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PREGUNTAS & RESPUESTAS 14

Pregunta 122: ¿Dio Dios parte de su autoridad (perdonar pecados, resucitar muertos, sentenciar en el juicio del último día) a Jesús? (TR)

Respuesta:
Esta pregunta la hace solamente quien supone que Jesús de Nazaret era nada más que un ser humano. Sin embargo, la fe cristiana cree que Jesús es la personificación de la sabiduría de Dios. Dios mismo, como sabiduría, perdona los pecados, resucita a los muertos y juzga en el último día mediante la personificación de esta sabiduría que reconocemos en Jesucristo (véase, en esta perspectiva, Col 1,12-23, en particular vv. 19-20).

Pregunta 123: ¿Cómo se imagina la fe cristiana el paraíso y el infierno? ¿A qué se parece la vida tras la muerte? (TR)

Respuesta:
Cuando usa la palabra cielo, la Biblia, y, por tanto, la doctrina de la Iglesia, no se refiere, evidentemente, a un lugar superior con los ángeles sobre las nubes. Las numerosas metáforas que se usan en la Biblia significan que el cielo es la comunión eterna con Dios. Lo veremos, seremos felices con él, nos sentiremos llenos de amor, alegría y paz y con buena voluntad hacia los demás. Dios quiere elevar toda la creación a su esplendor, con la historia del mundo purificada, cambiaba y completamente renovada. Dios quiere recompensar nuestras buenas obras, aunque sólo es posible por gracia suya. Y, así, habrá diferentes niveles de beatitud, al igual que hay vasijas de diferentes tamaños; todos alcanzarán en el cielo la total plenitud de su propia felicidad.

Con respecto a lo que se enseña sobre el infierno, ¿no está en contra de la misericordia de Dios? No debe existir duda alguna de que Jesús confirma la enseñanza del Antiguo Testamento: hay pecados que son tan hondamente perversos que terminan separando completamente de Dios. Todos tenemos que elegir entre la vida y la muerte. Dios acepta esta libertad hasta sus últimas consecuencias. La iglesia proclama el dogma del infierno como una posibilidad real, y lo proclama para hacer ver a todos la importancia categórica de sus propias acciones y conducirlos a la salvación. La Biblia no dice en qué lugar se encontrará la persona condenada para siempre. Pero el infierno significa verse separado de Dios para siempre, separado de él que es nuestra vida.

Afortunadamente, sólo una carga pesada altamente grave nos separa de Dios. Sin embargo, tenemos que admitir que no nos encontraremos ante él totalmente puros e intachables cuando finalmente nos llame. Por eso, se nos ha dado la oportunidad de la purificación y la catarsis, que podemos entender como un signo de la misericordia de Dios. Seremos pobres almas porque ya no podemos hacer nada para nuestra salvación y porque el fuego del amor de Dios nos causa dolor por los pecados cometidos (de ahí el término purgatorio, que procede de purgatorium, es decir, el lugar de la purificación). Al mismo tiempo, somos afortunados, porque formamos parte de este lugar de purificación para Dios en la comunión de los santos. Podemos sentirnos apoyados por las oraciones que la iglesia hace por los difuntos e incluso podemos ofrecer nuestros propios sufragios.

Por tanto, podemos resumir diciendo que el cielo es Dios, a quien nos hemos ganado para siempre, y el infierno es Dios, a quien hemos perdido para siempre. El purgatorio es Dios a quien esperamos sufriendo mientras nos purifica y nos santifica.

Al final, Dios hará surgir unos cielos nuevos y una nueva tierra. La Biblia habla de un banquete celestial o de la ciudad santa de Jerusalén, en la que Dios morará con toda la humanidad. Toda la creación se renovará. Nos aguarda una belleza inimaginable (cita de Winfried Henze, Glauben ist schön. Ein katolischer Familien-Katechismus, Köhler, Harsum 2001, pp. 178-180).

Pregunta 124: ¿Puede Dios arrepentirse? (TR)

Respuesta:
Probablemente, esta pregunta surja de textos como Gn 6,5-6: Viendo Yahvé que la maldad del hombre cundía en la tierra y que todos los pensamientos que ideaba su corazón eran puro mal de continuo, le pesó a Yahvé de haber hecho al hombre en la tierra y se indignó en su corazón. Este pesar, o arrepentirse, como también suele entenderse, es un modo humano de expresar que la santidad de Dios no puede tolerar el pecado. En 1 Sm 15,29 leemos: La gloria de Israel no se retracta ni se arrepiente, pues no es un hombre para arrepentirse. He aquí una advertencia contra una interpretación excesivamente literalista del texto. Con más frecuencia, se dice que Dios se retracta o se arrepiente de su ira y de su amenaza. Véase también Jr 26,3: Puede que oigan y se torne cada cual de su mal camino y yo me arrepienta del mal que estoy pensando hacerles por la maldad de sus obras.

Pregunta 125: ¿Por qué tiene que volver Jesucristo? (TR)

Respuesta:
La Biblia afirma que debemos trabajar por nuestra salvación con temor y temblor (Flp 2,12). Sin embargo, la emoción que domina cuando los cristianos piensan en el juicio final es la esperanza. La razón de esto reside en que los cristianos están convencidos de que todo procede de Cristo y remite a él. El Antiguo Testamento habla ya del día del Señor, en que Dios castigará la maldad de su pueblo, pero al mismo tiempo lo salvará y lo restablecerá. El sentido de esta convicción sólo llegar a clarificarse auténticamente en el Nuevo Testamento. Los cristianos aguardan el día de Jesucristo, su retorno en gloria. Entonces, todo el mundo verá que Jesucristo es la causa originaria y el núcleo de la historia. Todo se verá medido por él y por su verdad. El es el único que Dios ha enviado a juzgar a vivos y muertos. La Biblia anuncia su venida con metáforas majestuosas. Todas ellas remiten a la misma convicción: al final, Cristo triunfará y con él triunfarán la verdad y la justicia. Los pequeños, los humildes, los olvidados, las víctimas del terror y de los desastres recibirán su recompensa y perecerán el mal y la violencia injusta. Así pues, la proclamación del juicio final es verdaderamente una Buena Noticia.

Los cristianos deberían pensar y hablar con mayor frecuencia de aquella parte de la plegaria eucarística donde se dice …hasta que vuelva en su gloria. La Iglesia primitiva se llenaba de alegría al esperar la segunda venida de Cristo, pues, en efecto, la esperaban para un futuro inmediato. Sólo muy lentamente fue cristalizando la convicción de que el final de los tiempos iba para largo. Pero para los cristianos no era una cuestión de tiempo. No se produjo ninguna crisis cuando la esperanza en la segunda venida no se cumplió inmediatamente. La llegada de Jesús sigue siendo una verdadera esperanza. Ser cristiano significa vivir en esperanza.

En ocasiones encontramos a gente que dice conocer exactamente el tiempo en que vendrá, pero la Biblia nos dice que nadie conoce el día ni la hora (Mc 13,32). Señalan a las guerras y los desastres que Jesús anunció que precederían al final, pero estos acontecimientos no remiten a una fecha concreta. Más bien, la proclamación de Jesús da un significado diferente a todos los horrores de este mundo: para los cristianos son signos de la cercanía de la salvación. Incluso el anticristo, cuya venida precederá al final de los tiempos (2 Tes 2,4), no es un personaje específico de la historia. El mundo está lleno de estos adversarios de Dios, pero su poder no debe atemorizar a los cristianos, porque Jesús es quien anunciará la victoria final.

Así pues, los cristianos esperan que Jesús lleve a plenitud la historia. Esta es la buena noticia que nos hace gozar. Al mismo tiempo, tiene una considerable importancia para el presente, en cuanto que no seremos nosotros quienes conseguiremos el perfeccionamiento del mundo, sino el Señor. Una vez que hemos comprendido esto, dejaremos de seguir a quienes proclaman otros tipos de cielo en la tierra. Verdaderamente, al creer, los cristianos no se ven confundidos con los vaivenes de la historia del mundo. Tienen el deber de luchar por la justicia, de hacer el bien cuanto puedan, pero no deben esperar lograrlo todo con sus propias fuerzas. La esperanza en Jesucristo como juez victorioso protege al cristiano del peligro de las utopías que, como la historia muestra, terminan fácilmente en sangre y lágrimas. Por tanto, la proclamación de la venida de Cristo en gloria nos protege de la falsa esperanza del paraíso en la tierra como también de la patética resignación sin esperanza (cita ligeramente adaptada de W. Henze, Glauben ist schön. Ein katolischer Familien-Katechismus, pp. 176-177).

Pregunta 126: ¿Qué opina sobre los insultos contra un profeta que aparecen en algunas viñetas? (TR)

Respuesta:
Cito el comunicado de prensa del presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, el cardenal Lehman, del 3 de febrero de 2006 en respuesta a las viñetas sobre Mahoma, con el que estoy de acuerdo:

    Los principios de la vida en común incluyen el respeto a la religión del otro. Tal principio se aplica a todas las religiones. La sátira o las caricaturas, que en las democracias forman parte de la libertad de opinión, se convierten en un problema cuando tocan los principios fundamentales de cualquier religión. Muchos musulmanes están convencidos de que se ha ofendido a su religión mediante las viñetas publicadas inicialmente en Dinamarca. Es lamentable esta falta de sensibilidad. Pero también deben rechazarse en general cualquier uso de la violencia y toda llamada a la guerra o a amenazar con  el boicoteo. Este suceso muestra cuánto tenemos que aprender aún en nuestras relaciones sociales.

Pregunta 127: ¿Se permite en Europa insultar a Jesucristo con caricaturas? (TR)

Respuesta:
Desde un punto de vista legal, sí está permitido. Otro asunto diferente es la valoración moral. En Europa se insulta a Jesucristo constantemente. La historia muestra que se ha abusado reiterativamente de la protección legal de la religión y que ésta no es compatible con la libertad de expresión y la libertad de investigación científica. Estoy de acuerdo con el siguiente comentario del profesor Muhammad Kalisch de la Universidad de Münster: La protección legal de la fe y de los sentimientos religiosos es absurda y debe rechazarse, sencillamente porque nunca pueden definirse con rigor y toda valoración conduce automáticamente a la arbitrariedad. Para los abogados de un Estado constitucional, la arbitrariedad es el signo más evidente de una sentencia inválida. La indefinición de los hechos se debe a los diferentes puntos de vista que cada individuo tiene sobre cuándo se ofende a sus sentimientos religiosos. En el caso de los puntos de vista religiosos y filosóficos nos encontramos con el problema adicional de que lo que para una persona es una absoluta tontería para otra puede ser una verdad absoluta…

Si crees que el Papa es un criminal y Mahoma es un asesino, nadie puede impedir que lo digas. Si quieres una sociedad que reconozca la libertad de opinión y la libertad de investigación científica, tienes que vivir con la consecuencia de que haya gente que no comparta tu punto de vista sobre el mundo y que considere absurdas cosas que para ti son sagradas.

Es posible intentar criticar el contenido de la religión y al mismo tiempo mostrar a tu interlocutor que respetas su dignidad como ser humano e incluso buscar un modo de criticar que provoque el menor dolor posible…No obstante, debe tenerse en cuenta que ningún conflicto que surja de una discusión puede o debe resolverse mediante la ley. En el ámbito del conflicto entre la libertad de opinión y la libertad de investigación científica, por una parte, y la religión, por otra, debe prevalecer la absoluta libertad de opinión y de investigación, aun cuando se puedan herir los sentimientos religiosos. Todo intento de imponer restricciones está en contra de las libertades fundamentales mencionadas y la historia nos muestra que nada bueno sale de él.

Sin embargo, hay ciertos límites. Estos límites no conciernen a la religión de los otros, sino a su dignidad personal. Allí donde los creyentes de cualquier religión, sean judíos, cristianos, musulmanes, hindúes, bahaís, etc., son representados de palabra o gráficamente de un modo que parecen ser una mera masa homogénea, a la que, sin ninguna diferenciación individual, puede adscribirse características negativas como la mentira, la falsedad, el engaño o incluso el deseo de matar, entonces no hay duda alguna de que se ha violado su dignidad humana y se ha realizado una representación ofensiva.

No es de recibo que una persona sea automáticamente sospechosa y considerada un delincuente simplemente por su religión. El gobierno debe llevar a los tribunales a quien actúe de este modo (CIBEDO, Fráncfort del Menos, 1/2006, pp. 22-23).

Pregunta 128: ¿Sabía Jesús que Judas iba a traicionarlo? De saberlo, ¿por qué no se defendió? (TR)

Respuesta:
Según los cuatro Evangelios, Jesús anunció en la última cena que uno de sus discípulos lo traicionaría y lo entregaría. Según el Evangelio de Mateo, Jesús se refería a Judas, al menos indirectamente. El anuncio de la traición es profetizado por el Sal 41,10: Hasta mi amigo íntimo en quien yo confiaba, mi compañero de mesa, me ha traicionado. El poder del mal es tan eficaz que alcanza incluso al círculo más íntimo de los discípulos de Jesús.

¿Por qué no se defendió Jesús? ¿Por qué no huyó? Al parecer, cada vez tuvo más claro que no podía huir de una muerte violenta si quería mantenerse fiel a su mensaje del amor incondicional de Dios a toda la humanidad. Sufrirá el destino del siervo sufriente de Dios (véase Is 53), que es rechazado y ajusticiado, a pesar de su inocencia. Sin recurrir a la violencia y sin amargura, Jesús acepta su muerte confiando en Dios. Sin embargo, es precisamente este acto el que rompe el círculo de violencia y contribuye a la reconciliación de un mundo que carece de paz. En obediencia a Dios, Jesús sigue el camino del siervo sufriente de Dios. Sacrifica su vida por vosotros y por todos. Lo dijo en la última cena, y la comunidad cristiana celebra este sacrificio cada vez que celebra la eucaristía. En la eucaristía, Jesús invita a los fieles a dedicarse al servicio de los demás y les da su fuerza, con el poder del Espíritu Santo, para hacerlo.

Pregunta 129: ¿Cómo debemos considerar el reconocimiento eclesial de los [así denominados) matrimonios entre personas del mismo sexo, tal como sostienen y practican algunos protestantes? (TR)

Respuesta:
Para clarificar la posición católica sobre la cuestión de las relaciones entre personas del mismo sexo, reproduzco las principales afirmaciones del Catecismo de adultos (vol. II: Leben aus dem Glauben, Herder, Friburgo 1995, pp. 385-387) con una traducción no oficial.

La regulación legal de las relaciones entre personas del mismo sexo (es decir, homosexuales) no debe confundirse con la valoración moral de los actos homosexuales. La homosexualidad es un fenómeno poliédrico. Los intentos por diseccionar el fenómeno homosexual en sus varias formas y describir su origen y desarrollo como también el grado de la orientación, indican precisamente lo controvertido de su investigación y tipificación incluso en la psicología y la medicina contemporáneas. La diferencia de opiniones con respecto a la forma y el desarrollo de la homosexualidad revelan la necesidad de distinguir entre la orientación homosexual y los actos homosexuales. Los mismos homosexuales llegan a reconocer su orientación o tendencia sexual como algo permanente sólo en el ámbito de diferentes fases de desarrollo. Quienes tienen una orientación homosexual no lo han elegido ellos mismos (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358). La investigación clínica aún mantiene la opinión de que quien posee esta orientación no puede cambiar esta tendencia. Por otra parte, prestigiosos médicos señalan que, bajo unas condiciones favorables, ciertas terapias pueden cambiar permanentemente la orientación homosexual. Independientemente de lo pueda decirse clínicamente sobre la orientación o la tendencia homosexual, lo que resulta claro desde un punto de vista ético es que el homosexual no es más responsable de su comportamiento sexual que el heterosexual. Esto es relevante no sólo desde la perspectiva de las consideraciones éticas fundamentales, sino también con respecto a la amenaza para salud que de un posible contagio del virus del sida, que puede producirse por actos homosexuales como heterosexuales.

La homosexualidad presenta ciertos inconvenientes cuando se compara con la heterosexualidad. Incluso la anatomía de los órganos sexuales remite a la dualidad de los sexos. Los actos homosexuales excluyen fundamentalmente una polaridad sexual completa como también la procreación. Por tanto, las relaciones entre personas del mismo sexo implican la infecundidad. Desde esta perspectiva, el homosexual también percibe su orientación como una realidad diferente aun cuando se hayan reconciliado con esta predeterminación.

Desde la perspectiva del orden de la creación y desde la orden de procrear dada por Dios al hombre y a la mujer, la homosexualidad no puede considerarse en igualdad a la heterosexualidad. De acuerdo con la Biblia, el auténtico espacio para la unión sexual es el matrimonio entre un hombre y una mujer, y el matrimonio constituye la célula preciosa de la sociedad humana.

En tiempos bíblicos se condenó duramente la homosexualidad. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento queda claro que las prácticas homosexuales no pueden representar la finalidad auténtica de la sexualidad humana. En Israel, todo el que cometía actos homosexuales –por cualquier razón– era expulsado de la comunidad, de acuerdo con la ley (cf. Lv 18,22; 20,13). En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo interpreta la conducta homosexual como una relación antinatural (cf. Rom 1,15-27; 1 Tim 1,10), contra la que advierte, al igual que contra otras desviaciones sexuales.

La falta de conocimiento condujo en tiempos pasados a la persecución y la condena de los homosexuales. En la actualidad se prohíbe toda denigración. Desde un punto de vista moral, es importante que los homosexuales se esfuercen para evitar que su sexualidad los controle, integrándola  humanamente en una concepción y una finalidad morales. Sobre todo, deben respetar su dignidad y no deben hacer un  uso incorrecto de su sexualidad como medio para satisfacer sus propios apetitos sexuales. Deben evitar ofender a otros con su comportamiento y no deben seducir a nadie. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2358).

Socialmente, todas las personas tienen el deber de tratar a los homosexuales favorablemente. La denigración y la degradación les conducen a una situación intolerable y obstaculiza o impide la comunicación. Los cristianos están llamados a ofrecerles la atención pastoral debida. Las parejas del mismo sexo no pueden obtener el reconocimiento eclesial como una institución.

Pregunta 130: ¿No constituye un rechazo de la voluntad de Dios la abolición de la Ley de Moisés, como, por ejemplo, el mandamiento de la circuncisión o la prohibición de comer carne de cerdo? (TR)

Respuesta:
En el centro de la proclamación de Jesús se encuentra en el mensaje de la llegada del reino de Dios (Mc 1,15). De este modo, Jesús relativizó la Ley judía anterior. No dijo que la Ley mosaica era inválida y obsoleta. Sin embargo, sí criticó y reveló, con tono de gran autoridad, la voluntad de Dios expresada originalmente en la Ley (Mt 5ss: Pero yo os digo). Entre las críticas que Jesús hace a la Ley y el culto, encontramos, por ejemplo, lo que dice sobre el matrimonio, la venganza y el amor a los enemigos (Mt 5,31ss.38.43ss., cf. par.), la pureza ritual (Mc 7,15), la curación en sábado (Mc 2,27ss.), la condensación de la Ley en el doble mandamiento del amor a Dios y al prójimo (Mc 12,28-34) y la insuficiencia del culto realizado en el Templo de Jerusalén  (Mc 14,58). Algunas de estas opiniones están íntimamente vinculadas con cierto comportamiento de Jesús, por ejemplo, su cariño incondicional a los pecadores (sobre todo, comiendo con ellos, Mc 2,15-17; Lc 15) y a los enfermos (curándoles en sábado, Mc 3,1-6; Lc 13,10-17); la curación de los marginados (Mc 1,40; Lc 17,12), como también la acción simbólica de la purificación del Templo (Mc 11,11-17). Su ejecución por los gobernantes judíos indica que su crítica a la Ley y al culto traspasaban los límites de lo permisible y tolerable para ciertos círculos.

En las comunidades cristianas primitivas, algunos miembros seguían sin ningún problema observando la Ley y participando en el culto del Templo (Hch 2,46; 3,1; 21,20). Pero otros, los helenistas, sacaron consecuencias de mayor alcance que eran críticas contra la Ley del propio comportamiento de Jesús, de su ejecución en cruz y la fe en su resurrección.  Esteban, que era su líder, fue lapidado por su crítica a la Ley y al Templo (Hch 6ss.). Sus seguidores fueron perseguidos y tuvieron que huir de Jerusalén. Entre los perseguidores se encontraba Saulo/Pablo. El hecho de fuera fariseo y un celoso observante de la Ley y, como tal, persiguiera a los judeocristianos helenistas (Gal 1,13ss.; Flp 3,5ss.), ayuda a clarificar la actitud que los helenistas tenían frente a la Ley. Es evidente que fueron ellos quienes por primera vez incluyeron a los paganos en la comunidad de los creyentes sin exigirles la circuncisión y la observancia de la Ley mosaica (Hch 11,20; 15; Gal 2,22-24).

Después de que Pablo se hiciera cristiano, siguió preocupándose, más que cualquier otro profeta cristiano de entonces, por las dificultades de la Ley, de las que frecuentemente habla en sus cartas. La profesión de fe de que Dios ha resucitado a Jesús, que había sido condenado por la Ley, de entre los muertos y lo había constituido en Señor, conduce a la convicción de que la vida en Dios no se obtiene mediante el cumplimiento de la Ley, sino mediante la fe en Jesucristo, otorgada por la gracia de Dios (Gal 2,16; 3,10-14; Rom 1,17; 3,20.24ss.). Por tanto, la Ley no deja de ser una gracia divina pero como camino que conduce a la salvación llega a su final en Cristo (Rom 10,4). Pero los preceptos éticos siguen teniendo valor mediante la fe en Cristo, sobre todo el mandamiento del amor al prójimo (Gal 5,14; 6,2; Rom 13,8). Sin embargo, solo son válidos en la medida en que se observa el don previo de la salvación otorgada por Dios mediante Jesucristo en el Espíritu Santo.

En suma. Jesús no derogó la Ley mosaica. Sin embargo, su proclamación del reino de Dios modificó esencialmente su importancia como también la interpretación que hacía el judaísmo de su época. El cristianismo sacó varias conclusiones del comportamiento de Jesús, de su muerte en cruz y de su resurrección. De particular importancia y trascendencia es la intuición que expresa Pablo: el camino decisivo para la salvación no consiste en practicar la Ley, sino en tener fe en Jesucristo, cuyo Espíritu Santo está vivo, especialmente en su Iglesia.

Cuanto hemos dicho responde a nuestra pregunta: El relativismo de Jesús con respecto a algunos mandamientos de la Ley, la síntesis que hace de toda ella en el mandamiento del amor a Dios y al prójimo, hasta el punto de amar a los enemigos, y la posición de la Iglesia, que deriva de este modo de entender los mandamientos de la Ley mosaica, no significan un rechazo de la voluntad del Dios de los profetas, sino su cumplimiento más profundo.

Pregunta 131: ¿Dónde se encuentra el Evangelio original y genuino que se entregó a Jesús? (TR)

Respuesta:
Léase el capítulo 1, Escritura y Palabra de Dios, en el libro que se encuentra al comienzo de esta página. Además, léanse también las preguntas y respuestas nn. 60, 93, en las respectivas páginas 7 y 10 de esta página web. Según la fe y la concepción cristianas, en ningún momento se le dio o se le envió a Jesús un libro, el indschîl, es decir, el evangelio. Esta idea es afín a la comprensión del Corán como un libro que fue hecho bajar por Dios para ser entregado a Mahoma. Más bien, según la concepción y la fe cristianas, Jesús mismo –en su vida y en su predicación– es la buena noticia (en griego euangélion) en su sentido radical. Los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento llevan este título porque transmiten auténticamente con sus palabras la buena noticia que es la vida y la enseñanza de Jesús.

Pregunta 132: ¿Se transformó repentinamente el Dios que convocaba a su pueblo a matar en el Dios que llamaba a amar a sus enemigos gracias a Jesús? (TR)

Respuesta:
El relato bíblico presenta una evolución sobre la cuestión de si es legítimo matar al prójimo como también sobre el significado religioso y ético de la guerra y de la violencia militar. Dios hace posible que su pueblo vaya discerniendo cada vez con mayor claridad los contornos de su voluntad, que alcanza la perfección en la vida y la enseñanza de Jesús. Presentamos esta evolución en dos fases.

          1. La prohibición de asesinar y matar en el quinto mandamiento y el mandamiento del amor

La doctrina del Antiguo Testamento sobre el valor y la dignidad de la vida humana se formula sucintamente en el quinto mandamiento del decálogo: No asesinarás (Ex 20,13; Dt 5,17). La razón por la que en la Biblia se dice asesinar en lugar de matar es porque la palabra hebrea correspondiente no significa matar en el sentido de matar en general, sino en el sentido de matar ilegítimamente.  Se dirige en primer lugar al asesinato, pero también incluye el homicidio involuntario.

El quinto mandamiento refleja la convicción que tiene Israel de que la vida es valiosa y sagrada. En particular, se aplica a la vida humana, puesto que el ser humano es imagen de Dios. Aquí se encuentra la causa de su valor y de su dignidad. Nadie puede disponer arbitrariamente de la vida humana. Quien la viole será severamente castigado. Quien derrame sangre humana verá como la suya es derramada por otro ser humano, pues Dios hizo a la humanidad a su propia imagen (Gn 9,6). La destrucción deliberada de la vida de un ser humano que es un semejante, es un pecado que grita a mí desde la tierra (Gn 4,10). Quien asesinara era condenado a muerte y el asesino no podía comprar su libertad (cf. Nm 35,25). Esta gravísima sanción impuesta por la comunidad muestra precisamente el respeto que tenía al Dios de la vida.

La finalidad positiva del quinto mandamiento es que la humanidad afirmara positivamente el valor de cada ser humano, que tiene su fundamento en el sí de la humanidad a Dios y en el sí de Dios a la humanidad. 

Según el Antiguo Testamento, el sí a Yahvé es solo plenamente válido cuando se dirige a Dios y a la humanidad. El sí a Dios y el sí a la humanidad constituyen el fundamento de lo que la Biblia llama amor. Por esta razón, tras la proclamación del decálogo (Dt 5), el Deuteronomio nos presenta la exigencia fundamental del sí a Dios con la siguiente formulación: Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,4). El mandamiento de amar a Dios  también implica amar al prójimo…Se formula explícitamente en los siguientes términos: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18). Esta exigencia también incluye el amor al extranjero (cf. Lv 19,33ss.). El profeta Miqueas resumió esta revelación divina del siguiente modo: Se te ha hecho saber, hombre, lo que es bueno, lo que el Señor pide de ti: tan sólo respetar el derecho, amar la fidelidad y obedecer humildemente a tu Dios (Miq 6,8).

Cuanto el Antiguo Testamento dice sobre los mandamientos del amor a Dios y al prójimo (Dt 6,4ss.; Lv 19,18), como revelación de la voluntad de Dios, y a los que profetas se refieren mediante acciones sociales concretas, se ve extraordinariamente confirmado y superado en Jesús y su mensaje. El, que es la justicia de Dios y que proclama el mensaje de la justicia de Dios como amor misericordioso, ordena, con palabras del profeta Oseas (6,6): Quiero misericordia, no sacrificios (Mt 9,13; 12,7)… Jesús amplía el marco general de la prohibición de matar. No solo el homicidio físico, sino que incluso la ira y el hablar mal equivalen a matar: Habéis oído que se dijo a los antepasados, No matarás, y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal (Mt 5,21). La razón última del mandamiento de no matar, no encolerizarse, no odiar, se encuentra en el mandamiento del amor, del que dependen todas las demás leyes (cf. Mt 22,37-40). Jesús expande este mandamiento del amor que incluye a todas las personas, incluso a los propios enemigos (Mt 5,44). No sólo manda una disposición interior de benevolencia, sino también hacer el bien en acciones concretas. El mismo Jesús expresa el amor al prójimo con su particular dedicación a los pobres, los débiles, los desfavorecidos y los enfermos. De acuerdo con el juicio que hace Jesús de las naciones (Mt 25), la decisión sobre la salvación o la condenación depende de si realmente hemos puesto en práctica este amor mediante obras de caridad. Jesús dijo que la caridad hacia los demás se identificaba con la caridad mostrada a él: Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis…cuando dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo (Mt 25,40.45).

El mandamiento que todo el mundo conoce con la formulación No matarás, cambia, bajo la influencia de la proclamación cristiana y el pensamiento modernos, a la siguiente formulación: Conserva la vida. Esta orientación positiva afecta a la gente en el mundo cambiante en el que vivimos con una urgencia que nuestros antepasados jamás hubieran percibido. Los avances científicos, tecnológicos, económicos y políticos han hecho más evidente que nunca antes la grandeza de la vida humana, pero también sus límites y las amenazas que se ciernen sobre ella. La responsabilidad ante la vida abarca todos los aspectos de la propia vida, de la vida de los demás, desde su comienzo hasta el final, la coexistencia pacífica en la sociedad, entre las naciones y los pueblos, y la conservación de la creación. Por consiguiente, el quinto mandamiento es al mismo tiempo individual y social (texto abreviado con algunas leves modificaciones del Catecismo de adultos de la Conferencia Episcopal Alemana, vol. II, pp. 270-275).

          2. La guerra en la Biblia y el mandamiento del amor

Aun cuando la investigación actual sobre el Antiguo Testamento raramente acepta que el antiguo Israel conociera las guerras santas como la que llevaron a cabo la coalición de ciudades para auxiliar al santuario de Delfos, es evidente que el Dios de Israel era una dios de la guerra, venerado como el Señor de los ejércitos, el Dios de los ejércitos de Israel (1 Sm 17,45). La historia antigua de Israel se interpreta como una historia de autoafirmación militar con la ayuda de Yahvé. Los intereses de Yahvé y de Israel coinciden casi totalmente, por lo que las guerras de Israel son las guerras de Yahvé. La aniquilación del enemigo se considera como una acción del mismo Yahvé (Ex 15,21). Sin embargo, tras la consolidación del imperio davídico, Israel fue cuestionando cada vez más la anterior identificación entre la voluntad de Dios y la autoafirmación y el dominio militar del pueblo. Israel se vio involucrado cada vez más en los conflictos políticos y bélicos de su entorno y, finalmente, cae víctima de la cautividad de Babilonia. En particular, los profetas piden que se mantenga la calma en la guerra (Is 7,4.9; 30,15) y proclaman que el mismo Yahvé romperá las armas de Israel (Os 1,5) y suscitarán un tiempo definitivo de paz cuando el pueblo forje de sus espadas azadones (Is 2,4; Miq 4,3). También surge la esperanza de que Yahvé intervenga militarmente de forma definitiva poniendo fin al poder mundano (Ez 30). La tendencia de Israel a la guerra fue también un factor dominante en la época de los macabeos. Sin embargo, el judaísmo rabínico puso el acento en la primacía de la paz, pues tal era la voluntad de Dios y su mismo nombre. Sin embargo, en la actualidad, tras la creación del Estado de Israel, raramente se ha traducido en una disposición comprometida a favor de la paz…

El cristianismo primitivo vivió en un mundo de conflictos y sublevaciones políticas de gran trascendencia. El conflicto con los ocupantes romanos animó a la insurrección y a una lucha por la libertad, pero, desde sus comienzos, Jesús se distanció de toda visión mesiánica política (Mt 4,10; 26,52; Mc 10,42ss.; Jn 18,36). Al unir el título Hijo del hombre con la imagen del siervo sufriente de Dios, la comunidad primitiva rechazó en su proclamación la identificación de Jesús con el Mesías político. Además de los mandamientos de Jesús de amar al prójimo y renunciar a toda forma de violencia, tal como se nos han transmitido en el Sermón de la montaña (Mt 5,38ss.), encontramos también la exhortación a aceptar la autoridad de los poderes políticos (Rom 13,1ss.). Esta tensión caracteriza la relación del cristianismo con la guerra y la paz hasta el presente…

En tiempos recientes, las iglesias han quitado toda legitimación ética a la proliferación y almacenamiento de un número cada vez mayor de armas de destrucción masiva. Si bien no puede decirse que las tradiciones de una guerra justa hayan sido ya superadas por el ideal de una paz justa, el proceso desencadenado por el Concilio Vaticano II apunta claramente en la dirección de la justicia, la paz y la conservación de la creación (extraído de W. Lienemann, Krieg, Evangelisches Kirchenlexikon, Gotingan 1989, vol. 2, pp. 1477-1481).

Pregunta 133: ¿Es que los cristianos no lograron comprender ni reconocer a Jesús  al principio, hasta el punto de que todavía seguían discutiendo sobre su naturaleza en el año 325 d.C.? (TR)

Respuesta:
En el año 325 d.C. se celebró el primer concilio ecuménico, el Concilio de Nicea, que condenó la doctrina de Arrio. En la profesión de fe de este Concilio, denominada el credo niceno, se reconoce solemnemente que Jesús es de la misma sustancia (en griego, homoousios) que el Padre.

Muchos contemporáneos se jactan diciendo que ellos solamente abordan los problemas desde un enfoque no dogmático y pragmático.  A mucha gente le suena negativamente la palabra dogma, porque la asocian con lo inconmovible, la estrechez de miras y la falta de libertad, y despierta los recuerdos de la Inquisición, las guerras de religión, la coacción de la conciencia, etc. Con toda razón, actualmente se tiene en gran estima la libertad de pensamiento, de opinión, de investigación, de conciencia y de religión, también en el seno de la Iglesia. Algunos llegan a decir incluso que ha llegado el tiempo de un cristianismo no dogmático que esté orientado a la praxis.

¿Por qué se han producido y siguen produciéndose discusiones dentro de la Iglesia sobre la comprensión correcta de la fe y de sus enunciados? El mismo Jesús advierte en el Evangelio de Mateo: El que se declare partidario de mi delante de los hombres, también yo me declararé partidario suyo ante mi Padre en el cielo. Pero quien me rechace delante de los hombres, también yo lo rechazaré ante mi Padre en el cielo (Mt 10,32-33). Todos los cristianos deben hacer esta declaración sin equívoco alguno. Para que el credo no sea ambiguo se exige esta declaración unánime. Puesto que la Iglesia ha sufrido desde sus comienzos divisiones y enfrentamientos (cf. Hch 6,1; 1 Cor 1,11-13; etc.), es comprensible que encontremos frecuentemente en el Nuevo Testamento advertencias sobre la importancia de la unidad: Os exhorto, hermanos, …, a que seáis unánimes en el hablar y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio (1 Cor 1,10). La diversidad en la proclamación de la palabra de Dios, la liturgia, la teología y el derecho, es legítima e incluso deseable. Con esta exhortación neotestamentaria no se quiere imponer una simple uniformidad. Ahora bien, debe distinguirse la pluralidad legítima de la diversidad de enunciados contradictorios de fe y de moral que afectan a cuestiones fundamentales de la vida. Un pluralismo descontrolado y exagerado dejaría sin significado alguno la cuestión y la búsqueda de la unidad. Si la verdad cristiana no fuera clara y no estuviera definida, la celebración compartida de la fe no tendría sentido y la misma fe carecería de credibilidad. La Iglesia está agradecida por el don que Dios le concede de acercarse más a la verdad por el poder del Espíritu Santo en medio de la ambigüedad confusa y destructiva, y que lleva a cabo a través de su pueblo y de las acciones humanas, es decir, mediante las reflexiones, y en ocasiones controversias, entre los teólogos y los pastores de la Iglesia, que son llamados a servir a su unidad.

Un dogma como el credo del Concilio de Nicea sobre Jesucristo no es un añadido al auténtico evangelio ni tampoco una nueva revelación. Es una exégesis, oficialmente vinculante para toda la Iglesia, de una revelación válida que define la fe contra interpretaciones erróneas, reduccionistas o adulteradas. Los dogmas contienen dos aspectos: Deben referirse a la revelación original y común de la verdad, y deben presentarse de forma oficial, definitiva y vinculante para todos los creyentes. Cuando la Iglesia actúa así, está confiando en la presencia de Jesús y en la ayuda del Espíritu Santo que se le prometió y que la conducirá a la verdad plena (cf. Jn 16,3).

La fe es una concepción global de la vida y una actitud holística con respecto a la existencia. En su conjunto, no es objeto de una proposición o un conjunto de proposiciones, sino de confiar y construir nuestra vida sobre el fundamento de Dios tal como se nos ha revelado en Jesucristo. Por consiguiente, no creemos en los dogmas del mismo que creemos en Dios, en Jesucristo y en el Espíritu Santo. Creemos en los dogmas como una forma concreta de mediación de un contenido de la fe. No son los dogmas los que confirman la verdad de la fe, sino al revés. No son verdad porque fueran solemnemente proclamados, sino que fueron proclamados por que expresaban la verdad. Los necesitamos para que podamos confesar, como un solo cuerpo, la verdad de la fe sin equívocos. Remiten más allá de su literalidad a la realidad de que Dios es el Padre todopoderoso y el Padre de Jesucristo. Todo depende de esta verdad fundamental (texto abreviado del Catecismo de adultos, vol. 1, pp. 54-58).

Pregunta 134: ¿No constituye un acto idolátrico creer que María, que se presentó a sí misma diciendo Soy la esclava del Señor, fue subida a los cielos e invocarla como reina? (TR)

Respuesta:
Véanse las respuestas en p. 8 a las preguntas 71 y 72 sobre lo que piensa la fe católica de María.  Sobre todo, el siguiente párrafo de lo que dijimos entonces: El hecho de la asunción de María al cielo, en cuerpo y en alma, es una consecuencia de su incomparable unión con Cristo. Lo que todos recibiremos al final de los tiempos, la resurrección del cuerpo, ha acontecido ya en María, porque ella es su Madre. Esta doctrina es especialmente importante en nuestro tiempo, cuando el cuerpo del ser humano se ve tan terriblemente degradado por las guerras, las drogas, la pornografía, cuando, en realidad, está destinado a ser gloria de Dios. En María contemplamos siempre nuestra propia dignidad y nuestra esperanza. En ella reconocemos la grandeza que Dios quiere que alcancemos. Una vez que hayas comprendido esto, nunca dejarás de venerar a María.

La fe en la asunción corporal de María fue solemnemente proclamada como dogma por el Papa Pío XII en 1950: Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial (DH 3903).

Esta dogma no se trata la cuestión de la tradición histórica sobre el tiempo, el lugar y las circunstancias en las que María vuelve a Dios (¿Jerusalén o Éfeso?). Carecemos de pruebas históricamente fiables sobre estos aspectos. A diferencia de la resurrección y ascensión de Jesús, que se nos atestiguaron mediante las apariciones del resucitado, carecemos de testimonios de la asunción de María a los cielos. Se trata de un acontecimiento realizado por Dios, pero no es un suceso que pueda datarse. El fundamento de nuestra esperanza en la resurrección se encuentra en la resurrección y la ascensión de Jesucristo, no en la asunción de María, si bien ésta es fruto de aquella esperanza y, por tanto, corrobora nuestra propia esperanza.

¿Qué razones justifican esta declaración de fe? Menciones en particular dos. En primer lugar, la íntima vinculación de María con Jesucristo, su hijo, y con su camino.  La comunión con Cristo es comunión con la cruz y la resurrección. En principio, todos los cristianos estamos llamados a esta comunión. Pero, por su singular unión con Jesucristo, anticipamos como ya realizado en María aquello a lo que todos estamos destinados, es decir, a la resurrección de nuestros cuerpos. En segundo lugar, María es la nueva Eva, la nueva madre de la vida. Ella dio a luz al creador de la vida y con su sí realizó una contribución especial al triunfo de la vida sobre la muerte. En efecto, en ella podemos decir que la muerte ha sido devorada por la victoria (1 Cor 15,54). Así pues, la glorificación de María es una luz que brilla en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo (LG 68).

¿Qué significa este dogma para nosotros? En una situación como la nuestra, en la que la carne es venerada como un dios de hojalata y también es odiada por otros porque la gente se siente desesperanzadamente encerrada en las estructuras y los sistemas de nuestra época, nada se lograría si la Iglesia se dedicara solamente a proclamar programas, principios y llamamientos. En María, la Iglesia nos ofrece una prefiguración luminosa de la auténtica esperanza cristiana, que es para toda la humanidad. La carne también será salvada. Sin embargo, es una esperanza que no se corrobora mediante la sensualidad y con referencia al mundo de los sentidos, sino mediante la transfiguración y la glorificación que procede de lo alto y a él remite. Esta esperanza se sostiene por el acontecimiento de la resurrección de Jesús. Es el comienzo y la causa permanente de nuestra esperanza. En María vemos el fruto que esta esperanza aporta a nuestra vida y que incluye la perfección de toda la humanidad. Así pues, María prefigura la esperanza de todos los cristianos (texto abreviado y ligeramente modificado del Catecismo de adultos. El credo de la Iglesia, 1985, pp. 180-182).

Pregunta 135: ¿Cómo podéis describir algo que contiene alcohol como la sangre de Dios? ¿Provoca Dios las borracheras? (TR)

Respuesta:
El vino es en la Biblia imagen de la alegría de vivir y se considera una bendición; es Dios mismo quien da el vino que alegra el corazón del ser humano (cf. Sal 104,15; Gn 27,28; Am 9,13). Sin embargo, también se advierte de sus peligros (Gn 9,11; Prov 20,1; 23,20; 31,4ss; Is 5,11; 28,7; Os 4,11).  Los sacerdotes no pueden tomarlo mientras realizan sus deberes. Juan el Bautista se privó del vino (Lc 1,15), mientras que Jesús lo tomaba (Mt 11,29). En Caná, Jesús transformó el agua en vino (Jn 2,1ss.). El vino y la viña se convierten en símbolos mesiánicos (Gn 49,11; Mc 14,25). En la última cena, previa a su muerte, Jesús dijo pasando la copa a sus discípulos: Bebed todos de él, pues esta es mi sangre de la alianza que es derramada por muchos para el perdón de los pecados (Mt 26,27s.). Puesto que el cuerpo y la sangre se entienden en la Biblia como los extremos del sacrificio, la unión del pan y del vino en la celebración eucarística simboliza, verdadera y eficazmente, la muerte sacrificial de Cristo. Este sentido simbólico se ve subrayado posteriormente por la expresión sacrificado cuando se ofrece el pan y derramada cuando se presenta el vino. Todo esto se manifiesta en la celebración eucarística como sacrificio cultual en el que Cristo se vuelve junto al Padre y, al mismo tiempo, conversa con sus discípulos en el Espíritu Santo. Este banquete de pan y de vino es también el sello de la nueva alianza.

Pablo aconsejó a Timoteo que bebiera vino por razones de salud (1 Tim 5,23), pero advierte a los obispos y diáconos que no se excedan (1 Tim 3,3.8; Tit 1,17). También hay otros versículos del Nuevo Testamento en los que se advierte de los peligros de un consumo descontrolado (Ef 5,18; 1 Pe 4,3; Tit 2,3).

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