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Pregunta 167: ¿Irán al infierno todos los que no son cristianos? (TR)
Respuesta: Ya hemos estudiado esta cuestión anteriormente en la respuesta a la pregunta n. 17 (Preguntas & Respuestas 1). Para completar lo ya dicho citaré el n. 16 de la Constitución Dogmática Lumen gentium:
Por fin, los que todavía no recibieron el Evangelio, están ordenados al Pueblo de Dios por varias razones. En primer lugar, por cierto, aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que nació Cristo según la carne (cf. Rom 9,4-5); pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres; porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables (cf. Rom 11,28-29). Pero el designio de salvación abarca también a aquellos que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que confesando profesar la fe de Abraham adoran con nosotros a un solo Dios, misericordiosos, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que les da a todos la vida, la inspiración y todas las cosas (cf. Hch 17,25-28), y el Salvador quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2,4). Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se esfuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de su voluntad, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. La divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero, que entre ellos se da, como preparación evangélica, y dado por quien ilumina a todos los hombres, para que al fin tenga la vida. Pero con demasiada frecuencia los hombres, engañados por el maligno, se hicieron necios en sus razonamientos y trocaron la verdad de Dios por la mentira sirviendo a la criatura en lugar del Criador (cf. Rom 1,24-25), o viviendo y muriendo sin Dios en este mundo están expuestos a una horrible desesperación. Por lo cual la Iglesia, recordando el mandato del Señor: «Predicad el Evangelio a toda criatura» (cf. Mc 16,16), fomenta encarecidamente las misiones para promover la gloria de Dios y la salvación de todos.
Pregunta 168: ¿Qué es el adviento? (TR)
Respuesta: El adviento (del latín adventus, llegada; en griego epifaneia), preparación para la celebración del nacimiento de Cristo, remite a la llegada del salvador en forma de siervo (encarnación) y también a su llegada en gloria al final de los tiempos (parusía). Comienza el cuarto domingo antes de Navidad. Las iglesias reformadas también lo celebran. Sin embargo, las orientales no lo conocen como período litúrgico. La Iglesia bizantina recuerda el último domingo antes de la Natividad a los antepasados de Cristo (Mt 1,1-15). La Iglesia siria denomina semanas de la proclamación a las cuatro previas a la Natividad.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos habla de la liturgia de Adviento y de su sentido espiritual en el n. 524. Dice así: Al celebrar anualmente la liturgia de Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías: participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida (cf. Ap 22,17). Celebrando la natividad y el martirio del Precursor, la Iglesia se une al deseo de éste: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30).
Pregunta 169: ¿Está el Papa Benedicto realmente interesado en el diálogo o es solamente una estrategia para evangelizar a los musulmanes? (TR)
Respuesta: Como respuesta cito un pasaje relevante del discurso pronunciado por el Papa Benedicto XVI el 10 de agosto de 2005 con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud en un encuentro con representantes de las comunidades musulmanas:
Queridos amigos, estoy profundamente convencido de que hemos de afirmar, sin ceder a las presiones negativas del entorno, los valores del respeto recíproco, de la solidaridad y de la paz. La vida de cada ser humano es sagrada, tanto para los cristianos como para los musulmanes. Tenemos un gran campo de acción en el que hemos de sentirnos unidos al servicio de los valores morales fundamentales. La dignidad de la persona y la defensa de los derechos que de tal dignidad se derivan deben ser el objetivo de todo proyecto social y de todo esfuerzo por llevarlo a cabo. Este es un mensaje confirmado de manera inconfundible por la voz suave pero clara de la conciencia. Un mensaje que se ha de escuchar y hacer escuchar: si cesara su eco en los corazones, el mundo estaría expuesto a las tinieblas de una nueva barbarie. Sólo se puede encontrar una base de entendimiento reconociendo la centralidad de la persona, superando eventuales contraposiciones culturales y neutralizando la fuerza destructora de las ideologías. […] La experiencia del pasado nos enseña que el respeto mutuo y la comprensión, por desgracia, no siempre han caracterizado las relaciones entre cristianos y musulmanes. Cuántas páginas de historia dedicadas a las batallas y las guerras emprendidas invocando, de una parte y de otra, el nombre de Dios, como si combatir al enemigo y matar al adversario pudiera agradarle. El recuerdo de estos tristes acontecimientos debería llenarnos de vergüenza, sabiendo bien cuántas atrocidades se han cometido en nombre de la religión. Las lecciones del pasado han de servirnos para evitar caer en los mismos errores. Nosotros queremos buscar las vías de la reconciliación y aprender a vivir respetando cada uno la identidad del otro. La defensa de la libertad religiosa, en este sentido, es un imperativo constante, y el respeto de las minorías una señal indiscutible de verdadera civilización.
A este propósito, siempre es oportuno recordar lo que los padres del concilio Vaticano II dijeron sobre las relaciones con los musulmanes. «La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero, como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica se refiere de buen grado (...). Si bien en el transcurso de los siglos han surgido no pocas disensiones y enemistades entre cristianos y musulmanes, el santo Sínodo exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua, defiendan y promuevan juntos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres» (Nostra aetate n. 3). Estas palabras del concilio Vaticano II son para nosotros la «carta magna» del diálogo con vosotros, queridos amigos musulmanes, y me alegra que nos hayáis hablado con el mismo espíritu y hayáis confirmado estas intenciones.
[…] Juntos, cristianos y musulmanes, hemos de afrontar los numerosos desafíos que nuestro tiempo nos plantea. No hay espacio para la apatía y el desinterés, y menos aún para la parcialidad y el sectarismo. No podemos ceder al miedo ni al pesimismo. Debemos más bien fomentar el optimismo y la esperanza. El diálogo interreligioso e intercultural entre cristianos y musulmanes no puede reducirse a una opción temporánea. En efecto, es una necesidad vital, de la cual depende en gran parte nuestro futuro. Los jóvenes, procedentes de tantas partes del mundo, están aquí, en Colonia, como testigos vivos de solidaridad, de hermandad y de amor. Os deseo de todo corazón, queridos y estimados amigos musulmanes, que el Dios misericordioso y compasivo os proteja, os bendiga y os ilumine siempre. El Dios de la paz conforte nuestros corazones, alimente nuestra esperanza y guíe nuestros pasos por los caminos del mundo.
Pregunta 170: En la 1 carta de San Juan se llama el Anticristo a una persona que no admite que Jesús es el Hijo de Dios. ¿Son los musulmanes el Anticristo? (TR)
Respuesta: Esta expresión sólo aparece en las Cartas de san Juan; con ella se refiere a los que negaban a Cristo en su tiempo (1 Jn 7; 1 Jn 2,18b-22) o al adversario que vendrá al final de los tiempos (1 Jn 2,18a; 4,3). En la segunda carta a los Tesalonicenses se nos habla de este último en los siguientes términos: Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios. ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve entre vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de la impiedad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la manifestación de su Venida. La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, signos, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades que seducirán a los que se han de condenar por no haber aceptado el amor de la verdad que les hubiera salvado.
En el contexto del juicio final el Catecismo de la Iglesia Católica habla también del Anticristo en los números 675-677: 675 Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes (cf. Lc 18,8; Mt 24,12). La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra (cf. Lc 21,12; Jn 15,19-20) desvelará el "misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne (cf. 2Ts 2,4-12; 1Ts 5,2-3; 2 Jn 7; 1 Jn 2,18.22).
676 Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo (cf. DS 3839), sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, "intrínsecamente perverso" (cf. Pío XI, carta enc. Divini Redemptoris, condenando "los errores presentados bajo un falso sentido místico" "de esta especie de falseada redención de los más humildes"; GS 20-21).
677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19,1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20,12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 Pe 3,12-13).
Pregunta 171: ¿Qué es Caritas? ¿Es una organización secreta destinada a la misión? (TR)
Respuesta: El 25 de diciembre de 2005 el Papa Benedicto XVI publicó su primera encíclica con el título, en latín, Deus caritas est (Dios es amor). En ella se trata, por tanto, el tema del amor cristiano. La primera de las dos partes principales del texto aborda el tema de la unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación, y en la segunda se denomina Caritas: La práctica del amor por la Iglesia como comunidad de amor. Respondo a la pregunta seleccionando algunos párrafos de esta segunda parte:
19 […] Toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la Palabra y los Sacramentos, empresa tantas veces heroica en su realización histórica; y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres. […]
20. El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad […]
22. Con el paso de los años y la difusión progresiva de la Iglesia, el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto como el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio […].
31. En el fondo, el aumento de organizaciones diversificadas que trabajan en favor del hombre en sus diversas necesidades, se explica por el hecho de que el imperativo del amor al prójimo ha sido grabado por el Creador en la naturaleza misma del hombre. Pero es también un efecto de la presencia del cristianismo en el mundo, que reaviva continuamente y hace eficaz este imperativo, a menudo tan empañado a lo largo de la historia. La mencionada reforma del paganismo intentada por el emperador Juliano el Apóstata, es sólo un testimonio inicial de dicha eficacia. En este sentido, la fuerza del cristianismo se extiende mucho más allá de las fronteras de la fe cristiana. Por tanto, es muy importante que la actividad caritativa de la Iglesia mantenga todo su esplendor y no se diluya en una organización asistencial genérica, convirtiéndose simplemente en una de sus variantes. Pero, ¿cuáles son los elementos que constituyen la esencia de la caridad cristiana y eclesial?
a) Según el modelo expuesto en la parábola del buen Samaritano, la caridad cristiana es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos para que se recuperen, los prisioneros visitados, etc. Las organizaciones caritativas de la Iglesia, comenzando por Cáritas (diocesana, nacional, internacional), han de hacer lo posible para poner a disposición los medios necesarios y, sobre todo, los hombres y mujeres que desempeñan estos cometidos. Por lo que se refiere al servicio que se ofrece a los que sufren, es preciso que sean competentes profesionalmente: quienes prestan ayuda han de ser formados de manera que sepan hacer lo más apropiado y de la manera más adecuada, asumiendo el compromiso de que se continúe después las atenciones necesarias. Un primer requisito fundamental es la competencia profesional, pero por sí sola no basta. En efecto, se trata de seres humanos, y los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial. Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad. Por eso, dichos agentes, además de la preparación profesional, necesitan también y sobre todo una « formación del corazón »: se les ha de guiar hacia ese encuentro con Dios en Cristo, que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad (cf. Gal 5, 6).
b) La actividad caritativa cristiana ha de ser independiente de partidos e ideologías. No es un medio para transformar el mundo de manera ideológica y no está al servicio de estrategias mundanas, sino que es la actualización aquí y ahora del amor que el hombre siempre necesita. Los tiempos modernos, sobre todo desde el siglo XIX, están dominados por una filosofía del progreso con diversas variantes, cuya forma más radical es el marxismo. Una parte de la estrategia marxista es la teoría del empobrecimiento: quien en una situación de poder injusto ayuda al hombre con iniciativas de caridad —afirma— se pone de hecho al servicio de ese sistema injusto, haciéndolo aparecer soportable, al menos hasta cierto punto. Se frena así el potencial revolucionario y, por tanto, se paraliza la insurrección hacia un mundo mejor. De aquí el rechazo y el ataque a la caridad como un sistema conservador del statu quo. En realidad, ésta es una filosofía inhumana. El hombre que vive en el presente es sacrificado al Moloc del futuro, un futuro cuya efectiva realización resulta por lo menos dudosa. La verdad es que no se puede promover la humanización del mundo renunciando, por el momento, a comportarse de manera humana. A un mundo mejor se contribuye solamente haciendo el bien ahora y en primera persona, con pasión y donde sea posible, independientemente de estrategias y programas de partido. El programa del cristiano —el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús— es un « corazón que ve ». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia. Obviamente, cuando la actividad caritativa es asumida por la Iglesia como iniciativa comunitaria, a la espontaneidad del individuo debe añadirse también la programación, la previsión, la colaboración con otras instituciones similares.
c) Además, la caridad no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera proselitismo. El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por decirlo así, dejar de lado a Dios y a Cristo. Siempre está en juego todo el hombre. Con frecuencia, la raíz más profunda del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios. Quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe de la Iglesia. Es consciente de que el amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos impulsa a amar. El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor. Sabe que Dios es amor (1 Jn 4,8) y que se hace presente justo en los momentos en que no se hace más que amar. Y, sabe —volviendo a las preguntas de antes— que el desprecio del amor es vilipendio de Dios y del hombre, es el intento de prescindir de Dios. En consecuencia, la mejor defensa de Dios y del hombre consiste precisamente en el amor. Las organizaciones caritativas de la Iglesia tienen el cometido de reforzar esta conciencia en sus propios miembros, de modo que a través de su actuación —así como por su hablar, su silencio, su ejemplo— sean testigos creíbles de Cristo.
Pregunta 172: ¿Tuvo Jesús hermanos? En una ocasión se dice en los Evangelios: tus hermanos están fuera (TR)
Respuesta: El Nuevo Testamento dice que Jesús tenía hermanos y hermanas: Mt 12,46ss.; 13,55ss.; Jn 2,12; 7,5.10, 20,17 (?); Hch 1,14; 1 Cor 9,5; Gal 1,19. Conocemos el nombre de cuatro hermanos: Santiago (el menor, Mc 15,40), José o Josés (la escritura difiere en los manuscritos), Simón u Judas (Mt 13,55; Mc 6,3). No se menciona el nombre de sus hermanas.
(I) Para responder a esta pregunta que se hace constantemente, es importante distinguir claramente entre lo probable y lo improbable. Con toda seguridad, estas personas no son hermanos y hermanas de Jesús en el sentido que damos actualmente al término, es decir, no eran hijos e hijas de María, sino miembros de la familia, como, por ejemplo, primos. En la lengua griega, que es en la que se escribieron estos textos, las palabras hermano y hermana tienen el mismo sentido que le damos en nuestros días. Sin embargo, en este caso podemos considerar los términos griegos como una traducción literal de los vocablos arameos usados por la comunidad cristiana primitiva de Palestina para referirse a unas personas emparentadas con Jesús; al parecer, eran tópicas las expresiones los hermanos del Señor o los hermanos de Jesús, cf. Hch 1,14; 1 Cor 9,5. Como podemos comprobar también en el Antiguo Testamento (Gn 13,8: Lot es hermano de Abrahán; cf. 14,14-16; 29,15), el sentido arameo (y hebreo) de la palabra difiere del nuestro en este particular. En estas lenguas también se utiliza el término hermano (en hebreo akh) para referirse a los sobrinos y a los primos pues carecen de los términos correspondientes. Por ejemplo, la expresión los hermanos se usaba para evitar descripciones como los hijos del tío y los hijos de la hermana de la madre (Lagrange). Los autores del Nuevo Testamento conocían perfectamente el amplio significado que tenía la palabra adelfós, como podemos comprobar en Jn 1,41, donde a Simón se le presenta como hermano propio de Andrés.
(II) Por tanto, es posible que la expresión los hermanos de Jesús no se refiera a sus hermanos en sentido literal, sin a otros miembros de la familia extensa. A continuación mostraremos que, efectivamente, es así como debe entenderse.
(A) Los hermanos de Jesús cuyos nombres se nos dan en Mc 6,3 (Mt 13,55) no son hijos de María, sino de otra mujer. A los primeros, Jacob y José (Josés), se les menciona de nuevo posteriormente en los Evangelios de Marcos y de Mateo en el relato de la crucifixión de Jesús, donde se nos dice que eran hijos de otra María que no es la madre de Jesús (Mt 27,56; Mc 15,40). No es del todo imposible que este dato se refiera a otras personas. Sin embargo, cuando un escritor menciona a dos hermanos por su nombre y posteriormente repite estos nombres sin comentario adicional en otro fragmento narrativo, tenemos que suponer que se refiere a los mismos. Este procedimiento explica también que los otros dos hermanos (Simón y Judas), que aparecen mucho más tarde y más distanciados de Jesús, no lo sean en el sentido que actualmente damos al término; es probable que sean primos de otra rama familiar, dado que no se mencionan en Mt 27,56 ni en Mc 15,40.
(B) Esta conclusión se ve corroborada por los mismos Evangelios, para quienes Jesús era el único hijo de María y el único también de la Sagrada Familia. Cuando Jesús fue concebido, María era virgen (Mt 1,23; Lc 1,27) y tenía la intención de mantenerse así (Lc 1,34); todos los indicios apuntan al hecho de que cuando Jesús tenía doce años seguía siendo el único hijo de María (Lc 2,41-52). En ningún pasaje se dice que los hermanos de Jesús (que aparecen por primera vez durante su ministerio público) son hijos de María y de José. En la cruz Jesús confió su madre a Juan, que era uno de sus discípulos (Jn 19,26), un hecho que sólo puede tener sentido si María no tenía otros hijos excepto Jesús.
(C) De los versículos que hemos citado en (B) también podemos deducir, con gran probabilidad, que los hermanos de Jesús no eran hijos de un matrimonio anterior de José, como, por ejemplo, creían el Protoevangelio de Santiago, Orígenes y el Ambrosiaster (Migne Latinus 17,344s.). No puede probarse con total certeza qué tipo de relación existía entre Jesús y sus hermanos. Sin embargo, este hecho no cambia la primera parte, negativa, de la prueba. Eusebio (Hist. Ecls. IV 22,4) menciona una cita de Hegesipo según la cual Simón y Judas eran hijos de Cleofás (cf. Jn 19,25). Este Cleofás es un tío de Jesús, es decir, un hermano de san José. Su madre sería, por lo tanto, María la de Cleofás, que estuvo al pie de la cruz. La madre de Jacob y José (Josés) sería la hermana de la madre de Jesús mencionada por Juan y a quien Mc 15,40 llama María, que, por consiguiente, podría no haber sido hermana carnal de la santísima virgen. Su padre sería Alfeo (Mt 10,3), pues es posible identificar a Jacob el hermano del Señor con el discípulo Santiago el de Alfeo. Ahora bien, no todos los exégetas aceptan esta reconstrucción. Para ellos, en Jn 19,25 se mencionan a cuatro mujeres. Otros prefieren identificar a Alfeo con Cleofás, considerando, por tanto, que en Jn 19,25 sólo aparecen tres mujeres. De acuerdo con esta perspectiva, los cuatro hermanos del Señor serían hermanos carnales, por lo que a los pies de la cruz sólo habría estado otra María junto a la madre de Jesús y María Magdalena. Esta otra María sería, por tanto, la esposa de Cleofás (Alfeo), madre de los cuatro hermanos del Señor y hermana de María, la madre de Jesús (ligeramente abreviado de W. Grossouw, art. Brüder Jesu, en H. Haag [ed.], Bibel – Lexikon, Einsiedeln/Zürich/Colonia 1956, pp. 262s.).
Pregunta 173: Se dice que Papá Noel (San Nicolás) nació en Antalya. ¿Se trasladó al Polo Norte tras morir? (TR)
Respuesta: El San Nicolás que recuerda la Iglesia latina el 6 de diciembre era, probablemente, el obispo de Myra en la región de Licia en la primera mitad del siglo IV. Las antiguas historias de los milagros que realizaba, que carecen de corroboración histórica, se completaron posteriormente con otros relatos de la vida del Abad de Sión, en Myra, y del obispo de Pinora (que murió el 10 de diciembre del año 564), que tenían el mismo nombre. Así pues, el legendario santo es el resultado de una amalgama de dos personajes históricos. El núcleo de la leyenda griega sobre Nicolás gira en torno a la liberación de tres caballeros inocentes que habían sido encarcelados y sentenciados a muerte, un hecho que lo convertiría en el patrón de los encarcelados o prisioneros. El legendario rescate de los marineros de una tempestad lo convirtió en patrón de los navegantes, razón por la que en 1087 se trasladaron sus reliquias desde Myra hasta Bari. Otra faceta que aparece en las antiguas leyendas es el donativo de monedas de oro que hizo en secreto a tres doncellas para que pudieran casarse. A partir de esta leyenda no sólo se incrementó la fama de San Nicolás como aquel que hacía regalos, sino que también se le representaba iconográficamente con tres bolas de oro. En muchos lugares Papá Noel ha reemplazado al obispo Nicolás como el que da los regalos.
Pregunta 174: ¿Qué quiere decir Jesús con la frase Dichosos los puros de corazón, porque verán a Dios (Mt 5,8)? (AL)
Respuesta: La pureza de corazón está en contraste con la pureza como estatus legal, que, según las prescripciones del Levítico, se realiza mediante la purificación ritual. Se trata de un punto de contienda constante entre Jesús y los fariseos. En Mt 15,10-20 encontramos qué es lo que pensaba Jesús sobre este asunto:
Luego llamó a la gente y les dijo: «Oíd y entended. No es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso es lo que contamina al hombre». Entonces se acercan los discípulos y le dicen: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oír tu palabra?». Él les respondió: «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada de raíz. Dejadlos: son ciegos y guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo». Tomando Pedro la palabra, le dijo: «Explícanos la parábola». Él dijo: «¿También vosotros estáis todavía sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y luego se echa al excusado? En cambio lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre. Porque del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, injurias. Eso es lo que contamina al hombre; que el comer sin lavarse las manos no contamina al hombre».
La pureza de corazón se manifiesta, sobre todo, en el modo como habla una persona, pues en sus palabras se manifiestan sus pensamientos y sus deseos. El fruto de la pureza de corazón es la visión de Dios, es decir, el ser admitido a la presencia del Altísimo (véase Mt 18,10). Según el vocabulario veterotestamentario, los miembros de la corte son los que ven el rostro del rey.
Pregunta 175: Los Evangelios dicen: Perdonarás a tu hermano 77 veces 7. ¿No le anima esto a seguir pecando contra mí? (TR)
Respuesta: La pregunta se refiere al siguiente fragmento del Evangelio de Mateo: Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Jesús le dice: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (18,21).
Sólo puede hablarse de auténtica conversión si el que se arrepiente de sus pecados está decidido a cambiar. Cuando una persona comete un pecado contra otra haciéndole daño, éste no puede curarse solamente mediante el arrepentimiento. El daño tiene que deshacerse y eliminarse cuanto sea posible. Si se trata de un daño económico, debe restituirse económicamente a la parte vulnerada.
El pecado también afecta siempre a la otra persona en un nivel profundo, porque el pecado daña al amor, que sólo puede restablecerse mediante obras de amor, peticiones de perdón e intentos de reconciliación. De otro modo, el daño, aun cuando uno se haya arrepentido de haberlo hecho, sigue existiendo y hacer difícil o imposible el amor.
El perdón, por otra parte, sólo puede lograr su pleno objetivo y conducir a la reconciliación cuando es precedido por el pesar y la súplica de ser perdonado (cf. Lc 17,4). Perdonar a alguien que no se arrepiente del daño cometido no produce la reconciliación, sino que, más bien, confirmaría su mala acción y provocaría que siguiera haciendo daño. No obstante, la víctima no debe esperar a que el otro le pida perdón, sino que debe mostrar que está dispuesto a perdonar.
El perdón y la reconciliación son elementos esenciales para que los seres humanos vivan conjuntamente. Sin embargo, el pecado es mucho más que una vulneración de las relaciones humanas. También afecta a Dios. Por tanto, sólo puede redimirse mediante el perdón divino y su reconciliación con la humanidad. La gente puede y debe decirse: Te perdono. Perdono tu pecado. Pero, a fin de cuentas, el perdón de los pecados sólo puede ser otorgado por Dios (véase Mc 2,7). El perdón de Dios no significa que no se tengan en cuenta las acciones realizadas, se olviden o no sean totalmente malas. Más bien, Dios redime nuestro pecado volviéndose a nosotros con su amor misericordioso a pesar de nuestras malas acciones y convirtiéndonos en seres humanos que han sido perdonados por él (Catecismo de adultos, vol. II, pp. 89s.).
Pregunta 176: ¿Cómo sabemos que Jesús nació el día 25 de diciembre si la crítica histórica muestra que ni siquiera sabemos en qué año nació? (TR)
Respuesta: No sabemos con exactitud la fecha del nacimiento de Jesús. Al comienzo nadie tenía interés en este dato. Los cristianos celebraban la Pascua y, así, conmemoraban todos los acontecimientos misteriosos representados por la vida de Jesús, especialmente para los creyentes. Fue en el siglo III cuando surgió el deseo de celebrar el nacimiento. Se trata del mismo fenómeno que podemos observar en la génesis de los Evangelios: en primer lugar interesan las obras salvíficas del Jesús adulto, el Mesías, y sólo posteriormente surge el deseo de rastrear los acontecimientos hasta su origen y considerar lo que ocurrió al comienzo.
Dado que no se conocía la fecha del nacimiento de Jesús, fue posible elegir entre las más adecuadas. Espontáneamente se eligió el momento del año en el que los días empiezan a ser más largos. Desde que podemos recordar, los días 25 de diciembre y 6 de enero han sido las fechas del nacimiento del Señor, que reemplazaron a las fiestas paganas. Pero realmente se trata de una cuestión secundaria. La razón más profunda es mucho más simple y está mucho más profundamente enraizada en la naturaleza humana. Con la llegada de la luz al mundo natural celebramos la nueva luz que nunca se apagará. Es una luz espiritual. La fe cristiana ama a la naturaleza y conecta felizmente con ella, pero no es una religión de la naturaleza. El nacimiento de Jesús es un hecho histórico y toda la historia cristiana se cuenta a partir de él. El año 1 es el año del nacimiento de Jesús, una visión maravillosa mediante la que en el siglo VI Dionisio el Exiguo reemplazó el antiguo calendario que se basaba en la fundación de Roma. Leyendo el Evangelio de Lucas, según el cual Jesús tenía aproximadamente unos 30 años cuando comenzó su ministerio público (Lc 3,23), Dionisio no tuvo en cuenta el término aproximadamente y, en consecuencia, se equivocó entre 4 y 7 años. Pero tampoco es tan extremadamente importante. Aunque Jesús naciera unos años antes, se mantiene el significado profundo de la frase Anno Domini, en el año del Señor, es decir, la convicción de que con Jesús ha comenzado un tiempo nuevo (ligeramente adaptado de la edición alemana del Catecismo holandés de 1968).
Pregunta 177: Se dice que durante la elección de un nuevo Papa los cardenales son asistidos por el Espíritu Santo. ¿Por qué, entonces, no señala el Espíritu Santo a los cardenales el mismo candidato de modo que no tengan que hacer varias votaciones? (TR)
Respuesta: El Espíritu Santo, que se dio a la comunidad cristiana en sus comienzos y que se le sigue dando en nuestro tiempo, no actúa mecánica ni automáticamente. El Espíritu desea que los creyentes lo acepten con un corazón abierto y fe profunda, y, por consiguiente, actúa dentro de cada uno, individual o comunitariamente, de forma sutil e invisible. Los dones del Espíritu (los carismas) son múltiples y no se limitan a aquellos cuya tarea consiste en gobernar la Iglesia. En cualquier caso, el Espíritu Santo impregna los dones naturales de individuos y grupos. Actúa en y a través de los creyentes y no los exime de indagar y cuestionar según su capacidad racional. El Espíritu utiliza la razón, la inteligencia y todos los dones que poseen los seres humanos. El agua, el aceite, el fuego, por ejemplo, son imágenes que expresan la íntima conexión del Espíritu con los dones naturales de las personas. Y así el Espíritu Santo también actúa en la elección de un papa, a través de los procedimientos de consulta, información y todos los medios empleados por los cardenales para encontrar al candidato idóneo. Las primitivas comunidades cristianas pronto sustituyeron el antiguo procedimiento de selección mediante el sorteo, tal como se describe en Hch 1,26, que frecuentemente se menciona en el Antiguo Testamento, por un procedimiento menos externo (cf. Hch 6,3-6; 13,2-3).
Pregunta 178: En el Evangelio de Marcos dice Juan el Bautista: Yo os he bautizado con agua, pero é los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego (Mat 3,11b). ¿Qué significa un bautismo con fuego? (TR)
Respuesta: El bautismo con el Espíritu Santo, que Juan el Bautista había anunciado (Mt 3,11b) y que Jesús había prometido en Hch 1,15 que comenzaría pronto, se inicia con la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés (Hch 2,1-4). A partir de entonces, los discípulos propagan el bautismo con agua, que mediante la fe en la obra salvífica de Jesús (cf. Rom 6,4) produce el perdón de los pecados y la mediación del Espíritu Santo (Hch 2,38), en el nombre de Jesús (Hch 2,41; 8,38 et passim). La imagen del fuego, usada por Juan para referirse al bautismo instituido por Jesús (Mt 3,11b), subraya su carácter purificador. El fuego es un medio de purificación que es menos material pero más efectivo que el agua. El Antiguo Testamento nos habla de él como símbolo de la intervención soberana de Dios y de su Espíritu que purifica el corazón y la mente (cf. Is 1,25; Zac 13,9; Mal 3,2-3; Eclo 2,5; etc.).
Pregunta 179: ¿Quién es Belcebú? ¿El jefe de los demonios? (TR)
Respuesta: Los fariseos llamaron Belcebú a la máxima autoridad de los espíritus inmundos, es decir, a los demonios que Jesús utilizaba para arrojar a los espíritus inmundos (Mc 3,22 par.; cf. Mt 10,25). Se escribe de tres formas: Beelzebul (mayoritariamente, también en documentos fuera del Nuevo Testamento), Beezebul y Beelzebub. No conocemos con certeza su etimología ni su significado.
Pregunta 180: Si los evangelios forman el Nuevo Testamento, ¿ha dejado de tener valor el Antiguo Testamento? Con otras palabras, ¿ha quedado invalidada la fe judía? (TR)
Respuesta: El evangelio significa principalmente la buena noticia, es decir, el anuncio de que en Jesús de Nazaret ha llegado el Mesías (el ungido; en griego, Christós). El término también significa la buena noticia de la llegada del reino de Dios, que Jesús proclamó y que su Iglesia sigue proclamando en su nombre. Los evangelistas son los autores de los cuatro libros del Nuevo Testamento, es decir, de los Evangelios según Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que proclaman la buena noticia de Jesús a la luz de su vida. En ocasiones se denomina buena noticia al conjunto del Nuevo Testamento.
Con respecto a la relación entre cristianos y judíos, el Concilio Vaticano II dice lo siguiente en el n. 4 de Nostra aetate:
La religión judía
4. Al investigar el misterio de la Iglesia, este Sagrado Concilio recuerda los vínculos con que el Pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham.
Pues la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios. Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abraham según la fe, están incluidos en la vocación del mismo Patriarca y que la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la tierra de esclavitud. Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia se dignó establecer la Antigua Alianza, ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles. Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en sí mismo.
La Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del Apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, "a quienes pertenecen la adopción y la gloria, la Alianza, la Ley, el culto y las promesas; y también los Patriarcas, y de quienes procede Cristo según la carne" (Rom 9,4-5), hijo de la Virgen María. Recuerda también que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío, así como muchísimos de aquellos primeros discípulos que anunciaron al mundo el Evangelio de Cristo.
Como afirma la Sagrada Escritura, Jerusalén no conoció el tiempo de su visita, gran parte de los judíos no aceptaron el Evangelio e incluso no pocos se opusieron a su difusión. No obstante, según el Apóstol, los judíos son todavía muy amados de Dios a causa de sus padres, porque Dios no se arrepiente de sus dones y de su vocación. La Iglesia, juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y "le servirán como un solo hombre" (Sof 3,9).
Como es, por consiguiente, tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue sobre todo por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno.
Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios.
Además, la Iglesia, que reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patrimonio común con los judíos, e impulsada no por razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos.
Por los demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia, abrazó voluntariamente y movido por inmensa caridad, su pasión y muerte, por los pecados de todos los hombres, para que todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su predicación el anunciar la cruz de Cristo como signo del amor universal de Dios y como fuente de toda gracia.
La fraternidad universal excluye toda discriminación
5. No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. La relación del hombre para con Dios Padre y con los demás hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritura: "el que no ama, no ha conocido a Dios" (1 Jn 4,8).
Así se elimina el fundamento de toda teoría o práctica que introduce discriminación entre los hombres y entre los pueblos, en lo que toca a la dignidad humana y a los derechos que de ella dimanan.
La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto, el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que, "observando en medio de las naciones una conducta ejemplar", si es posible, en cuanto de ellos depende, tengan paz con todos los hombres, para que sean verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos.
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