|
Pregunta 21: Afirmáis que toda persona nace con el pecado original. Asumamos por ahora que es cierto. Con Jesús se produjo la reparación de los pecados de todos o bien pagó el precio del rescate por los pecados de todos. Pero, ¿dónde aparece aquí la responsabilidad del individuo? Es más, si Jesús ha pagado por los pecados de todos con su muerte y resurrección, ¿por qué siguen naciendo los niños con el pecado original? ¿Qué función tiene entonces Jesús [en cuanto redentor]? (TR)
Respuesta: Léase con atención el capítulo 3, III y IV.
Al interpretar la historia a la luz de la fe en Dios, la posición fundamental de la Biblia es la siguiente: Dios no quería que el mundo existiera y no lo creó del modo como actualmente lo encontramos. Quería y quiere la vida, no la muerte; detesta la injusticia, la violencia y la mentira. No quiere que la gente sufra, sino que sea feliz en comunión con él. Para subrayar la voluntad y el plan original de Dios, la Biblia nos narra la Historia del Paraíso (Gn 2,8.15-17). El objetivo de este relato, como enseñanza sobre los orígenes de la humanidad, no es de carácter paleontológico, sino afirmar una realidad desde el punto de vista de la fe, y, por consiguiente, se trata de una declaración teológica: Dios creó a la humanidad no sólo buena, sino muy buena; además, permitió a la humanidad que compartiera su vida.
El testimonio sobre el paraíso y los orígenes del hombre no es importante en sí mismo. Simplemente presenta el trasfondo para que podamos comprender la situación actual de la humanidad como un estado de distanciamiento y alienación que Dios no quiso ni creó. Así pues, ¿de dónde procede el mal? El pecado entró en el mundo por un hombre y la muerte entró por el pecado (Rom 5,12). Tal es la sucinta conclusión del apóstol Pablo, que sintetiza lo que gráficamente se nos cuenta en la historia de la caída del ser humano en las primeras páginas de la Biblia (véase Gn 3,1-24).
La Biblia no sólo cuenta esta una historia de la caída del estado de gracia. Esta historia es el inicio de una avalancha de otras historias de pecado en las que se hace manifiesta su dimensión social. (Léase, por ejemplo, la historia del asesinato de Abel por Caín y el consiguiente círculo vicioso de culpa y venganza [Gn 4]. De igual modo, la historia del caos que estalla en el diluvio [Gn 6] y la de la torre de Babel [Gn 11]). En el Nuevo Testamento, Pablo retoma las historias de pecado del libro del Génesis. En el texto citado anteriormente, pone a Adán en relación con el segundo, el nuevo Adán, Jesucristo (véase Rom 5,12.14.15.17).
Estos textos van más allá del testimonio que encontramos en el Antiguo Testamento. Sólo mediante Jesucristo se nos ha esclarecido la universalidad y la radicalidad del pecado, que nos revela nuestra verdadera situación con respecto a la salvación y también con respecto a la destrucción. Sólo ahora se descubre la universalidad del poder del pecado que rige a la humanidad como poder de muerte. Sin embargo, la percepción de la universalidad del pecado es solamente el lado negativo de la moneda de la universalidad de la salvación acontecida en Jesucristo. Puesto que sabemos que en Jesucristo todos somos salvados, podemos afirmar que la destrucción está fuera de Jesucristo. El testimonio del pecado no posee un significado independiente. Ejemplifica la universalidad y la plenitud de la salvación que Jesucristo ha traído. La situación problemática y desesperanzada de la humanidad se ve cubierta por la esperanza mayor y la certeza de la salvación que se nos concede en Jesucristo.
Un primer problema que la generación actual encuentra para entender correctamente esta lección es que son muchos los científicos que sostienen que en el comienzo de la historia no hubo solamente una pareja (monogenismo), sino que la vida humana se originó en diversos lugares simultáneamente a lo largo de un proceso de evolución (poligenismo o, incluso, polifiletismo). Sin embargo, el significado de lo que la Iglesia enseña se conserva cuando se mantiene que la humanidad, que constituye una sola entidad, se opuso al ofrecimiento de la salvación de Dios al comienzo y que el desastre resultante es una realidad universal de la que nadie puede liberarse por sus propios esfuerzos. Si mantenemos esta convicción de fe, entonces la cuestión del monogenismo o poligenismo es puramente de carácter científico, que debe resolverse por los especialistas con los pertinentes métodos científicos. Pero, debe quedar claro que no es una cuestión de fe.
Un segundo problema se encuentra en el modo de aproximarse a la comprensión de la doctrina del pecado original. Son muchos los que piensan que el término pecado original es una contradicción, puesto que se define como el estado de pecado que caracteriza a todos los seres humanos como consecuencia de la caída de Adán. Con otras palabras, es un pecado hereditario. Sin embargo, el término herencia parece suponer algo que nosotros no hemos logrado por nosotros mismos, sino que lo hemos conseguido a partir de nuestros antepasados. Ahora bien, el pecado es un acto personal del que cada uno es responsable. Nos encontramos, así, ante un dilema: o bien hemos asumido el pecado como una herencia, en cuyo caso no es un pecado, o se trata de un pecado, en cuyo caso el término original no pinta nada.
Los problemas se resuelven cuando renunciamos a la visión individualista de la humanidad que subyace en esta objeción y nos centramos en su solidaridad: nadie comienza desde el principio, nadie parte de un punto cero. Todos, en su yo más profundo, nos configuramos mediante nuestra historia personal, la historia de nuestra familia, la vida de los demás, la cultura e incluso la humanidad en su totalidad. De este modo, todos nos encontramos en una situación que está determinada por el pecado. Venimos a la vida en una sociedad que está dominada por el egoísmo, los prejuicios, la injusticia y la falsedad. Todo esto no sólo nos influye externamente, sino que determina nuestra realidad. Nadie vive solamente para sí mismo; todo cuanto somos, lo somos conjuntamente con los demás. Así pues, la pecaminosidad universal está en todos nosotros, la poseemos cada uno de nosotros. Existe, por tanto, una red de enredos recíprocos y una solidaridad universal en el pecado de la que no puede liberarse nadie. En particular, esto puede aplicarse también a los niños. Personalmente, no son culpables; sin embargo, su vida se desarrolla participando de la vida de los adultos, especialmente de sus padres. Por tanto, se hallan más interrelacionados en la historia de los adultos que los mismos adultos.
Según la doctrina católica, el pecado original existe en la calamitosa situación en que se encuentran las personas y la humanidad (cf. Rom 7,15.17-19.22-24). Esta doctrina tiene numerosas consecuencias en la práctica. Afirma que todo el mundo es pecador. Si decimos que no hemos pecado, lo convertimos en un mentiroso y su palabra no está en nosotros (1 Jn 1,10). Destruye también la ilusión que nos hacemos de nosotros mismos y nos conduce a dejar de soslayar nuestro pecado, a trivializarlo y a buscar siempre un chivo expiatorio en los demás, en el ambiente, en nuestra herencia común o en nuestra disposición. Sin embargo, esta doctrina del pecado original también nos enseña que debemos tener cuidado a la hora de hacer responsable a alguien de un pecado personal, a no apresurarnos a determinar el pecado y a juzgar a los demás. En definitiva, sólo Dios conoce el corazón de cada ser humano. Pero no quiere juzgar; sólo desea perdonar. Sólo conociendo este perdón es posible confesar el pecado. Por esta razón, afirmamos, una vez más, que por numerosos que sean los triunfos de la universalidad del pecado, éstos se ven oscurecidos por la luz de la fe, la universalidad de la salvación, que fue proclamada a lo largo de toda la historia del Antiguo Testamento y que finalmente se realizó en Jesucristo. La función más importante de la doctrina del pecado original consiste en remitir al perdón y al amor sanador de Dios que se nos ofrecen en Jesucristo.
La escandalosa muerte de Jesús en la cruz fue, desde el punto de vista judío, un castigo de Dios, una maldición (véase Gal 3,13). Los romanos la consideraban un deshonor y causa, como no pocos testigos afirman, de burla y desprecio. En 1 Cor 1,22-23 escribe Pablo: Pues los judíos piden signos y los griegos sabiduría, pero nosotros proclamamos a Cristo crucificado, un escándalo para los judíos y para los griegos una necedad.
Ciertamente, para los primeros cristianos fue realmente difícil entender adecuadamente este escándalo de la cruz. Sin embargo, al recordar las propias palabras de Jesús en la última cena y a la luz de la resurrección, llegaron a darse totalmente cuenta de que la impactante muerte de Jesús fue provocada en el nivel histórico por la falta de fe de la gente y su violencia, pero que tras este nivel se encontraba la voluntad de Dios, el plan salvífico de Dios, es decir, el amor de Dios. Los primeros cristianos reconocieron un deber divino (véase Mc 8,31; Lc 24,7.26.44) en el sufrimiento y la muerte de Jesús que ya estaba prefigurado en el Antiguo Testamento. En efecto, ya se decía en las tradiciones más antiguas del Antiguo Testamento que ya existían en la comunidad de Pablo, cuando éste se convirtió, que Jesucristo había muerto por nosotros según las Escrituras (véase 1 Cor 15,3). A la luz del cuarto cántico del Siervo sufriente del libro de Isaías (véase Is 52,13-53,12), Pablo llega a reconocer en la muerte de Jesús el inconmensurable amor de Dios, que no se conservó ni siquiera a su propio hijo, sino que, al contrario, lo entregó por nosotros (véase Rom 8,32.39; Jn 3,16), para reconciliar al mundo consigo mismo mediante Jesucristo (véase 2 Cor 5,18-19): La cruz es la expresión definitiva del amor total de Dios que se vacía de sí mismo. De este modo, se nos revela la naturaleza de Dios y el sentido del verdadero amor.
He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera. Así como se asombraron de él muchos -pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana-, otro tanto se admirarán muchas naciones; ante él cerrarán los reyes la boca, pues lo que nunca se les contó verán, y lo que nunca oyeron reconocerán. ¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahvé ¿a quién se le reveló? Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciado, marginado, hombre doliente y enfermizo, como de taparse el rostro por no verle. Despreciable, un Don Nadie. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahvé descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca. Mas plugo a Yahvé quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahvé se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos, y las culpas de ellos él soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes (Isaías 52,13-53,12).
La sumisión de Jesús a Dios es la respuesta que da como propia sumisión obediente (este es el significado original de la palabra islam como sustantivo verbal) a la voluntad del padre por nosotros. Esta interpretación de la muerte de Jesús como sumisión de su vida por los demás, nos conduce a la esencia más profunda del testimonio neotestamentario.
La idea de representación se arraiga en una realidad humana fundamental, a saber, la solidaridad de todo el pueblo. La Biblia asume este tema y, de un modo novedoso, lo convierte en la ley fundamental de toda la historia de la salvación. Adán actúa como representante de toda la humanidad y suscita la solidaridad de todos en el pecado, a Abrahán se le dice que será una bendición para todas las generaciones (véase Gn 12,3) e Israel es la luz de todos los pueblos (véase Is 42,6). La Sagrada Escritura concreta esta idea en la imagen del sufrimiento vicario, que ya apreciamos en el cuarto cántico del Siervo sufriente (véase Is 53,4-5.12).
La idea de representación, que tan medular es en la Biblia, es particularmente idónea para clarificar nuestra fe en cómo la muerte de Jesús puede significar la salvación para nosotros. La consecuencia de la solidaridad humana en el pecado desembocó en la solidaridad de nuestro común destino: la muerte. Tal panorama demuestra, sobre todo, la situación irredenta y desesperanzada de la humanidad. Pero una vez que Jesucristo, la plenitud de la vida, expresa la solidaridad con nosotros en la muerte, convierte su muerte en el fundamento de una nueva solidaridad. Su muerte se convierte en la fuente de la vida nueva para todos lo que estábamos bajo el destino de la muerte.
Entender la muerte de Jesús como sufrimiento y muerte por nosotros constituye la quintaesencia del mismo Jesús. Así se evidencia en la antiquísima palabra (no comprendo qué entiendes tú por palabra antigua) que encontramos en Mc 10,45.
Otro de los conceptos que hoy día resulta difícil entender es la noción bíblica de sacrificio, concretamente, que la muerte de Jesús fue un sacrificio. Si queremos entender el sentido profundo de la noción de sacrificio, entonces debemos clarificar que el concepto no depende de los rituales exteriores. Las ofrendas sacrificiales que se hacían tenían su significado solamente como expresión del sacrificio personal; esta interioridad debe expresarse libre y materialmente. Con Jesús, el sacrificio personal de sí mismo se une plenamente con la ofrenda sacrificial; él es al mismo tiempo ofrenda y sacerdote. Así, su sacrificio fue el sacrificio perfecto, la plena realización de todos los demás sacrificios que eran mera sombra de este único sacrificio hecho de una vez por todas (Heb 9,11-28). Por esta razón, la carta a los Hebreos puede decir que este sacrificio no es algo exterior, sino el sacrificio que de sí mismo hace Jesús en obediencia al Padre (véase Heb 10,5-10). Mediante este sacrificio total por nosotros, la humanidad, que estaba distanciada de Dios, de nuevo se reconcilia plenamente con él. Mediante su único sacrificio, Jesús se convierte en el mediador entre la humanidad y Dios (véase 1 Tim 2,5). Con esta idea están asociadas las imágenes de la redención, la exoneración y la liberación.
Todas estas numerosas imágenes y afirmaciones tratan, en principio, del mismo tema. Quieren proclamar, de formas siempre nuevas, el amor salvífico y comprometido de Dios que Jesús nos consiguió de una vez por todas mediante su obediencia y su sacrificio para poner paz entre Dios y la humanidad como también entre los miembros de la comunidad humana. En este sentido dice la carta a los Efesios: Él es nuestra paz (2,14). En él, toda la alienación que habían provocado los pecados entre Dios y toda la humanidad, en la misma humanidad y en cada ser humano, es, una vez más, sanada y reconciliada. Por consiguiente, la cruz del profeta y del mesías no violento Jesús de Nazaret es, en definitiva, un signo del triunfo de Dios sobre todos los poderes y fuerzas hostiles a la humanidad. Es el signo de la esperanza.
A nadie se le puede redimir en contra de su voluntad. La salvación que el amor infinito de Dios ofrece mediante su Hijo en el Espíritu Santo, quiere ser aceptada con libertad. El don libremente aceptado del amor redentor y sanador de Dios, es decir, de Dios, del mismo Espíritu Santo, pone en movimiento todo un proceso de sanación de por vida. Por el poder del Espíritu Santo, es decir, por la misericordia de Dios, y por la realización de obras buenas, una persona puede crecer espiritualmente. Sin embargo, la gracia puede perderse por el pecado, pero mediante la conversión sincera puede nuevamente lograrse. Así, la vida cristiana es una lucha contra la tentación de olvidar de nuevo a Dios, de desobedecer su voluntad. En este sentido, la vida cristiana es una constante vuelta hacia a Dios, un constante retorno a él. Esto siempre exige renovación y profundización. Sin embargo, aun cuando hayamos hecho todo, seguimos siendo unos pobres siervos (véase Lc 17,10).
Dios quiere que todo el mundo se salve y llegue al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4). No quiere que el pecador muera, sino que se convierta y viva (véase Ez 33,11; 2 Pe 3,9). El Concilio Vaticano II subrayó la universalidad de la voluntad salvífica de Dios; así leemos en la Constitución Lumen Gentium:
En efecto, los que sin culpa suya no conocen el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Dios en su Providencia tampoco niega la ayuda necesaria a los que, sin culpa, todavía no han llegado a conocer claramente a Dios pero se esfuerzan con su gracia en vivir con honradez. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que hay en ellos, como una preparación al evangelio y como un don de Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener finalmente vida (n. 16).
La elección de la vocación por cada persona, y también su donación, confirma también, lógicamente, que Dios acepta y toma en serio a cada uno. Esta es la razón por la que quiere que cada ser humano responda y acepte su ofrecimiento con total libertad. Sí, en efecto, con su amor, Dios hace que la realización de su voluntad salvífica dependa de nuestra libertad. Lo que significa que también podemos malograr la salvación por nuestro pecado.
Pregunta 22: Si la naturaleza de Dios es trinitaria, entonces las características (o los rasgos distintivos) de la humanidad, creada a imagen de Dios, deben parecerse a la Trinidad divina. ¿Cuáles son estas características (o rasgos distintivos)? Con otras palabras. ¿Qué es lo hace que la humanidad se asemeje a Dios? (TR)
Respuesta: Es evidente que la concepción cristiana del ser humano, en particular del individuo, está muy influida por la revelación trinitaria de Dios. Sabemos desde hace mucho tiempo que la comprensión que una persona tiene de sí misma está íntimamente vinculada a la fe religiosa y a la visión de Dios que de ella resulta. En efecto, una persona se descubre en un rodeo realizado a través de su propia experiencia y conocimiento de la divinidad. El teólogo Emil Brunner escribe: Para toda cultura, para todo período de la historia valen las (siguientes) palabras: Dime quién es tu Dios y te diré el estado de tu humanidad.
La imagen de Dios y la imagen del hombre se reflejan recíprocamente. El pensamiento cristiano descubrió muy pronto que ser persona a imagen de la Trinidad no está única ni principalmente determinado por un substantivo yo soy o yo soy en mí mismo, sino, más bien, por una relacionalidad, como en el caso de Dios, de unos con otros. Llegamos a ser personas, en el sentido pleno del término, mediante el reconocimiento recíproco, existiendo con los demás y para los demás. El otro es, por consiguiente, una parte importante de mi ser personal. En efecto, a partir de Dios Trinidad vemos que el ser dentro de uno mismo y el ser para sí mismo no son contradictorios y que estas ideas no se encuentran en relación inversa entre sí. Podríamos decir que cuánto más soy yo, menos dependo de los demás y menos tengo que contar con ellos, y que cuánto más dependo de los demás, menos soy yo. Pero no es así. Fijándonos en Dios Trinidad ambas direcciones son directamente proporcionales: quienes están en Dios están en sí mismos porque son plenamente uno con el otro y mediante el otro, y, así, se constituye la inseparabilidad de una divinidad. A partir de ella puede entenderse que la relación, el estar en relación con los demás, es la forma más elevada de unidad. Todos anhelamos esta forma de unidad, no el ser uno con todo el mundo, sino una unidad que se realiza en una red de relaciones y en la conectividad mediante las relaciones recíprocas, como también en las diferencias.
Pregunta 23: En todo el Antiguo Testamento se dice que Dios estaba solo, que ninguna persona, absolutamente nadie estaba a su lado. El término Trinidad es usado por primera vez por Tertuliano (Padre de la Iglesia africano, ca. 160-225) en el año 200 d.C. ¿Puede señalar algún pasaje del Antiguo Testamento que contenga o haga solamente una referencia al termino Trinidad? (TR)
Respuesta: ¿Cómo se revela Dios como realidad trinitaria, como comunidad de amor, en la fe del Antiguo Testamento? Léase una vez más el capítulo 5, III, de nuestro libro.
Los judíos, los creyentes del Antiguo Testamento, que esperaban a Dios, ya lo conocían. Jesús también creció y se formó en la fe del pueblo judío. Al elegirlo, Dios hizo que el pueblo judío – y así todo judío obediente – tomara consciencia de esta vocación, a saber, que había asumido la responsabilidad de su existencia mediante la alianza. Desde antiguo, Dios habló a sus antepasados de muchas y variadas formas a través de los profetas (Heb 1,1). Dios permanecía ante el pueblo como un ser viviente, que desafiaba a su pueblo a dialogar. Sin embargo, el alcance de este diálogo, el esfuerzo que Dios estaba dispuesto a hacer y la respuesta que el pueblo tenía que darle, eran cuestiones que el Antiguo Testamento no estaba preparado para responder. Se mantenía una distancia entre Dios y sus siervos más fieles. Dios es un Dios misericordioso y clemente (Ex 34,6), tiene la pasión de un novio y la ternura de un padre (cf. Os 11 y Jr 2,1-9). Sin embargo, ¿qué misterios ocultaba Dios tras estas imágenes que respondían al deseo más profundo del creyente y que eran su sostén pero cuya realidad seguía aún velada?
Este misterio se reveló en Jesucristo. Como consecuencia de su aparición en la historia acontece el juicio, se produce una división de corazones. Los que se opusieron a creer en Jesús podían perfectamente decir sobre su Padre: Es nuestro Dios, pero el hecho era que apenas lo conocían, y, por ello, lo que comentaban era, por así decirlo, una mentira (Jn 8,54ss.; véase 8,19). A los que creen en Jesús, sin embargo, se les deja de ocultar el misterio, o, para decirlo mejor, se les invita al mismo misterio, al misterio impenetrable de Dios; se sienten cómodos en él y el Hijo es quien los introduce en él: Os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre (Jn 15,15). Desaparecen las imágenes, desaparecen los misterios. Jesús habla abiertamente de su padre (Jn 16,25). Ya no hay más preguntas que hacerle (Jn 16,23), la incertidumbre ha desaparecido (Jn 14,1), pues los discípulos han visto al Padre (Jn 14,7).
Dios es amor: este es el misterio (1 Jn 4,8.16) que conseguimos solamente mediante Jesucristo y lo conseguimos al reconocer que Jesús es el Hijo de Dios y conocer y creer en el amor que Dios nos tiene (1 Jn 4,16).
A partir de una lectura atenta del Nuevo Testamento percibimos que el Dios de Jesucristo, es decir, el Dios que Jesús encuentra en los escritos del Antiguo Testamento, es su padre. Jesús se dirige a él con la familiaridad y espontaneidad de un hijo, llamándole Abba. Pero también es su Dios, porque el Padre, que posee la divinidad sin recibirla de nadie, se la concede totalmente al Hijo, a quien engendró desde la eternidad, al igual que al Espíritu Santo, con quien ambos están unidos. De este modo, Jesús revela la identidad del padre y de Dios, el misterio divino y el misterio trinitario. San Pablo repite tres veces la frase hecha que expresa esta revelación: el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (Rom 15,6; 2 Cor 11,31; Ef 1,3). Cristo nos revela la trinidad divina mediante el único camino que podemos – si es posible decirlo – percibir, es decir, el camino que Dios predeterminó para nosotros al crearnos a su imagen, a saber, mediante una relación como la que se tiene con un hijo.
Sin embargo, puesto que el Hijo es la imagen ideal, a los ojos de su Padre, de la creatura ante Dios, Jesús revela en Dios la imagen ideal de un Dios que reconoce la verdadera sabiduría y que se ha revelado a Israel. El Dios de Jesucristo posee aquellos rasgos que Dios reveló de sí mismo en el Antiguo Testamento con una abundancia y simplicidad que jamás la humanidad se hubiera atrevido a imaginar. Dios es para Jesús el primero y el último de un modo que nunca lo es para nosotros, pues es aquel de donde Cristo procede y aquel a quien retorna. Es el que lo explica todo y de donde surge todo, aquel cuya voluntad debe obedecerse siempre en cualquier circunstancia y el que siempre se basta a sí mismo. Es el único santo, el único que es bueno. El único Señor. Es el único con respecto al que nada más importa. Sin embargo, Jesús se sacrifica para mostrar la majestuosidad y sublimidad del padre, con otras palabras, para que el mundo sepa que yo amo al Padre (Jn 14,31). Todo atisbo de creación contrarresta el poder de Satanás y elimina el horror del sufrimiento, de la muerte, sí, de la muerte del que fue injustamente condenado a morir crucificado. El padre es el Dios vivo que constantemente cuida de su creación y ama totalmente a sus hijos. El celo consume a Jesús hasta que entrega el reino a su padre (Lc 12,50).
El encuentro entre el Padre y el Hijo se consuma en el Espíritu Santo. En el Espíritu Santo, Jesús oye que el padre le dice tú eres mi hijo y recibe su beneplácito (Mc 1,10). En el Espíritu santo, deja que su alegría por ser el Hijo llegue hasta el padre (Lc 10,21ss.). Así como Jesucristo sólo puede unirse al Padre mediante el Espíritu Santo, de igual modo no puede revelar al padre sin revelar al mismo tiempo al Espíritu Santo. Cuando el padre y el hijo son uno en el espíritu, entonces se donan, se hacen don. Sin embargo, esto significa que su unicidad es un don y hace nacer un don. Ahora bien, si el espíritu, que es un don, sella la unidad entre el padre y el hijo, entonces quiere decir que son un don en su ser, que su común esencia existe para darse el uno al otro, para existir en el otro y amar al otro. Este poder de vida, comunicación y libertad es el Espíritu Santo.
Pregunta 24: ¿Puede señalar en el Nuevo Testamento un pasaje donde se nos cuente que se hiciera un bautismo en el nombre de la Trinidad? Todos los bautismos se realizaban en el nombre de Jesús el Mesías (el Cristo) (TR)
Respuesta: El bautismo purifica, santifica y justifica ante Dios. Hace que aquel que recibe a Dios mediante el nombre del Señor Jesucristo y el Espíritu Santo, agrade a Dios y sea justo ante él (en términos teológicos, es justificado ante Dios). El bautizado se ha convertido, por tanto, en un miembro de Cristo y templo del Espíritu Santo (véase 1 Cor 6,12-20, en particular vv. 15 y 19). El bautizado se ha convertido en un hijo adoptivo del padre (Gal 4,5-7), en hermano y coheredero con Cristo en su profunda unión con él (Rom 8,2.9.17; Gal 3,28). El bautismo en el nombre de Jesús (Hch 10,48; 19,5) es realmente bautismo en la medida en que significa ser miembro de, o, mejor dicho, pertenecer a Cristo, y, por tanto, también se diferencia del bautismo de Juan. Esto no significa que la formulación exacta de un bautismo anterior se repitiera aquí en un contexto en el que solamente se mencionaría a Cristo. Al contrario, la tradición apostólica creía que las palabras trinitarias (es decir, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo), usadas en la liturgia bautismal desde el comienzo, se correspondían exactamente con el mandato ritual de Jesucristo, tal como se encuentra en Mt 28,19.
Pregunta 25: ¿Puede perder la salvación alguien que haya llegado a creer en Jesucristo? (TR)
Respuesta: La fe en Jesucristo como el hijo de Dios, el salvador y el sanador de la humanidad, es, al mismo tiempo, un don de la generosidad de Dios y, por parte de la persona, la consecuencia del don libremente aceptado unido a la conversión y el retorno a Dios. Dios respeta el libre albedrío y exige una total responsabilidad personal. Por tanto, ni nos fuerza a aceptar la fe ni tampoco la concede automáticamente. La fe verdadera se da y se acepta libremente.
Lo que hemos dicho responde ya a la pregunta. Una persona puede abandonar o incluso rechazar la fe, incluso después de haberla aceptado libremente. Todo el que, por propia voluntad, abandona o incluso deja conscientemente la fe en Jesucristo como el Hijo de Dios, al hacerlo también rechaza el don de la salvación que le fue ofrecido y que al principio aceptó libremente. Esta persona opta por distanciarse de Dios o llega incluso a desafiarle. El infierno significa encerrarse en sí mismo fuera del amor de Dios para siempre, y, por consiguiente, situarse en el desastre total del distanciamiento de Dios e incluso enemistándose con él.
Ni en la Sagrada Escritura ni en el Magisterio de la Iglesia se dice categóricamente que alguien en concreto estuviera verdaderamente en el infierno. Más bien, el infierno se mantiene ahí enfrente como una posibilidad real, junto con el ofrecimiento de la conversión y de la vida.
Pregunta 26: Quiero hacer una pregunta sobre el Espíritu Santo. Según parece, la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica Romana lo entienden de forma diferente. La Iglesia Católica Romana afirma que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. La Iglesia Ortodoxa sostiene que sólo procede del Padre. Esta doctrina jugó un papel importante en las controversias sobre la verdadera doctrina que tuvieron lugar en el año 1054 d.C. La Iglesia Ortodoxa dijo que el evangelio apoyaba su punto de vista: Cuando llegue el abogado, a quien os enviaré desde el Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, dará testimonio de mí (Jn 15,26). ¿Cómo explicaría esta frase del Evangelio de Juan? (TR)
Respuesta: En su origen, en la tradición bíblica, el espíritu significa viento, aire, tormenta, y también aliento como signo de la vida. Así pues, el espíritu de Dios es la tormenta y el aliento vital, es lo que crea, apoya y sostiene todo. Es, sobre todo, lo que interviene en la historia y crea de nuevo. En el Antiguo Testamento, el Espíritu Santo actuó sobre todo mediante los profetas. En el credo reconocemos que habló por los profetas. El Antiguo Testamento espera que al final de los tiempos el Espíritu Santo producirá la gran renovación mediante su efusión sobre todos (véase Jl 3,1-2).
El Nuevo Testamento profetiza esta renovación del final de los tiempos con la llegada de Jesucristo. Su aparición e impacto se vieron acompañados desde el principio por el poder del Espíritu Santo: en su bautismo por Juan (Mc 1,10), en su anunciación (Lc 4,18), en su lucha contra los demonios (Mt 4,1; 12,28), en su sacrificio en la cruz (Heb 9,14) y en su resurrección (Rom 1,4; 8,11). El nombre Cristo (que es la traducción griega del sustantivo hebreo Mesías) era originalmente un título. Jesús es el Mesías, es decir, el ungido por el Espíritu. Ahora bien, Jesucristo no es un portador del Espíritu como los profetas. Jesús posee el Espíritu de Dios con una abundancia inconmensurable. En cuanto resucitado, es la fuente del Espíritu divino, que concede como don divino a los apóstoles, enviándolo a su Iglesia en Pentecostés (véase Hch 2,32-33).
La misión del Espíritu Santo es recordar todo cuanto Jesús dijo e hizo. De este modo se nos conduce a la verdad plena (véase Jn 14,26; 16,13-14). En él, Jesús permanece presente en la Iglesia y en el mundo (véase 2 Cor 3,17). Por esta razón, se le llama al Espíritu Santo el Espíritu de Jesucristo (véase Rom 8,9; Flp 1,19) y el Espíritu del Hijo (véase Gal 4,6). También se le denomina el Espíritu de fe (véase 2 Cor 4,13). Mediante el Espíritu podemos reconocer a Jesucristo como el Señor (1 Cor 12,3) y podemos orar diciendo Abba, Padre (véase Rom 8,15; Gal 4,6). El Espíritu Santo es el don de la vida nueva. El Padre y el Hijo lo envían a nosotros. Al darnos su Espíritu es Dios mismo quien se nos da. Mediante el don del Espíritu entramos en comunión con Dios, nos hacemos parte de su vida, llegamos a ser hijos de Dios (véase Rom 8,14; Gal 4,6). Esto es realmente posible porque el Espíritu no es un don creado, sino un don divino en el que Dios se comparte con nosotros.
El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado (Rom 5,5).
Sin embargo, el Espíritu de Dios no es solamente un don, sino que también es donador. No es sólo una fuerza con la que podemos ser instrumentos de cambio, sino que es un instrumento de cambio en sí mismo. No es algo, sino alguien: es persona. Dispensa sus dones como quiere (véase 1 Cor 12,11); enseña y recuerda (véase Jn 14,26); habla y ora (véase Rom 8,26-27); se le puede causar dolor y tristeza (véase Ef 4,30).
Esta cuestión ya produjo conflictos anteriormente, sobre todo en el siglo IV. Algunos creían que el Espíritu Santo era solamente un siervo subordinado al hijo, como un ángel. Otros apoyaban a los tres grandes padres de la Iglesia: Basilio Magno (ca. 330-379), Gregorio Nacianceno (329-389) y Gregorio de Nisa (ca. 330-395). Estos padres sostenían lo siguiente: si el Espíritu Santo no es un ser divino como en Padre y el Hijo, entonces no puede hacer que entremos en comunión con él ni participar de su vida. Con esta perspectiva, la Iglesia pudo reconocer en el Segundo Concilio Ecuménico, el Concilio de Constantinopla (381), que el Espíritu Santo es Señor, es decir, que tiene una naturaleza divina, que no sólo es el don, sino el dador de vida, y que, junto con el padre y el hijo, merece ser adorado y glorificado. Esta convicción de fe se expresó en el credo niceno:
Creemos en el Espíritu Santo, el Señor, el dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, y con el Padre y el Hijo recibe adoración y gloria.
La expresión y del Hijo, el famoso filioque (y del Hijo, en latín), no aparecía incluida en el credo original de Constantinopla. Apareció como expresión doctrinal en España, entre los siglos V-VII, pero sólo se incluyó en la profesión de fe católica romana en el siglo XI. Esta expresión adicional marca una diferencia con la Iglesia Ortodoxa hasta nuestros días. La Ortodoxia usa la frase del Padre mediante el Hijo. Quieren subrayar con mayor claridad que todo tiene su origen y fuente exclusivamente en Dios el Padre. La Iglesia Católica Romana y las otras Iglesias occidentales quieren subrayar más intensamente que el hijo es de la misma naturaleza que el Padre y que, por tanto, es igual a él. En este punto convergen tanto oriente como occidente. Sin embargo, usan términos teológicos y formas de pensar diferentes. Así, la Iglesia Católica Roma está convencida de la legítima unidad en la diversidad, pero no en la discrepancia que conduce a la división de las Iglesias.
Esta profesión de fe, que conecta el oriente y el occidente, quiere afirmar que el Espíritu Santo no es cualquier don de Dios, sino el don Dios en persona, puesto que la vida y su misterio encuentran su plenitud participando en la vida y el misterio de Dios. Sin embargo, el Espíritu Santo no es solamente el don de Dios, sino también el dador divino de este don, el dador de vida. Así como el padre es el origen y la causa del Hijo, y todo cuanto es lo da al Hijo, así también el Padre y el Hijo, es decir, el Padre mediante el Hijo, transmiten su propia plenitud de vida y ser divinos y conjuntamente originan al Espíritu Santo. Así como el Espíritu es pura recepción del Padre y del Hijo, así el Espíritu es para nosotros la fuente efervescente, el dador de vida. Es la energía evocadora y creativa de la vida nueva y la metamorfosis de la humanidad y del mundo en el final de los tiempos.
El famoso himno latino Veni Creator Spiritus, que data del siglo IX, expresa bellísimamente qué significa esta vida que nos da el Espíritu Santo:
Espíritu creador, con cuya ayuda Los cimientos del mundo se pusieron al principio, Ven, visita toda mente piadosa; Ven, derrama tus alegrías sobre el género humano; Del pecado y de la aflicción libéranos, Y haz tus templos dignos de ti.
Oh fuente de luz increada, Paráclito prometido del Padre, Fuente tres veces santa, fuego tres veces santo, Nuestros corazones con amor celestial inspira; Ven y tu sacra unción trae Para santificarnos mientras cantamos.
Plenitud de gracia, desciende de lo alto, Enriquece con tu séptuple energía; Tú, fuerza de su mano poderosa, Cuyo poder cielos y tierra manda, Diligente Espíritu, defensa nuestra, Que dispensas el don de lenguas, Y coronas tu don con elocuencia.
Pule y purifica nuestras partes terrenales, Pero, oh, inflama y enciende nuestros corazones, A nuestras fragilidades ayuda, nuestros vicios contrólalos; Somete los sentidos al alma, Y, cuando los rebeldes se multipliquen, Impón tu mano y domínalos.
Arroja de nuestras mentes al enemigo infernal, Y la paz, el fruto del amor, concede; Y, para que nuestros pies no se extravíen, Protégenos y guíanos en el camino; Haznos eternas verdades recibir Y practicar todo cuanto creemos Danos a ti mismo, que podamos ver Al Padre y al Hijo por ti.
Inmortal honor, fama infinita, Se de al nombre del Padre Todopoderoso: El Hijo salvador sea glorificado, Que por la redención del hombre perdido murió; Y la misma adoración se dé, Eterno Paráclito, a ti.
Ningún concilio, catecismo o teología pueden expresar más bellamente que en estas líneas lo que entendemos cuando decimos Creemos en el Espíritu Santo, el Señor, el dador de vida.
|