena (1375), Verónica Guiliani (1697) y Th. Neumann (1926).
La iglesia trata este fenómeno con reticencia y sumo cuidado. Manteniendo una apertura fundamental a los milagros, el fenómeno debe juzgarse en el contexto de la correspondiente biografía e intenciones (son necesarios informes médicos, psicológicos y teológicos para discernir la causa). Dejando de lado las estigmatizaciones fraudulentas, encontramos una enorme gama que oscila entre la autosugestión y el carisma, entre lo natural y lo sobrenatural. Aunque no existe una conexión que garantiza la relación entre la estigmatización y la santidad, la verdadera estigmatización puede ser una pista crucial que remite a la importancia de la cruz y el sufrimiento de Jesucristo. La doctrina católica sobre los milagros también rige este fenómeno. Los milagros son posibles, aunque deben aplicarse criterios estrictos para su verificación (véase Andreas-Pazificus Alkofer, Stigma, en Lexikon für Theologie und Kirche, vol. 9, Herder, Friburgo 2000).
Pregunta 93: ¿Por qué no pidió Jesús que se pusieran por escrito su mensaje y sus enseñanzas? (TR)
Pregunta 94: Muchos detalles se han escrito de forma diferente en los Evangelios. Si es el mismo Espíritu el que inspira a los escritores, ¿por qué existen estas diferencias? (TR)
Respuesta a la dos preguntas: Quien hace esta pregunta debería volver a leer con atención el capítulo 1 del libro, titulado La Sagrada Escritura y la palabra de Dios, y, posteriormente, la contestación que dimos a la pregunta 60 sobre la existencia de cuatro Evangelios.
La pregunta sobre la falta de interés de Jesús por la escritura de su mensaje y enseñanzas se deriva de la doctrina clásica islámica que procede del Corán (2,136), según la cual algunos destacados profetas, como Moisés (Musa), Jesús (Isa) y Mahoma, recibieron, cada uno, una escritura directamente de Dios. Para Moisés fue la Torá, para Jesús el Evangelio y para Mahoma el Corán. Según esta creencia, las respectivas escrituras, las palabras que primero se encontraban en el corazón de Dios y luego en los labios de su profeta, se pusieron por escrito muy pronto en forma de rollo o de códice, sin que se produjera cambio alguno en su verdadera formulación. Esta idea contiene implícitamente dos afirmaciones; en primer lugar, que estos profetas recibieron efectivamente la formulación real de una escritura, y, en segundo lugar, que lo que proclamaron oralmente, es decir, lo que creyeron que era el mensaje de Dios, fue puesto por escrito al pie de la letra sin cambiar ni una sola letra. Dejamos abierta la cuestión de hasta qué punto esta visión de la historia puede verificarse fidedignamente.
Tanto los investigadores cristianos como no cristianos están de acuerdo en que Jesús nunca afirmó que Dios le había revelado la formulación de una Sagrada Escritura que ya existía en Dios, que en la tradición islámica se denomina indschil, ni que él solo o con la ayuda de los apóstoles hubiera dado al mensaje así entendido una forma escrita en un solo libro, llamado indschil.
De acuerdo con el consenso en el campo de la investigación, debemos imaginar que el proceso de transformación en escritura del mensaje de Jesús, o, mejor dicho, el proceso de la génesis de los escritos que fueron posteriormente coleccionados y se convirtieron en las escrituras normativas de la Iglesia en forma de Nuevo Testamento, aconteció tal como describe el prestigioso teólogo católico Otto Hermann Pesch: El mismo Jesús se refiere a la escritura, a la ley y los profetas (véase Mt 22,40), que contienen [según las enseñanzas de Jesús] la palabra y la voluntad de Dios. Pero lo que ocurrió con él [Jesús] fue lo mismo que había ocurrido a las historias del Antiguo Testamento y a las palabras de Moisés y los profetas. Al principio, la gente hablaba sobre él –en la eucaristía, en las declaraciones de fe– y también sobre sus palabras. Sólo posteriormente se pusieron por escrito, al principio unas pocas y luego cada vez más se fue incrementado el número de palabras que había pronunciado y que eran relevantes para los creyentes. Finalmente, en las manos de escritores y teólogos con talento, las historias, la palabra y la interpretación se mezclaron conjuntamente para completar historias o relatos que llamamos los Evangelios, de acuerdo con el primer versículo del más antiguo de ellos (véase Mc 1,1). Además, aparecieron las cartas pastorales de los diversos apóstoles, misioneros y líderes de las comunidades, especialmente las de Pablo. Y así se creó una nueva colección de libros, es decir, el Nuevo Testamento. Y así como usando el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel aprendió su fe en la cercanía de Dios a través de su historia, de igual modo los cristianos usan el Nuevo Testamento para aprender su fe en la cercanía definitiva e irrevocable de Dios a todos los seres humanos en su Hijo, Jesucristo crucificado y resucitado. Por consiguiente, el Nuevo Testamento es Santo Evangelio, como el Antiguo Testamento. No niega las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento. Creemos que es el mismo Dios el que actuó en el pueblo de Israel y se manifestó en Jesucristo. Los dos Testamentos juntos, uno como el libro de la promesa, el otro como el libro del cumplimiento, forman la Sagrada Escritura –la Carta Magna de la fe y de la Iglesia. Por consiguiente, la pregunta si podemos creer en la Biblia ha sido respondida, pues se responde a sí misma. Creemos porque la Biblia nos invita a creer. Sin la Biblia no seríamos cristianos, pues sin ella no creeríamos. Es como si mirásemos a una persona amada y nos preguntáramos: ¿Puedo amar a esta persona? Si la amamos, entonces sencillamente la amamos y dejamos de preguntarnos si podemos o no amarla. Lo mismo podemos decir sobre la fe en la Biblia: su palabra nos invita a creer. Si, como consecuencia, creemos en Dios, sencillamente creemos. La Biblia ha llegado a convencernos tanto que ya no tiene sentido preguntarnos si podemos creer en ella.
[Evidentemente]…queremos saber si todas estas cosas han ocurrido tal como las cuenta la Biblia. Sobre todo, las extrañas historias de la intervención milagrosa de Dios en el curso de la historia. Prestando atención a la crítica bíblica o a la ciencia bíblica crítica, que compara los relatos bíblicos con el conocimiento que poseemos sobre estos tiempos y el ambiente de entonces, con otras fuentes, entonces llegamos a la siguiente conclusión: No puede haber ocurrido así, la historia se ha mezclado con la leyenda y la interpretación religiosa le ha dado su colorido específico…
En este momento, tenemos que recalcar algo importante: La Biblia contiene la palabra de Dios, pero oculta en palabras humanas. Cuanto más tomemos la Biblia seriamente como libro humano, tanto mejor. Sin embargo, esto también significa que sus autores eran hijos de su época –un aspecto que también puede verse en el hecho de que escribieron en la lengua de su entorno, es decir, en hebreo y en griego. Escribieron sus libros del modo que entonces se escribía. Así, por ejemplo, dado que entonces se estimaban más los buenos relatos que actualmente, los escritores bíblicos incluyeron relatos en sus libros e incluso, tal vez, inventaron algunos para explicar lo que querían decir. Y, por supuesto, escribían para promover la fe en Dios, para proclamar su actuación. ¿Quién se sorprenderá de que se mezclen la interpretación creyente y el informe puro? Ni tampoco asombra que los libros contengan otros conocimientos además de las cuestiones estrictamente de fe, como, por ejemplo, la creación del universo, el final del mundo, etc. Lo que ciertamente no escribieron fue un manual de nuestro tiempo, donde una cosa sigue claramente a otra, ni tampoco una crónica periodística objetiva ni un protocolo policial, porque desconocían todo esto. Y si se lo hubieras contado a ellos, los habrían tomado por leyendas, no habrían entendido por qué se catalogan como crítica.
La palabra de Dios no puede obtenerse por otro medio que vinculándose a ella en el tiempo en que se escribió. Y si la Biblia fuera diferente, si, por ejemplo, se hubiera escrito en el modo en que ahora la poseemos, entonces nunca habríamos encontrado la fe, porque esta Biblia no existiría. Resulta fácil comprenderlo. Si el escritor bíblico, posiblemente mediante una revelación especial del Espíritu Santo, hubiera escrito en el estilo del siglo XX, entonces nadie de su tiempo la habría entendido en absoluto. Nadie habría sentido que les afectaba y, por tanto, a nadie la habría interesado, ni se habría conservado poniéndola por escrito, traduciéndola a otras lenguas y extendiéndola , con el resultado de que no tendríamos conocimiento alguno de la existencia de una Biblia. Así pues, existe una buena razón para que la palabra de Dios se ocultara en lo humano. Deberíamos estar agradecidos por ello y no quejarnos de que al nacer posteriormente en lugares diferentes, no sólo tenemos que traducirla, sino también explicarla e interpretarla para comprenderla más exhaustivamente (Kleines katolisches Glaubensbuch, Topos, 1992).
Con el objeto de explicar la escritura a lo largo de los siglos en tiempos y situaciones siempre nuevas, se prometió a la Iglesia la guía del Espíritu Santo. Según la doctrina católica, el Espíritu Santo, mediante el oficio de la enseñanza (lat. magisterium), el obispo de Roma y todos los demás obispos protegen a la iglesia de los errores graves en la enseñanza de la fe y la moral.
Pregunta 95: ¿Qué opina del libro "El Código Da Vinci " de Dan Brown? ¿Es un ataque de la masonería contra la Iglesia Católica? (TR)
Respuesta: El objetivo de esta página web no es discutir sobre literatura. Tras haber leído lo que el autor escribe sobre sí mismo y su novela, y después de investigar la misma obra, yo me opongo a la idea de que Dan Brown quiera hacer un ataque directo a la Iglesia o que se identifique con la posición de los masones. La novela es una obra de imaginación, de ficción, que no pretende ser leída como una presentación histórica real. Da pie a numerosas interpretaciones. Quien desee formarse su propia opinión sobre la novela debe tener en cuenta lo que anteriormente hemos dicho. Puede encontrarse más información en http://www.danbrown.com/novels/davinci_code/faqs.html
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