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Pregunta 136: ¿Qué opina sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia Protestante? ¿Es posible que una mujer sea Papa en el futuro? (TR)
Respuesta: La respuesta que da la Iglesia Católica a la ordenación de mujeres se encuentra en la Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis del Papa Juan Pablo II sobre la ordenación sacerdotal reservada sólo a los hombres, del 22 de mayo de 1994. En ella escribe el Papa:
1. La ordenación sacerdotal, mediante la cual se transmite la función confiada por Cristo a sus Apóstoles, de enseñar, santificar y regir a los fieles, desde el principio ha sido reservada siempre en la Iglesia Católica exclusivamente a los hombres. Esta tradición se ha mantenido también fielmente en las Iglesias Orientales... Pero dado que incluso entre teólogos y en algunos ambientes católicos se discutía esta cuestión [la ordenación de mujeres], Pablo VI encargó a la Congregación para la Doctrina de la Fe que expusiera e ilustrara la doctrina de la Iglesia sobre este tema…
2. La Declaración recoge y explica las razones fundamentales de esta doctrina, expuesta por Pablo VI, concluyendo que la Iglesia "no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal"… En la Carta Apostólica Mulieris dignitatem he escrito a este propósito: "Cristo, llamando como apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano. Y lo hizo con la misma libertad con que en todo su comportamiento puso en evidencia la dignidad y la vocación de la mujer, sin amoldarse al uso dominante y a la tradición avalada por la legislación de su tiempo".
En efecto, los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles atestiguan que esta llamada fue hecha según el designio eterno de Dios: Cristo eligió a los que quiso (cf. Mc 3,13-14; Jn 6,70), y lo hizo en unión con el Padre "por medio del Espíritu Santo" (Hch 1,2), después de pasar la noche en oración (cf. Lc 6,12). Por tanto, en la admisión al sacerdocio ministerial, la Iglesia ha reconocido siempre como norma perenne el modo de actuar de su Señor en la elección de los doce hombres, que El puso como fundamento de su Iglesia (cf. Ap 21,14). En realidad, ellos no recibieron solamente una función que habría podido ser ejercida después por cualquier miembro de la Iglesia, sino que fueron asociados especial e íntimamente a la misión del mismo Verbo encarnado (cf. Mt 10,1.7-8; 28,16-20; Mc 3, 13-16; 16,14-15). Los Apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían en su ministerio. En esta elección estaban incluidos también aquéllos que, a través del tiempo de la Iglesia, habrían continuado la misión de los Apóstoles de representar a Cristo, Señor y Redentor.
3. Por otra parte, el hecho de que María Santísima, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, no recibiera la misión propia de los Apóstoles ni el sacerdocio ministerial, muestra claramente que la no admisión de las mujeres a la ordenación sacerdotal no puede significar una menor dignidad ni una discriminación hacia ellas, sino la observancia fiel de una disposición que hay que atribuir a la sabiduría del Señor del universo.
La presencia y el papel de la mujer en la vida y en la misión de la Iglesia, si bien no están ligados al sacerdocio ministerial, son, no obstante, totalmente necesarios e insustituibles. Como ha sido puesto de relieve en la misma Declaración Inter insigniores, "la Santa Madre Iglesia hace votos por que las mujeres cristianas tomen plena conciencia de la grandeza de su misión: su papel es capital hoy en día, tanto para la renovación y humanización de la sociedad, como para descubrir de nuevo, por parte de los creyentes, el verdadero rostro de la Iglesia". El Nuevo Testamento y toda la historia de la Iglesia muestran ampliamente la presencia de mujeres en la Iglesia, verdaderas discípulas y testigos de Cristo en la familia y en la profesión civil, así como en la consagración total al servicio de Dios y del Evangelio.
Por otra parte, la estructura jerárquica de la Iglesia está ordenada totalmente a la santidad de los fieles. Por lo cual, recuerda la Declaración Inter insigniores: "el único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad (cf. 1 Cor 12-13). Los más grandes en el Reino de los cielos no son los ministros, sino los santos".
Pregunta 137: Si Jesús era tan poderoso (es decir, podía realizar milagros) y amaba a la humanidad, ¿por qué no la salvó entonces con un milagro? (TR)
Respuesta: La formulación de la pregunta delata que el lector, por lo que parece, no ha tenido suficientemente en cuenta que Dios creó a los seres humanos, sobre todo, como seres libres, con libre albedrío. Aquí encontramos, precisamente, la enorme diferencia que existe entre el ser humano y los demás seres creados. Sólo una creatura con libre albedrío puede responder con amor a Dios. Podría imponer todo mediante un milagro poderoso, pero Dios creó al ser humano en su sabiduría – lo creó a su imagen y semejanza–, y, por consiguiente, no puede forzarlo a un amor que debe ser sincero y libre. El drama de la historia de la relación de Dios con la humanidad consiste en que desde el principio el Creador respeta el libre albedrío. María, la madre de Jesús el Mesías, fue la primera persona que, sanada por Jesucristo con el poder del Espíritu Santo, respondió libremente a Dios Padre con un amor total mediante su sí incondicional. Su sí inmaculado fue fruto de la obediencia de su hijo, una obediencia que le llevó incluso hasta la cruz.
Pregunta 138: ¿Creó el Papa el limbo para abolirlo simplemente después? Habéis creído en el limbo hasta hace poco. Después de su abolición por el Papa, ¿qué ocurre con los que estaban en él? (TR)
Respuesta: En la primera parte de nuestra respuesta presentamos la doctrina islámica y cristiana sobre la realidad implicada por la palabra turca araf (en árabe arâf) que es la que el lector ha usado. En la segunda parte nos preguntaremos hasta qué punto es correcto afirmar que el Papa ha abolido el limbo.
Doctrina islámica
El término árabe arâf significa cima, elevación. La sura 7 se titula Al-Arâf. En este contexto significa la cima de una montaña, las cumbres, que en la sura 7 se refiere al comportamiento de las personas que no habitan en el infierno ni en el paraíso (7,46-49): Hay entre los dos un velo. En los lugares elevados habrá hombres que reconocerán a todos por sus rasgos distintivos y que llamarán a los moradores del Jardín: «¡Paz sobre vosotros!». No entrarán en él, por mucho que lo deseen. Cuando sus miradas se vuelvan hacia los moradores del Fuego, dirán: «¡Señor! ¡No nos pongas con el pueblo impío!».Y los moradores de los lugares elevados llamarán a los hombres que reconozcan por sus rasgos distintivos. Dirán: «Lo que habéis acumulado y vuestra altivez no os han servido de nada. ¿Son éstos aquellos de quienes jurabais que Dios no iba a apiadarse de ellos?.
En la exégesis de los clásicos comentarios musulmanes al Corán, compilados en el Korankommentar (Gütersloh 1996), escribe A. Th. Khoury (vol. 7, p. 74): Son varias las opiniones que tienen los comentaristas musulmanes sobre el lugar descrito como la cima de una montaña y los hombres que en ella viven. - La cima pertenece a las cumbres del paraíso y los hombres son los elegidos que han sido particularmente bendecidos. - El lugar es la cima de la montaña que se encuentra en la frontera entre el paraíso y el infierno, y los hombres son quienes se han distinguido por su gran obediencia a Dios y han recibido su recompensa especial. Los más cercanos son ángeles, profetas o mártires. Desde la colina observan a los que han sido salvados y entran en el paraíso y a los condenados que son arrojados al infierno. Ellos tienen que esperar la anhelada felicidad en el paraíso hasta que los que han sido salvados y los condenados encuentren su lugar definitivo. Entonces, entrarán en el paraíso y ocuparán la elevada posición que se les había otorgado. - Otros comentaristas (la mayoría, según Tafsir al-Manar) piensan que estos hombres ocupan el nivel más ínfimo de los salvados o bien son aquellos cuyas acciones buenas y malas están compensadas, por lo que tienen que esperar hasta que Dios en su misericordia y su gracia los introduzca en el paraíso. También pueden ser malhechores creyentes a quienes Dios perdona tras un período de tiempo y les permite entrar en el paraíso.
La última de estas tres interpretaciones condujo a la idea de una parada entre el paraíso y el infierno. Por esta razón, al-Arâf llegó a significar limbo. Esta creencia coincide con ciertas exégesis del término coránico barzakh (Sura 23,100). Barzakh significa obstáculo, barrera, y, según algunos comentaristas, se refiere a una barrera física entre el paraíso y el infierno. En las interpretaciones escatológicas, el término se entiende a veces en el sentido de cristiano de limbo. Así, Ibn Hazm (+ 1604) enseñaba que los pecadores que son creyentes no permanecen en el infierno para siempre, sino que son llevados al paraíso una vez cumplido su castigo temporal. Esta idea de un castigo temporal se parece al concepto cristiano de purgatorio (cf. art. Al-Arâf, en C. Glassé, The Concise Encyclopaedia of Islam, Londres 1989).
Doctrina católica
El limbo (término latino que significa frontera, límite, confín) es el lugar o la condición en que se encuentran los difuntos que no están en el cielo ni en el infierno ni en el purgatorio. El limbus patrum (limbo de los padres) es el lugar o la condición de los justos que murieron antes de Cristo y que no lograron la beatitud celestial con el descenso de Cristo a los infiernos y con su ascensión. El limbus puerorum, que sólo ha tenido relevancia en la tradición cristiana, es el lugar o la condición de los niños pequeños o de aquellos llegados al uso de razón, que, no obstante la propagación suficiente del evangelio, no recibieron el bautismo y, por tanto, no entraron a formar parte de la Iglesia. Con respecto a esta doctrina debemos decir lo siguiente. En primer lugar, en la Sagrada Escritura no hay un testimonio que justifique la existencia del limbus puerorum. En segundo lugar, mientras que la tradición cristiana más antigua no dice nada sobre este particular, el concepto va adquiriendo importancia en la confrontación con el pelagianismo (la doctrina, condenada por la Iglesia, según la cual los seres humanos pueden dar los grandes pasos para conseguir la salvación con sus propias fuerzas, sin necesidad de la gracia divina). Al refutar la doctrina de que aunque el bautismo era necesario para conseguir la beatitud sobrenatural (el cielo) no lo era, por otra parte, para obtener la beatitud natural (la vida eterna), Agustín afirma, invocando el testimonio de la Sagrada Escritura, que el bautismo es necesario para la salvación y que la incorporación en la Iglesia que de él procede es el único camino que conduce a ella. Ni la Escritura ni la fe de la Iglesia dicen nada sobre una beatitud natural. Así pues, los niños que no han sido bautizados van al infierno, aunque sólo sufren el más leve de los castigos. Los escolásticos intentaron suavizar el rigorismo agustiniano postulando que los no bautizados van al limbo, entendido como su condición definitiva en el sentido de la beatitud natural, que es diferente al infierno (es decir, están excluidos de la visión divina, pero no sufren en sus sentidos). En tercer lugar, el Magisterio nunca ha admitido explícitamente la doctrina del limbus puerorum, aun cuando no puede atribuirse a una fábula pelagiana, según el juicio de Pío VI (1749) (DH 2626). En cuarto lugar, la cuestión del limbus puerorum carece de relevancia para el diálogo ecuménico. Y, finalmente, en la teología católica contemporánea no existe un consenso sobre la doctrina del limbo. Algunos teólogos piensan que se trata de una doctrina de fe porque aparece en la tradición católica, sobre todo en los catecismos. Sin embargo, los teólogos más contemporáneo se oponen al limbo, en primer lugar porque resulta difícil reconciliarlo con la voluntad salvífica universal de Dios, y, en segundo lugar, porque tanto la Sagrada Escritura como el magisterio medieval sólo conocen el cielo y el infierno como morada definitiva para la salvación o la condenación, tras una posible catarsis en el purgatorio (véase J. Finkenzeller, art. Limbus, en W. Beinert [ed.], Lexikon der katholischen Dogmatik, Friburgo 1987, pp. 349ss.).
¿Ha sido abrogado (abolido) el limbo por el Papa?
En lo que hemos visto anteriormente, comprobamos que ningún Papa no creó esta doctrina, por lo cual tampoco ningún Papa ha podido abolirla. Es importante que recordemos en este contexto la jerarquía de verdades. Según ésta, los dogmas individuales deben entenderse como parte de la doctrina cristiana y esta doctrina posee estructuras y acentos que dan a la fe una unidad objetiva, que, frecuentemente, es objeto de debate y que también justifica la pluralidad teológica. A fin de cuentas, todos los artículos de la fe muestran la revelación de Dios en Jesucristo por el Espíritu Santo para salvar a la humanidad. Por consiguiente, el núcleo de la fe cristiana es la doctrina del Dios Trinitario junto con la de la encarnación de Dios en Jesucristo y la que de ellas resulta, es decir, la salvación y la recreación de la humanidad. El principio de la jerarquía de verdades nos enseña que debemos realizar una distinción entre el contenido que es vinculante por su fundamentación evangélica y las tradiciones, que son legítimas pero, en general, no son vinculantes. Además, en este contexto debe resaltarse la doctrina cristiana de la voluntad salvífica universal de Dios. Con ella la Iglesia entiende que la voluntad amorosa fundamental de Dios es ofrecer la salvación a todo el mundo. En oposición a esta doctrina encontramos otras que limitan o particularizan la voluntad salvífica de Dios a una parte de la humanidad predestinada a tal efecto. En su Constitución Lumen gentium, el Concilio Vaticano II enseña que pueden salvarse quienes buscan a Dios y viven según su conciencia (n. 16).
Pregunta 139: Su página web me ha dejado profundamente impresionado, A Galileo Galilei se le ha rehabilitado. ¿Por qué no se ha hecho lo mismo con Giordano Bruno? (AL)
Respuesta: Nuestra respuesta sigue muy de cerca los pasajes pertinentes de la excelente obra del historiador de la Iglesia Arnold Angenendt titulada Toleranz und Gewalt. Das Christentum zwischen Bibel und Schwert (Münster 2007).
Las víctimas más sobresalientes de la Inquisición romana son verdaderamente Giordano Bruno (+ 1600) y Galileo Galilei (+ 1642). Los dos adquirieron una gran relevancia para la ciencia y la interpretación moderna del mundo y se convirtieron precisamente por esa razón – por ser condenados por la Inquisición – en los ejemplos de una Iglesia opuesta al progreso. Giordano Bruno, un padre dominico de Nápoles que infatigablemente viajó por Francia, Inglaterra y Alemania, sostenía una teología de un universo ilimitado e infinito y también la existencia de una pluralidad de mundos. La Inquisición lo acusó de identificar al Espíritu Santo con el alma del mundo, negar la Santísima Trinidad, la transustanciación, la virginidad de María, los milagros de Jesús, y, en particular, por afirmar la existencia de una infinitud y una pluralidad de mundos… En realidad, su concepción de la infinitud del cosmos en el tiempo y el espacio dejaba sin lugar alguno el acontecimiento cristiano de la salvación. El 17 de enero fue quemado en la plaza romana llamada Campo dei Fiori (p. 285). La mayoría de los escritores que han estudiado recientemente la historia de la Inquisición han llegado a la conclusión de que los juicios de la Inquisición romana eran menos crueles y severos en sus sentencias que los realizados por el poder secular de la época. William Monter afirma que se hacían importantes distinciones entre aquellos pecadores que hacían penitencia y los impenitentes, entre los que cometían pecado por casualidad y los que lo hacían deliberadamente, entre quienes hacían el mal conscientemente y los dementes. A diferencia de la mayoría de los tribunales pre-modernos, los inquisidores contaban menos con la tortura como medio para averiguar la verdad que con el interrogatorio, que con frecuencia realizaban con sutileza psicológica. Si bien podían aconsejar al poder secular la ejecución de una sentencia de muerte…, no obstante, en su mayor parte, sólo imponían penas de cierta duración e intensidad. A fin de cuentas, eran más partidarios de la humillación que de la fuerza.
Seguimos el resumen crítico que Arnold Angenendt hace de los casos de Galileo y de Bruno, como también el relativo a todo el problema de la Inquisición como fenómeno de la Iglesia Católica. No obstante, a fin de cuentas, estas comparaciones no deben ni pueden desviar la crítica fundamentalmente necesaria de la Inquisición ni mucho menos para presentarla mejor de lo que era. Pues precisamente en este punto, la Iglesia Católica se alejaba vergonzosamente del compromiso cristiano primitivo de renunciar a la fuerza en cuestiones religiosas. No obstante, es importante la comparación con la justicia secular. Debemos hacer justicia al mito de la Inquisición comprendiendo la totalidad del contexto histórico y, por tanto, entender lo que los historiadores revisionistas descubren con sorpresa ante los nuevos estudios que se realizan, a saber que no era tan terrible como a menudo se la ha presentado y se la sigue presentando en nuestros días. No obstante, no es esta la última palabra: ¿Cómo pudo el cristianismo, que quería ser una religión del amor y creía que la humanidad era imagen de Dios, permitir que ocurriera e incluso provocarlo? La respuesta consta de dos partes, una histórica y otra teológica. Desde el punto de vista histórico, el cristianismo logró ser fiel al menos a un aspecto del mandamiento neotestamentario que dice no será así entre vosotros (Mt 20,26), es decir, la Inquisición no fue lo que generalmente se dice sobre ella. En realidad, su sentido de la justicia era mayor y menos cruel que el de otras formas de entenderla. No querer reconocerlo es el resultado de un prejuicio histórico. Sin embargo, la respuesta teológica debe ser diferente. ¿Cómo pudo ocurrir una cosa semejante en una Iglesia que quería comprometerse con la no violencia y que se consideraba, como también en la actualidad, guiada por el Espíritu Santo y regida por el ministerio papal? La petición de perdón realizada por Juan Pablo II durante el Año Santo 2000 no llega a explicar este aspecto [sobre esta petición, véase la pregunta y la respuesta n. 41, supra, como también la Declaración del Concilio Vaticano II sobre la Libertad Religiosa]. Es verdad que el Papa afirmó que no era adecuado exonerar a la Inquisición argumentando históricamente que al compararla con otros tribunales de la época fue más moderada y más correcta en sus procedimientos. Ahora bien, ¿no debe reconciliarse también el hecho histórico de las ejecuciones ordenadas por la Inquisición con la reivindicación papal de un liderazgo universal? (A. Angenendt, Toleranz und Gewalt, pp. 293-294).
Pregunta 140: Algunos sacerdotes creen que el Incil (el Evangelio o todo el Nuevo Testamento) no es digno de confianza en su totalidad. ¿Qué opina sobre esto? (TR)
Respuesta: El apóstol Pablo escribe en la primera carta a los Tesalonicenses: como palabra de Dios, que permanece activa en vosotros, los creyentes (2,13). Y, acertadamente, afirma el Vaticano II: Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: Pues la palabra de Dios es viva y eficaz (Heb 4,12) y puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados (Hch 20,32; véase 1 Tes 2,13) (DV 21).
Al leer estas Escrituras como el corazón de la tradición viva de la comunidad de fe, encontramos la orientación para responder a numerosas cuestiones que se suscitan en nuestro tiempo: los derechos y los deberes de la persona, el valor de la vida humana desde su concepción hasta la muerte, la necesidad de proteger y conservar la creación, la búsqueda de una justicia duradera y una paz persistente para todos los seres humanos y todos los pueblos de la tierra. El evangelio nos enseña de un modo particular el valor de toda persona, el amor con que debe ser tratado todo ser humano y la confianza en Dios, cuyo firme amor dura para siempre (Sal 136). En nuestros días se malentiende la Sagrada Escritura como si socavara o asfixiara la libertad y el desarrollo humanos. Pero, en realidad, la Escritura es el camino que conduce a la verdad, el camino que nos lleva a la verdadera libertad (Jn 8,32). A menudo se piensa que está desfasada y es irrelevante. Sin embargo, contiene las palabras de vida que poseen una relevancia permanente. Son siempre nuevas y tienen el poder de cambiar y renovar a las personas (Heb 4,12). Pero, sobre todo, no nos encontramos en ella con palabras muertas, sino con el mismo Cristo, la palabra eterna del Dios vivo (Catecismo de la Iglesia Católica n. 108). En la Sagrada Escritura, Jesús, la Palabra hecha carne, sale a nuestro encuentro, pues toda ella nos habla del Cristo (ibíd. n. 134).
Pregunta 141: ¿A qué se parecerá el último día? (TR)
Respuesta: Ya hemos expuesto lo esencial de la doctrina cristiana sobre el último día en la pregunta y respuesta n. 125 (p. 14). A lo ya dicho, me gustaría añadir lo siguiente.
¿Cómo volverán los muertos a la vida?
Nuestro lenguaje y nuestro vocabulario se relacionan con este mundo y con su realidad. Carecemos de las palabras adecuadas para hablar del mundo de Dios y de la realidad de Dios. Los primeros cristianos ya experimentaron esta dificultad cuando se preguntaron: ¿Cómo resucitarán los muertos a la vida de nuevo? ¿Qué será del cuerpo que se pudre en la tumba? ¿Seguirán siendo minusválidos después de la resurrección quienes antes lo eran? ¿Llegará a convertirse en adulto en el cielo quien muere siendo un niño? ¿Qué ocurrirá a todos los que ya han muerto en la esperanza de Dios y la fe en Cristo y los que aún tengan que morir?
Para responder a estas preguntas –y a tantas otras de este tipo – no tenemos mejor respuesta que mirar a Jesús resucitado, gloriosamente transfigurado y portando al mismo tiempo las heridas de su pasión como signo del gran amor por el que nos dio su vida. La tumba vacía, las marcas de los clavos y la nueva y misteriosa epifanía del Señor resucitado nos permiten decir que los difuntos resucitarán con sus cuerpos, pero transformados porque son glorificados, como el grano de trigo que cae en la tierra se transforma mediante la muerte para poder dar fruto (cf. Jn 12,24).
En este sentido, dice el Catecismo de la Iglesia Católica: ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús (n. 997).
Teniendo en cuenta este misterio que abarca la vida y el amor y que se fundamenta en el poder de Dios todopoderoso, dice san Pablo a la comunidad de Corinto: …Lo que ningún ojo vio, ni oído oyó, ni el corazón humano concibió, lo que Dios ha preparado para aquellos que lo aman (1 Cor 2,9).
Cuando participamos en la eucaristía damos a nuestro cuerpo como alimento el cuerpo de nuestro Señor: …nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo (CatIglCat n. 1000). Quienes comen mi carne y beben mis sangre tienen vida eterna, y los resucitaré en el último día (Jn 6,54).
Como anticipo de la resurrección, el cuerpo y el alma del creyente ya tienen parte en la dignidad de pertenecer a Cristo. De ahí la exhortación a honrar nuestros cuerpos como también el de los demás, especialmente de quienes sufren (cf. CatIglCat n. 1004): El cuerpo es … para el Señor y el Señor para el cuerpo. Dios resucitó al Señor y también nos resucitará por su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿No sabéis que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo que habita en vosotros? … no os pertenecéis … Por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo (1 Cor 6,13-15.19-20).
El cristianismo y la muerte
La muerte aterra a las personas; incluso para quienes confían en Dios, la muerte significa una despedida y una separación. Todo cuanto forma la vida de una persona – posesiones y seres humanos – debe dejarse atrás. Todos sufrimos nuestra propia muerte y lo hacemos con las manos vacías.
Ningún moribundo debe avergonzarse por sentir miedo. También Jesús clamó a su Padre desde la cruz. Todos podemos clamar a Cristo cuando nos llegue nuestra hora. Como el delincuente crucificado con Jesús, todos podemos poner toda nuestra confianza en el salvador que nos responde: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43). En comunión con Jesús, todo moribundo puede estar seguro de que el Dios misericordioso transformará el temor en alegría y llenará las manos vacías. Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su resurrección (CatIglCat n. 1006).
Los cristianos creemos que nos encontraremos con Dios al morir. Se abrirán los ojos cerrados por la muerte. Nos situaremos ante Dios, cada uno con su historia, con nuestros amores y nuestros pecados; con todo cuanto de bueno o de malo hayamos hecho por amor a nuestro prójimo o en su perjuicio. Creemos que este encuentro es determinante para la vida.
Los profetas de Israel y el mismo Jesús hablan de esta experiencia llamándola juicio. Los ojos de Dios miran a la tierra. Nada puede ocultarse de su mirada, nada puede encubrirse. Él, que es infinitamente justo, sabe que somos débiles y lo tiene en cuenta. Él, que es infinitamente misericordioso, ve si reconocemos nuestras debilidades y esperamos todo de su misericordia. Entonces se emitirá la sentencia: recompensa o castigo, bienaventuranza o perdición, seno de Abrahán o fuego eterno, himnos de alabanza o llanto y rechinar de dientes (cf. Mt 8,12), baile en el banquete de bodas o llamada en vano a las puertas cerradas (Mt 25,1-13). Son imágenes realmente duras que nos impactan, pero se dirigen a quienes estamos en camino para que nos convirtamos, cambiemos nuestra vida y nos fortalezcamos en el amor de Cristo: en la fe, la esperanza y el amor.
Pues la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, sino se transforma, y al abandonar nuestro cuerpo mortal sabemos que nos aguarda una morada eterna en el cielo (Prefacio de la Misa exequial).
La muerte marca el final de la vida terrenal y el comienzo de la vida eterna. El alma se separa del cuerpo corruptible. Se encuentra con Dios en un juicio particular. El último día, cuando Jesús vuelva de nuevo en gloria, todos los muertos resucitarán, sus almas se reunirán con sus cuerpos, los justos con un cuerpo transfigurado y glorificado, y los condenados con un cuerpo lleno de dolor y angustia.
Con respecto al juicio debe distinguirse el particular (el juicio del individuo) y el final. El particular se realiza inmediatamente después de morir. En este se decide la entrada en la beatitud celestial o la condenación inmediata y eterna. El juicio depende del esfuerzo de cada persona por realizar la voluntad de Dios y creer en Jesucristo. Este juicio es definitivo. El juicio final (el de las naciones) viene después y está relacionado con el último día en que vendrá Cristo de nuevo para revelar plenamente el reino de Dios, es decir, su propio reino. En este día resucitarán todos los muertos. En presencia de todas las naciones, que se congregarán ante Cristo, toda persona será juzgada con su alma y su cuerpo (cf. Mt 25,32).
La sentencia será acorde con las opciones libres que cada persona haya tomado durante su vida. Todo el que se ha separado consciente y libremente de Dios, no tendrá lugar entre los elegidos; su suerte será la de los malditos condenados al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,41), es decir, el infierno. Quienes reconocen a Dios y a su Hijo Jesucristo, pero no se encuentran totalmente preparados o no son dignos de encontrarse con Dios en el momento de su muerte, necesitan un tiempo de purificación, de espera, de maduración. A este tiempo de espera le llamamos purgatorio. En él aguardan con la esperanza de entrar en plena comunión con Dios. Las oraciones de los fieles les ayudan. A los elegidos, es decir, a quienes dejaron que el amor de Cristo les empapara totalmente mientras vivían en la tierra y dejaron que su amor los convirtiera, Cristo les dice: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo (Mt 25,34). Verán a Dios tal cual es y serán como él (cf. 1 Jn 3,2); vivirán eternamente en comunión con Él. Esto es el cielo. (Este texto, salvo algunos ligeros cambios, procede de la obra Ich glaube. Kleiner Katholischer Katechismus, Aid to the Church in Need, Königstein im Taunus 2004, pp. 107-110).
Pregunta 142: ¿Qué significado tiene la familia en el cristianismo? (TR)
Respuesta: Por regla general, el niño nace en el seno de una familia. Los primeros rostros que ve son los de su madre y su padre. Rodeado por el amor y el gozo de los padres el niño madura en su ser como un ser humano. De sus padres aprender a caminar erectamente. Sabe que puede contar con su amor. Quien no tiene esta experiencia es frecuente que, posteriormente, tenga problemas para confiar en los demás así como para creer en el amor y en ser amado. Sólo amando a los demás llega la persona a ser todo cuanto es para Dios, que es el mismo amor y que creó a toda persona a su imagen como varón y mujer. (Gn 1,27). Cuando un hombre y una mujer se conocen y se enamoran, ya no quieren seguir viviendo el uno sin el otro. Mediante el compromiso inician un tiempo especial de preparación para el matrimonio, verdadera escuela para aprender a vivir y a ser castos, un tiempo de gracia en el que la pareja profundiza en sus planes matrimoniales y los deberes que conlleva la vida matrimonial. Con el sacramento del matrimonio la pareja da, libre y recíprocamente, su consentimiento a una fidelidad que dura toda la vida. El matrimonio se realiza, en efecto, mediante este consentimiento. El amor humano de la pareja se transforma entonces internamente por el amor de Dios de modo que se intercambian recíprocamente el amor divino y se santifican mutuamente (cf. CatIglCat nn. 1639-1642). Sin embargo, puesto que este amor no es solamente el amor de dos personas sino que también incluye el amor de Dios, la pareja profesa públicamente su voto ante toda la comunidad eclesial (representada por los testigos) y ante el sacerdote o el diácono. Este representa a la Iglesia y sella el matrimonio bendiciendo a la pareja. Mediante la bendición, la pareja recibe el Espíritu Santo como comunión de amor entre Cristo y su Iglesia (cf. CatIglCat n.1624).
El mismo Jesús creció en el seno de una familia que estaba caracterizada singularmente por la santidad de María y José. Se revela a sus discípulos al comienzo de su vida pública realizando su primer milagro en una celebración nupcial (Jn 2,1-11): La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo (CatIglCat n. 1613). Este es un gran misterio, y yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia (Ef 5,32). El vínculo es sellado por la consagración recíproca de cada cónyuge: se convierten en un cuerpo y un alma y, de este modo, encuentran su plenitud y su felicidad.
Por su naturaleza, el amor conyugal trasciende la unidad física y se abre a la fecundidad. La nueva vida puede proceder a partir del vínculo conyugal. El hombre y la mujer se convierten en padre y madre. Su vida se expande. Cada hijo es un don de Dios, pero también es un compromiso. De ahí la importancia de que los esposos tengan claro ante Dios y su conciencia el número de hijos que van a tener y las posibilidades de criarlos. Asimismo, todo niño tiene derecho a nacer en una familia fundada en el matrimonio. No se permite la anticoncepción artificial. Sin embargo, sí pueden usarse los métodos naturales de planificación familiar.
La unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo de la fecundidad priva la vida conyugal de su "don más excelente", el hijo (CatIglCat n. 1664).
El matrimonio constituye un vínculo de por vida. En este sentido, dijo Jesús: Lo que Dios ha unido, que nadie lo separe (Mc 10,9). Para muchos suenan duras estas palabras porque no existe garantía de que una relación tenga éxito, por errores que se cometen, porque mengue el amor ante la enfermedad o las duras circunstancias de la vida. Puede suceder que dos personas que se amaban dejen de sentir simpatía recíproca, no puedan hablar entre ellos e incluso lleguen a separarse. En efecto, el sacramento del matrimonio no debe ser solamente un recuerdo de los tiempos felices, pues, en verdad, es una fuente siempre accesible de gracia que nunca se seca y que perdura hasta el final de la vida. A partir de él, la pareja puede renovar su amor recíproco, encontrar la fuerza para el perdón, hallar la ayuda en tiempos de tribulación y descubrir la alegría de la fidelidad.
No obstante, hay matrimonios que fracasan y los cristianos, acertadamente, creen que incluso en estos casos no se les exige renunciar al amor de Dios o a la Iglesia de Cristo. Sin embargo, no pueden volver a casarse (cf. CatIglCat nn. 1649-1651).
Sin embargo, existe la posibilidad de verificar mediante el proceso de anulación si el matrimonio fue contraído según el sentir y el pensar de la Iglesia.
La fórmula matrimonial es la siguiente: Yo, N., te quiero a ti, N., como mi esposo/a y me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Pregunta 143: ¿Cómo entienden los cristianos la justicia, los derechos humanos y la libertad? ¿Los quiere el cristianismo para toda la humanidad, es decir, incluyen también a quienes no son cristianos? (TR)
Respuesta: En el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, la Iglesia ha formulado los principios inmutables que constituyen los puntos nucleares intrínsecos de su doctrina. El principio de la dignidad de la persona es el fundamento de cualquier otro principio y contenido de la doctrina social. Los principios de la doctrina social forman en su conjunto toda primera formulación de la verdad con respecto a la sociedad que invoca e invita a toda y cada conciencia a actuar libremente y en responsabilidad conjunta con los demás y para los demás. Estos principios poseen una profunda relevancia moral pues remiten al fundamento último de la vida social: el principio del bien común, el principio del destino universal de los bienes (que incluye la opción preferencial por los pobres) como también los principios de subsidiaridad, participación y solidaridad.
Además de estos principios, que deben constituir el fundamento de una sociedad que respete la dignidad humana, la doctrina social de la Iglesia también remite a unos valores básicos. Todos los valores sociales se relacionan con la dignidad de la persona y exigen su auténtico desarrollo. Esencialmente, se tratan de la verdad, la libertad, la justicia y el amor. El respeto a la autonomía de las realidades terrenales impide a la Iglesia reservarse toda competencia específicamente técnica y secular. Sin embargo, ello no le impide intervenir y clarificar hasta qué punto estos valores se ven confirmados o maltratados en las diversas decisiones que toman los seres humanos (cf. n. 198). En relación con la verdad, el Compedio dice lo siguiente: Los hombres tienen una especial obligación de tender continuamente hacia la verdad, respetarla y atestiguarla responsablemente. Vivir en la verdad tiene un importante significado en las relaciones sociales: la convivencia de los seres humanos dentro de una comunidad, en efecto, es ordenada, fecunda y conforme a su dignidad de personas, cuando se funda en la verdad. Las personas y los grupos sociales cuanto más se esfuerzan por resolver los problemas sociales según la verdad, tanto más se alejan del arbitrio y se adecúan a las exigencias objetivas de la moralidad… (n. 198).
Con respecto a la libertad dice: La libertad es, en el hombre, signo eminente de la imagen divina y, como consecuencia, signo de la sublime dignidad de cada persona humana: « La libertad se ejercita en las relaciones entre los seres humanos. Toda persona humana, creada a imagen de Dios, tiene el derecho natural de ser reconocida como un ser libre y responsable. Todo hombre debe prestar a cada cual el respeto al que éste tiene derecho. El derecho al ejercicio de la libertad es una exigencia inseparable de la dignidad de la persona humana ». No se debe restringir el significado de la libertad, considerándola desde una perspectiva puramente individualista y reduciéndola a un ejercicio arbitrario e incontrolado de la propia autonomía personal: « Lejos de perfeccionarse en una total autarquía del yo y en la ausencia de relaciones, la libertad existe verdaderamente sólo cuando los lazos recíprocos, regulados por la verdad y la justicia, unen a las personas ». La comprensión de la libertad se vuelve profunda y amplia cuando ésta es tutelada, también a nivel social, en la totalidad de sus dimensiones (n. 199).
El valor de la libertad, como expresión de la singularidad de cada persona humana, es respetado cuando a cada miembro de la sociedad le es permitido realizar su propia vocación personal; es decir, puede buscar la verdad y profesar las propias ideas religiosas, culturales y políticas; expresar sus propias opiniones; decidir su propio estado de vida y, dentro de lo posible, el propio trabajo; asumir iniciativas de carácter económico, social y político. Todo ello debe realizarse en el marco de un « sólido contexto jurídico », dentro de los límites del bien común y del orden público y, en todos los casos, bajo el signo de la responsabilidad. La libertad, por otra parte, debe ejercerse también como capacidad de rechazar lo que es moralmente negativo, cualquiera que sea la forma en que se presente, como capacidad de desapego efectivo de todo lo que puede obstaculizar el crecimiento personal, familiar y social. La plenitud de la libertad consiste en la capacidad de disponer de sí mismo con vistas al auténtico bien, en el horizonte del bien común universal (n. 200).
Sobre la justicia leemos: La justicia es un valor que acompaña al ejercicio de la correspondiente virtud moral cardinal. Según su formulación más clásica, « consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido ». Desde el punto de vista subjetivo, la justicia se traduce en la actitud determinada por la voluntad de reconocer al otro como persona, mientras que desde el punto de vista objetivo, constituye el criterio determinante de la moralidad en el ámbito intersubjetivo y social. El Magisterio social invoca el respeto de las formas clásicas de la justicia: la conmutativa, la distributiva y la legal. Un relieve cada vez mayor ha adquirido en el Magisterio la justicia social, que representa un verdadero y propio desarrollo de la justicia general, reguladora de las relaciones sociales según el criterio de la observancia de la ley. La justicia social es una exigencia vinculada con la cuestión social, que hoy se manifiesta con una dimensión mundial; concierne a los aspectos sociales, políticos y económicos y, sobre todo, a la dimensión estructural de los problemas y las soluciones correspondientes (n. 201)
Con respecto al amor se nos dice lo siguiente: Los valores de la verdad, de la justicia y de la libertad, nacen y se desarrollan de la fuente interior de la caridad: la convivencia humana resulta ordenada, fecunda en el bien y apropiada a la dignidad del hombre, cuando se funda en la verdad; cuando se realiza según la justicia, es decir, en el efectivo respeto de los derechos y en el leal cumplimiento de los respectivos deberes; cuando es realizada en la libertad que corresponde a la dignidad de los hombres, impulsados por su misma naturaleza racional a asumir la responsabilidad de sus propias acciones; cuando es vivificada por el amor, que hace sentir como propias las necesidades y las exigencias de los demás e intensifica cada vez más la comunión en los valores espirituales y la solicitud por las necesidades materiales. Estos valores constituyen los pilares que dan solidez y consistencia al edificio del vivir y del actuar: son valores que determinan la cualidad de toda acción e institución social. La caridad presupone y trasciende la justicia: esta última « ha de complementarse con la caridad ». Si la justicia es « de por sí apta para servir de árbitro entre los hombres en la recíproca repartición de los bienes objetivos según una medida adecuada, el amor en cambio, y solamente el amor (también ese amor benigno que llamamos misericordia), es capaz de restituir el hombre a sí mismo » (nn. 205-206).
Ninguna legislación, ningún sistema de reglas o de estipulaciones lograrán persuadir a hombres y pueblos a vivir en la unidad, en la fraternidad y en la paz; ningún argumento podrá superar el apelo de la caridad. Sólo la caridad, en su calidad de « forma virtutum », puede animar y plasmar la actuación social para edificar la paz, en el contexto de un mundo cada vez más complejo. Para que todo esto suceda es necesario que se muestre la caridad no sólo como inspiradora de la acción individual, sino también como fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos. En esta perspectiva la caridad se convierte en caridad social y política: la caridad social nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, consideradas no sólo individualmente, sino también en la dimensión social que las une. La caridad social y política no se agota en las relaciones entre las personas, sino que se despliega en la red en la que estas relaciones se insertan, que es precisamente la comunidad social y política, e interviene sobre ésta, procurando el bien posible para la comunidad en su conjunto. En muchos aspectos, el prójimo que tenemos que amar se presenta « en sociedad », de modo que amarlo realmente, socorrer su necesidad o su indigencia, puede significar algo distinto del bien que se le puede desear en el plano puramente individual: amarlo en el plano social significa, según las situaciones, servirse de las mediaciones sociales para mejorar su vida, o bien eliminar los factores sociales que causan su indigencia. La obra de misericordia con la que se responde aquí y ahora a una necesidad real y urgente del prójimo es, indudablemente, un acto de caridad; pero es un acto de caridad igualmente indispensable el esfuerzo dirigido a organizar y estructurar la sociedad de modo que el prójimo no tenga que padecer la miseria, sobre todo cuando ésta se convierte en la situación en que se debaten un inmenso número de personas y hasta de pueblos enteros, situación que asume, hoy, las proporciones de una verdadera y propia cuestión social mundial (nn. 207-208).
Sobre el valor de los derechos humanos dice lo siguiente: El movimiento hacia la identificación y la proclamación de los derechos del hombre es uno de los esfuerzos más relevantes para responder eficazmente a las exigencias imprescindibles de la dignidad humana. La Iglesia ve en estos derechos la extraordinaria ocasión que nuestro tiempo ofrece para que, mediante su consolidación, la dignidad humana sea reconocida más eficazmente y promovida universalmente como característica impresa por Dios Creador en su criatura. El Magisterio de la Iglesia no ha dejado de evaluar positivamente la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, proclamada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, que Juan Pablo II ha definido « una piedra miliar en el camino del progreso moral de la humanidad » (n. 152).
La fuente última de los derechos humanos no se encuentra en la mera voluntad de los seres humanos, en la realidad del Estado o en los poderes públicos, sino en el hombre mismo y en Dios su Creador. Estos derechos son « universales e inviolables y no pueden renunciarse por ningún concepto ». Universales, porque están presentes en todos los seres humanos, sin excepción alguna de tiempo, de lugar o de sujeto. Inviolables, en cuanto « inherentes a la persona humana y a su dignidad » y porque « sería vano proclamar los derechos, si al mismo tiempo no se realizase todo esfuerzo para que sea debidamente asegurado su respeto por parte de todos, en todas partes y con referencia a quien sea ». Inalienables, porque « nadie puede privar legítimamente de estos derechos a uno sólo de sus semejantes, sea quien sea, porque sería ir contra su propia naturaleza » (n. 153).
Pregunta 144: ¿Qué opina sobre el diálogo interreligioso? (TR)
Respuesta: El diálogo interreligioso consiste en un encuentro entre personas de diferentes religiones en un ambiente de libertad y apertura. Es un intento de escuchar a los demás y comprender su religión con la esperanza de encontrar una posible cooperación. El diálogo se sustenta en la esperanza de que la otra parte comparte esta misma solicitud y responde recíprocamente. Después de todo, el auténtico diálogo no es un camino de una sola dirección, sino que es recíproco y exige, sobre todo, apertura y escucha como también una contribución activa ( Francis Arinze, Meeting Other Believers, 1998, p. 10).
El escuchar es de capital importancia para todo diálogo. También es lo más difícil. Sólo puede realizarse si valoro al otro, si respeto sus convicciones religiosas, sus oraciones, su modo de vida y deseo comprenderlos en profundidad, y cuando estoy convencido de vale la pena el tiempo que ello requiere. La mejor técnica para crear confianza consiste, a menudo, simplemente, en la buena disposición para escuchar, en intentar comprender al otro y en preguntar cuando no entendemos algo con claridad. Intentar comprender al otro mediante el diálogo es un desafío mayor que la mera comprensión de un texto, porque el que está frente a mí es un ser vivo, una realidad que permite que se desarrolle un proceso animado e impredecible de preguntas y respuestas. Este diálogo formado de preguntas y respuestas hace posible que cada parte pregunte críticamente a la otra e intente presentar sus convicciones y su fe de forma más clara.
El Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso distingue en un importante documento los siguientes métodos y niveles de diálogo: - El diálogo de la vida - El diálogo de la acción - El diálogo teológico - El diálogo espiritual
Aunque el diálogo como parte de la misión de la Iglesia, éste no la exime del mandato de proclamar el evangelio a todos los pueblos. La actitud de profundo respeto a las religiones no cristianas es el prerrequisito fundamental para que la comunicación se construya sobre la confianza. Desde que promulgara solemnemente en el Vaticano II que no rechaza nada que sea verdadero y sagrado en las religiones, la Iglesia no sólo rubricó su apertura al diálogo, sino, también, una apertura creyente a experimentar lo trascendente como base común del diálogo, que precede toda reflexión teológica sobre la fe y sus expresiones. Los dos momentos – diálogo y misión – son indispensables; están mutuamente relacionados y moldean la misión de la Iglesia en nuestro mundo.
Pregunta 145: En el Evangelio Jesús dice que el Espíritu Santo procede del Padre, tal como afirman los ortodoxos. Los católicos dicen algo más con respecto a este asunto. ¿Quién lo sabe mejor, Jesús o el Papa? (TR)
Respuesta: Véase la pregunta y respuesta n. 26 (en particular, los últimos tres párrafos) al comienzo de la p. 2, donde abordamos esta cuestión.
Pregunta 146: ¿Qué son las congregaciones católicas? ¿Cuál es la más importante? (TR)
Respuesta: Desde los comienzos del cristianismo ha habido creyentes que querían vivir el evangelio tan intensamente como les fuera posible y consagrarse totalmente a Dios. Esta actitud dio origen a las congregaciones religiosas. Una congregación católica es una comunidad religiosa, cuyas reglas se han estudiado minuciosamente y han sido aprobadas por la Iglesia. Está formada por hombres (monjes, padres, hermanos) o mujeres (monjas, hermanas) que se comprometen con los consejos evangélicos ante el legítimo superior de la congregación como forma de seguir radicalmente a Cristo. Los consejos evangélicos son: la pobreza, es decir, la renuncia a la propiedad personal (comunidad de bienes), el celibato, es decir, la renuncia al matrimonio y a la procreación (castidad), y la obediencia al superior. En latín reciben el nombre de religiosi; de ahí, el término español religioso/a. La Iglesia postconciliar prefiere el término vida consagrada (vita consacrata) y, en este sentido, habla de los institutos de vida consagrada o, simplemente, institutos religiosos. Con este término se unifican todas las formas de vida religiosa que son auténticamente diversas (monasterios, órdenes mendicantes, congregaciones, institutos seculares y eremitas). La afirmación fundamental que hace el Vaticano II en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (LG 43-47) es la siguiente: la vida religiosa es vida consagrada. La consagración a Dios se realiza mediante la profesión pública de los votos, cuyo contenido son los consejos evangélicos anteriormente mencionados, y la vida en un instituto legítimamente reconocido.
Esta consagración es consecuencia de una vocación especial. Así pues, la consagración es un acto de Dios y la respuesta a la llamada recibida es un acto humano. El objetivo es conseguir el amor perfecto. El origen y el elemento vertebrador de la espiritualidad de toda orden religiosa es la búsqueda de Dios en una comunión espiritual marcada por el ascetismo, la lectura de la Sagrada Escritura y su exégesis, como también por la alabanza comunitaria a Dios. La comunidad se orienta espiritualmente mediante los Evangelios, el ejemplo de la comunidad fundadora y los escritos emanados de la misma comunidad (reglas, cartas, tratados, etc.). La espiritualidad de cada orden está fuertemente modelada por la personalidad del fundador y por el momento adecuado/oportuno (en griego kairós) en que fue fundada.
Presentamos a continuación las órdenes o agrupaciones de órdenes en la Iglesia Católica contemporánea: Órdenes Contemplativas Benedictinos, Cistercienses, Agustinos, Trapenses, Cartujos y órdenes hospitalarias. Órdenes Mendicantes Dominicos, Franciscanos, Carmelitas, Eremitas de San Agustín. Congregaciones de clérigos Jesuitas, Hermanos Cristianos de La Salle, Pasionistas, Redentoristas. Comunidades sacerdotales sin votos solemnes Lazaristas, Sulpicianos, Padres Blancos, Palotinos, Sociedad de la Palabra Divina. Institutos seculares Muchas de las órdenes religiosas mencionadas tienen sus órdenes o congregaciones femeninas, por ejemplo, las Benedictinas, las Trapenses, las Dominicas, las Franciscanas, las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, etc.
En el año 2000 un 0,12 % de los miembros de la Iglesia Católica, es decir, casi un millón de fieles, pertenecían a los diversos institutos de vida consagrada. De estos un 75% pertenecían a órdenes femeninas. Presentamos a continuación un ejemplo de la formulación de un voto solemne: Yo, la Hermana N., bendigo a Dios Todopoderoso ante todas las hermanas y hermanos congregados hoy aquí, para vivir perpetuamente en castidad, obediencia y pobreza, según la Regla de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul en Hindelsheim… Me pongo al servicio de esta orden religiosa para realizar sus obras apostólicas de caridad en nombre de Dios y de la Iglesia con todo mi corazón. Santísima Trinidad y un solo Dios, acepta mis votos y dame fuerzas para desear amarte cada vez más plenamente.
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