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Pregunta 41: ¿Por qué los cruzados asesinaron a millares de inocentes? ?¿Qué amor de Dios y tolerancia se manifiestan así? (TR)
Respuesta: Me gustaría comenzar con una breve descripción de las cruzadas en un sentido restringido, es decir, las que se realizaron en Tierra Santa, basándome en la obra de Ludwig Hagemann (Was glauben Christen?Die Grundaussagen einer Weltreligion, Herder Taschenbub nr. 1729, Friburgo 1991, pp. 126s.). Cuando los turcos conquistaron Jerusalén en el año 1071 d.C., los peregrinos que regresaban informaban sobre el acoso y los obstáculos que sufrían por parte los nuevos gobernantes. Estas noticias no quedarían sin respuesta. Cuando César Alexio I (1081-118) pidió ayuda al Papa Urbano II (1088-1099) por la amenaza que se cernía sobre Constantinopla, la llamada que hizo para socorrer a los cristianos del oriente y liberar Tierra Santa de la ocupación musulmana en el Sínodo de Clermont el 17 de noviembre de 1995, encendió un movimiento de masas que unió a los pueblos de occidente durante dos siglos traspasando todas las fronteras nacionales.
Deus lo volt, Dios lo quiere, era el eslogan de la conquista. El mismo papa se puso al frente de la cruzada.
El objetivo original nunca se logró. Al contrario, todos los intentos por volver a establecer el dominio cristiano en Tierra Santa tuvieron éxito por un breve período de tiempo, pero terminaron fracasando. La motivación que subyacía en el movimiento, que originalmente había sido puramente religioso, llegó a oscurecerse por el deseo de guerra y aventura, el ansia de sangre y el clamor por saquear el territorio y conseguir el poder. La relación entre cristianos y musulmanes se puso altamente tensa y se organizó una nueva avalancha de los pueblos islámicos contra los cristianos. La Iglesia oriental sufrió más amargura que antes. Los esfuerzos por lograr la unión seguían sin obtener ningún éxito y el abismo entre la Iglesia occidental y la oriental se vio agrandado por la creación, aunque por poco tiempo, del Imperio Latino en Constantinopla (1204-1261).
En 2004 se organizó en la catedral y el museo diocesano de Mainz una excelente y bien documentada exposición con el título Ninguna guerra es santa. Las cruzadas, que suscitó un gran interés. En la presentación de esta exposición se afirma lo siguiente:
La historia de las cruzadas se ha descrito frecuentemente de forma idealizada y ha sido explotada por el Estado y la Iglesia por intereses políticos y religiosos. En el siglo XIX, con su romántica admiración por los caballeros y la caballería, se vieron las acciones de los cruzados como expresión de bravura, galantería y nobleza, así como de temor de Dios. Este modo de pensar aparece representado en los frescos de la catedral de Speyer en los que se muestra al gran predicador de las cruzadas Bernardo de Claraval, ilustrando claramente la representación acrítica y romantizada de un importante acontecimiento histórico. Estas representaciones de la historia tienen poco que ver con la realidad de los hechos.
Las cruzadas fueron sangrientas y crueles guerras de conquista que causaron desagracia y sufrimiento.
Pero aquellos que desde el año 1095 tomaron la cruz, actuaron de acuerdo con los valores de su tiempo, que actualmente nos resultan difícil de comprender. Los cruzados pensaban que la liberación de Tierra Santa de las manos de los infieles era una guerra justa que Dios mismo había autorizado a través de la autoridad del Papa. Las consecuencias de esta piadosa creencia fueron inmensas. En cualquier caso, la idea de las cruzadas, la mezcla de motivaciones de muchos que participaron en ellas y los modos en que se plasmaron históricamente, están contaminados por el error y el pecado. Las cruzadas no sólo provocaron cientos de miles de muertos, sino que también, y sobre todo, provocaron la profunda separación entre el mundo oriental musulmán y el mundo occidental cristiano, cuyas huellas podemos seguir apreciando en nuestros días.
La Iglesia Católica jugó un papel importante en todo esto, y, por esta razón, el Papa Juan Pablo II habló claramente sobre ello el día 5 de mayo de 2001 en Atenas. Pidió perdón por los pecados que los hijos e hijas de la Iglesia Católica habían cometido contra los cristianos ortodoxos. Específicamente, se refirió a la conquista de Constantinopla por los cruzados en 1204. Era la primera visita que un pontífice romano hacía a Grecia desde hacía más de mil años.
El día 6 de mayo de 2001, el Santo Padre visitó la Mezquita de los Omeyas en Damasco. Expresó allí su esperanza de que los líderes religiosos y los eruditos musulmanes y cristianos representarán a nuestras dos grandes comunidades religiosas como comunidades que dialogan respetuosamente entre sí y nunca jamás como comunidades en conflicto. Era la primera vez en la historia que un pontífice romano había pisado una mezquita.
Este reconocimiento público y la petición de perdón por las injusticias de las cruzadas, que eran, en parte, un fallo de la Iglesia, daría el necesario impulso para mejorar la relación entre las tres comunidades religiosas monoteístas: los cristianos, los judíos y los musulmanes (cita del Prólogo del catálogo de la exposición mencionada anteriormente).
El Papa Juan Pablo II declaró el primer domingo de cuaresma del año jubilar 2000 (12 de marzo) el Día del perdón. En el año 2000 los cristianos celebramos el 2000 aniversario del nacimiento de Jesús de Nazaret y el comienzo del tercer milenio. En la homilía de aquel domingo, el Papa dijo lo siguiente:
Ante Cristo, que, por amor, cargó sobre sí nuestras culpas, somos invitados a realizar un profundo examen de conciencia. Uno de los elementos característicos del Gran Jubileo es aquel que describí como la purificación de la memoria (Bula Incarnationis mysterium, n. 11). Como sucesor de Pedro, pedía que en este año de misericordia, la Iglesia, fortalecida por la santidad que recibe de su Señor, se arrodillara ante Dios e implorara el perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos e hijas (ibíd.). Me pareció que este primer domingo de cuaresma sería la ocasión adecuada para que la Iglesia, congregada espiritualmente en torno al sucesor de Pedro, implorara el perdón por los pecados de todos los creyentes. ¡Perdonemos y pidamos el perdón!
¡Perdonemos y pidamos perdón! Al tiempo que alabamos a Dios, que, con su amor misericordioso, ha producido en la Iglesia una maravillosa cosecha de santidad, celo misionero y consagración total a Cristo y al prójimo, no podemos dejar de reconocer las infidelidades al evangelio cometidas por algunos de nuestros hermanos, especialmente durante el segundo milenio. Pidamos perdón por las divisiones que se han producido entre los cristianos, por la violencia que algunos han usado en el servicio de la verdad y por las actitudes recelosas y hostiles que en ocasiones se ha tenido hacia los seguidores de otras religiones.
Aún más, confesemos nuestras responsabilidades como cristianos por los males de nuestro tiempo. Debemos preguntarnos por nuestra responsabilidad en el ateísmo, la indiferencia religiosa, el secularismo, el relativismo éticos, las violaciones del derecho a la vida y el desprecio hacia los pobres en muchos países. Pedimos humildemente perdón por la responsabilidad que cada uno hemos tenido en estos males por nuestras acciones, colaborando de este modo a desfigurar el rostro de la Iglesia.
Al mismo tiempo que confesamos nuestros pecados, perdonemos los pecados que otros han cometido contra nosotros. En numerosas ocasiones a lo largo de la historia, los cristianos han sufrido dificultades, opresión y persecución por su fe. Así como las víctimas de estos maltratos perdonaron a sus ejecutores, perdonemos nosotros también. La Iglesia siente actualmente, como siempre ha sentido, la obligación de purificar su memoria de aquellos tristes sucesos de todo sentimiento de rencor o venganza. De este modo, el Jubileo es para todos una oportunidad idónea para una profunda conversión al evangelio. La aceptación del perdón de Dios conduce al compromiso de perdonar a nuestros hermanos y hermanas y a reconciliarnos con ellos (en http://www.vatican.va/santo_padre/juan_pablo_ii/homilias/documentos/hf_jp_il_hom_20000312_perdon_en.html).
Pregunta 42: ¿Qué clase de religión es el cristianismo dado que los protestantes no reconocen como cristianos a los católicos y sostienen que irán al infierno? ¡Y eso que unos y otros creen en el mismo profeta y en los mismos Evangelios! ¿Es que vuestra Escritura no os enseña a ser tolerantes? ¿No son crueles e inmisericordes las perspectivas que hemos mencionado anteriormente? ¿Sólo los protestantes irán al cielo? ¿Se encuentran estas doctrinas en vuestras Sagradas Escrituras? (TR)
Pregunta 43: ¿Podría resumir brevemente su opinión sobre el protestantismo? ¿Están condenados al infierno los protestantes según la doctrina católica? (TR)
Respuesta a las preguntas 42 y 43: En estas dos preguntas subyacen las siguientes cuestiones:
a. ¿Qué constituye la unidad de la Iglesia desde el punto de vista católico? b. ¿En qué aspectos se ha violado esta unidad a lo largo de la historia? c. ¿Cómo intenta la Iglesia restaurar esta unidad? d. ¿Cómo contempla la Iglesia su relación con los cristianos no católicos?
Responderé a estas preguntas recurriendo al Vaticano II (1962-1965), especialmente a la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen gentium (LG) y al Decreto sobre el Ecumenismo Unitatis redintegratio (UR), como también al posterior Catecismo de la Iglesia Católica.
Debe clarificarse que actualmente la mayoría de los protestantes no suscribirían totalmente la afirmación que se les atribuye en la pregunta 42, a saber, que los católicos irán al infierno por el hecho de ser católicos.
La Iglesia es una porque tiene su origen en la unidad de Dios, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en la Trinidad. Es una porque uno fue su fundador, Jesucristo, y es una porque tiene un alma, el Espíritu Santo que mora en los creyentes y que llena y orienta a toda la Iglesia.
Desde su comienzo ha habido una gran diversidad en el seno de la Iglesia, que tiene su origen en la diversidad de los dones que Dios concede, pero también en la diversidad de las personas que los reciben. Esta diversidad entre sus miembros surge por sus deberes, como es el caso de quienes ejercen el ministerio sagrado para el bien de sus hermanos, o por su condición o estado de vida, como es el caso de quienes entran en la vida religiosa y, con el objetivo de santificarse por una vía más estrecha, sirven de estímulo a sus hermanos mediante su ejemplo. Además, en el seno de la Iglesia tienen su justificado lugar las Iglesias particulares, que mantienen sus propias tradiciones sin por ello oponerse al primado de la Sede de Pedro, que preside en la caridad a la totalidad de la asamblea (cf. LG).
Esta rica diversidad no se opone a la unidad de la Iglesia, pero el pecado y sus consecuencias cargan y amenazan constantemente el don de la unidad (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 814)
¿Cuáles son los vínculos de la unidad de la Iglesia? En primer lugar, el amor, el broche de la perfección (Col 3,14). La unidad de la Iglesia se asegura con los siguientes vínculos visibles:
- El compromiso con la única y la misma fe apostólica. - La celebración comunitaria de la fe, especialmente de los sacramentos. - La sucesión apostólica, es decir, la sucesión continua de obispos y sacerdotes que se remonta a los apóstoles y que, mediante el sacramento del orden, mantienen la armonía fraternal en la familia de Dios.
Esta es la única Iglesia de Cristo…que nuestro Salvador, después de su resurrección, la entregó a Pedro para que la pastoreara. Le encargó a él y a los demás apóstoles que la extendieran y gobernaran…Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en (en latín: subsistit in) la Iglesia Católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él (LG 8).
En esta una y única Iglesia de Dios aparecieron ya desde los primeros tiempos algunas escisiones que el Apóstol [San Pablo] reprueba severamente como condenables; y en siglos posteriores surgieron disensiones más amplias y comunidades no pequeñas se separaron de la comunión plena con la Iglesia católica, y a veces, no sin culpa de los hombres por ambas partes (UR 3). Entre las comunidades que se separaron de la Iglesia católica se encuentran los protestantes. Ahora bien, quienes ahora nacen en estas Comunidades y son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de la separación y la Iglesia católica los abraza con respeto y amor fraternos…justificados por la fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de la Iglesia católica como hermanos en el Señor (UR 3).
Además, más allá de las fronteras visibles de la Iglesia católica, se encuentran en ellos muchos elementos de santificación y de verdad (LG 8): la Palabra de Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y otros dones interiores del Espíritu Santo, y los elementos visibles (UR 3). El Espíritu de Cristo usa estas iglesias y comunidades eclesiales como medios de salvación. Su fuerza procede de la plenitud de la gracia y la verdad, que Cristo ha confiado a la Iglesia católica. Todos estos bienes proceden de Cristo, conducen a él y, por su convergencia, y contribuyen a la unidad católica (cf. LG 2-3).
Cristo da siempre a su Iglesia el don de la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar constantemente para mantener, fortalecer y perfeccionar esta unidad que Cristo desea para ella. Los siguientes requisitos son necesarios para cumplir su promesa:
- La constante renovación de la Iglesia para que sea más fiel a su llamada. Esta renovación es la fuerza que impulsa el movimiento hacia la unidad. - La conversión del corazón para conseguir una vida pura de acuerdo con el evangelio, pues la infidelidad de los miembros de la Iglesia católica al don de Cristo es causa de separación en ella. - La oración conjunta, porque la conversión del corazón y la santidad de vida, junto con la oración privada y pública por la unión de los cristianos, deben considerarse el alma de todo el movimiento ecuménico; a ello le podemos llamar justamente ecumenismo espiritual (UR 8). - El conocimiento fraternal de cada uno. - La formación ecuménica de los creyentes y especialmente de los sacerdotes. - Las conversaciones entre teólogos y la reunión de los cristianos en las varias Iglesias y comunidades. - La cooperación entre los cristianos en los diversos tipos de servicio a la humanidad.
d. ¿Cómo contempla la Iglesia su relación con los cristianos no católicos?
Todos los hombres, por tanto, están invitados a esta unidad católica del Pueblo de Dios…A esta unidad pertenecen de diversas maneras o a ella están destinados los católicos, los demás cristianos e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios (LG 13).
Están plenamente incorporados a la sociedad que es la Iglesia aquellos que, teniendo el Espíritu de Cristo, aceptan íntegramente su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por medio del Sumo Pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión. No se salva, en cambio, el que no permanece en el amor, aunque esté incorporado a la Iglesia, pues está en el seno de la Iglesia con el cuerpo, pero no con el corazón (LG 14).
La Iglesia se siente unida por muchas razones con todos los que se honran con el nombre de cristianos a causa del bautismo, aunque no profesen la fe en su integridad o no conserven la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro (LG 15). Los que creen en Cristo y han recibido ritualmente el bautismo están en una cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica (UR 3). La comunión con las iglesias ortodoxas es tan profunda que sólo falta muy poco para lograr la plenitud requerida para la celebración conjunta de la eucaristía (Pablo VI, Homilía del 14 de diciembre de 1975; véase también Catecismo 836-838).
Pregunta 44: Si he entendido correctamente, los protestantes sostienen que Jesús os ha perdonado todos los pecados y os ha prometido el Reino de los Cielos. Esto implicaría que podéis cometer tantos pecados como os guste y ser tan malos que queráis, porque ya habéis sido salvados. ¿Cómo es posible creer en esta doctrina de los Evangelios? ¿No os equivocáis en esto? ¿Enseñan realmente los Evangelios una fe que anima a la gente a cometer pecados? ¿Qué opina de esto? (Pues por la gracia habéis sido salvados mediante la fe, y esto no procede de vosotros, sino que es un don de Dios; no procede de las obras, de modo que nadie se vanaglorie, Ef 2,8-9) (TR)
Respuesta: El mismo Nuevo Testamento reconoce el peligro de malinterpretar sus enseñanzas. Recomiendo la atenta lectura de la carta de Pablo a los Romanos (5,12-6,23) y su carta a los Gálatas (6,1-10). La carta de Santiago, que la Iglesia católica estima al mismo nivel que las otras cartas de los apóstoles, rechaza esta interpretación errónea. Véase especialmente Sant 1,14-26.
La tarea de los concilios de la Iglesia consiste en clarificar las enseñanzas que han conducido o que pueden conducir a interpretaciones erróneas, usando no sólo la Escritura, sino también la reflexión teológica. En su n. 40, comenta la Constitución Dogmática Lumen gentium la cuestión de la gracia, las buenas obras y la santificación:
El Señor Jesús, Maestro divino y modelo de toda perfección, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fueran, la santidad de vida, de la que él es el autor y consumador: Sed, pues, perfectos como vuestro padre del cielo es perfecto (Mt 5,48)… Los seguidores de Cristo han sido llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propios méritos, sino por su designio de gracia. El bautismo y la fe los ha hecho verdaderamente hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y son, por tanto, realmente santos. Por eso deben, con la gracia de Dios, conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad que recibieron. El Apóstol les anima a que vivan como conviene a los santos (Ef 5,3), se revistan como elegidos de Dios, santo y amados, de ternura entrañable, de bondad, humildad, modestia y paciencia (Col 3,12) y produzcan los frutos del Espíritu para llegar a ser santos (cf. Gal 5,22; Rom 6,22). Pero, como todos tropezamos muchas veces (cf. Sant 3,2), tenemos siempre necesidad del perdón de Dios y debemos orar cada día: Perdónanos nuestras deudas (Mt 6,12).
Pregunta 45: ¿Qué dijo vuestro Mesías, a quien llamáis Dios? ¿Cuántos Dioses tenéis? ¿Quién es este Mesías que está al lado de Dios? Según el modo en lo que describís no está claro si el Mesías es abogado o es Dios. ¿Quién condenará? ¿Cristo [Jesús] que murió y resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros? (Rom 8,34; véase también Heb 7,25). "Hijos míos, os escribo para que no pequéis, pero si alguno peca, tenemos un abogado junto al Padre, Jesucristo el Justo (1Jn 2,1) (TR)
Respuesta: En esta pregunta formulada un tanto confusamente y en este listado de citas detecto las siguientes cuestiones nucleares: (a) ¿Cuántos Dioses tenéis, dado que creéis que Jesucristo es el Hijo de Dios?, y (b) ¿En qué sentido entendéis que Jesús es vuestro abogado ante Dios al mismo tiempo que es una de las tres personas divinas en el misterio del Dios trinitario?
Respuesta a la primera pregunta.
En primer lugar, me gustaría referirme al texto de los capítulos 2 y 5 del libro, como también a las preguntas y respuestas pertinentes.
En lo que sigue me limito a citar los números 232-234 del Catecismo de la Iglesia Católica:
232 Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,19). Antes responden Creo a la triple pregunta que les pide confesar su fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu… La fe de todos los cristianos se cimenta en la Santísima Trinidad (S. Cesáreo de Arlés, symb.).
233 Los cristianos son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y no en los nombres de éstos…pues no hay más que un solo Dios, el Padre todopoderoso y su Hijo único y el Espíritu Santo: la Santísima Trinidad.
234 El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos.
Respuesta a la segunda pregunta.
La palabra paráclito (gr. paraklêtos) es típica de la literatura joánica. Designa la función de algo más bien que su naturaleza: aquel que es llamado al lado de, que juega el papel activo de asistente, abogado, ayudante. Esta función es también realizada por Jesucristo, que en los cielos es nuestro abogado con el Padre e intercede por los pecadores (1 Jn 2,1); y aquí en la tierra es realizada por el Espíritu Santo, que actualiza la presencia de Jesús, pues él es el que revela y defiende a Jesús (Jn 14,16s.256s.; 15,26s.; 16,7-11.13ss.). El abogado (= el paráclito), el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho (Jn 14,26). Es decir, después de la partida de Jesús, el Espíritu Santo ocupará su lugar como paráclito entre los creyentes, Jn 14,16-17; 16,7; véase también 1,22. El paráclito, el abogado, el asistente, es quien intercede con el Padre o quien actúa como abogado en los tribunales terrenales, 15,26, véase también Lc 12,11-12; Mt 10,19-20; Hch 5,32. Es el Espíritu de la verdad (8,32), que conduce a toda la verdad porque lleva a los creyentes a la comprensión de la persona misteriosa de Cristo, es decir, cómo cumple las Escrituras (5,39), cuál es el sentido de sus palabras (2,19), sus acciones, sus signos (14,16; 16,13; 1 Jn 2,20s.27). Los discípulos no habían comprendido nada de esto anteriormente (,22; 12,16; 13,7; 20,9). Así pues, el Espíritu da testimonio de Jesús (5,26; 1 Jn 5,6-7) y convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referencia al juicio (Jn 16,8).
Constituye un grave error de interpretación relacionar los versículos del Evangelio de San Juan y el término paráclito no con el Espíritu Santo, sino con Mahoma, el hijo de Abdalá y el profeta del islam, como vemos, por ejemplo, en el comentario de Maulana Muhammad Ali, The Holy Quran, Lahore 1951, n. 2496, para explicar la sura 61,6. Véase también Adel Theodore Khoury, Der Koran. Arabisch-Deutsch. Übersetzung und wissenschaftlicher Kommentar, vol. 12, Gütersloh 2001, p. 97, n. 3 sobre la sura 61,6.
En la carta a los Hebreos se llama a Jesucristo el mediador de la nueva alianza (9,15; 12,24), que reemplaza a la Antigua (8,6). Quienes se acercan a Dios mediante Jesús son salvados para siempre (7,25). Jesús es el mediador, el sumo sacerdote. Sin embargo, no fue Cristo quien se glorificó haciéndose sumo sacerdote, sino aquel que le dijo: Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado (Heb 5,5); Jesús vino para cumplir esta voluntad (Heb 10,7ss.). En 1 Tim 2,5 se llama de nuevo a Jesús el mediador, que siendo plenamente humano ha llegado a ser el salvador de la toda la humanidad (v.4) mediante su muerte como rescate por todos (v.6). Así pues, Jesucristo reconcilia en sí mismo a Dios y a la humanidad.
Pregunta 46: ¿Admite el valor del islam y de Mahoma? Si responde afirmativamente, ¿cuál es entonces la religión definitiva, el cristianismo o el islam? Si dice que es el islam, ¿no significaría entonces que el cristianismo ha sido superado, es decir, que los cristianos deberían convertirse a la religión de Mahoma? (TR)
Respuesta: Comience leyendo en esta página web el capítulo 4 de nuestro libro, titulado Mahoma y la fe cristiana, especialmente la sección IV, 3-5, como también el Excursus que presentamos al final del capítulo. Además, el capítulo 12 del mismo libro (La esencia del cristianismo) muestra cuál es el núcleo de la fe cristiana. Este núcleo se encuentra en el amor inmediato y de auto-vaciamiento de Dios, que ilumina el camino del creyente mediante las enseñanzas, la vida, la pasión y la muerte de Jesús resucitado, el Mesías. Los cristianos se encuentran con Jesús y la fuerza de su amor en la oración, en la fe y en su participación en la comunidad de todos los creyentes, en la Iglesia. El cristiano es llamado a dar testimonio de este amor mediante una vida de servicio y dedicación a los demás. Dondequiera que descubra las huellas del amor de Dios en Cristo Jesús, también en la vida de los musulmanes, que están plenamente dedicados a Dios y al servicio de la humanidad, dará gracias a Dios que ofrece sus dones a todas las personas. Los cristianos se relacionarán todo cuanto les sea posible con estas personas y con sus actividades. En este sentido, la Iglesia católica, por consiguiente, exhorta a sus hijos a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y la colaboración con los seguidores de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que se encuentran en ello (NA 2).Y llama en particular a los cristianos y a los musulmanes a que olvidando lo pasado, ejerzan sinceramente la comprensión mutua, defiendan y promuevan juntos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres (NA 3).
Pregunta 47: Los Evangelios se caracterizan por su lenguaje y su contenido realmente precioso, bello y noble. Pero, ¿cómo podemos entender e interpretar los numerosos versículos que en el Antiguo Testamento contienen un mensaje violento (por ej., Dt 13,15; Ex 32,27)? (TR)
Respuesta: Léase la segunda parte de la repuesta a la pregunta n. 28, supra.
A partir del Catecismo holandés, me gustaría añadir las siguientes reflexiones. El que abre el Antiguo Testamento por sí mismo tropieza con páginas de una belleza irresistible y con otras que parecen pedregosas y áridas como escabrosos terrenos montañosos. Gran parte de la confusión que sentimos al leer el Antiguo Testamento se debe a que esperamos encontrarnos con un libro bello y edificante, un libro que nos mostrara muchas cosas buenas. Sin embargo, ya en los relatos de los patriarcas, en el libro del Génesis, se nos cuentan con toda normalidad acciones que consideramos injustas, crueles e inmorales. Quienes leemos la Biblia, deberíamos saber que no es un libro edificante, sino que refleja la realidad. Dios acompaña a una humanidad que todavía se encuentra en una situación primitiva. Sólo con el paso del tiempo se va refinando la moral o, al menos, se deja entrever una moral ideal. En la historia de Abrahán no se nos invita a hacer lo que él hace, sino a centrarnos en la visión moral general que el relato nos presenta, a saber, a ver cómo logró mantenerse fiel a Yahvé. Para leer correctamente el Antiguo Testamento se nos exige tener una visión general. Tienes que ser capaz de imaginar que otras personas hagan cosas de forma diferente a ti.
La interpretación no es difícil en los casos donde el propio texto claramente nos indica que se trata de una acción mala, como, por ejemplo, el pecado de Sodoma, o donde se mencionan específicamente los pecados que se cometen, como, por ejemplo, el engaño de las hijas de Lot (Gn 19). Sin embargo, hay ocasiones en las que parece que Dios está detrás del pecado, como, por ejemplo, en el engaño de Jacob (Gn 27), e incluso de forma más severa como en el exterminio de los cananeos (Jos 8). En estos casos se dice que fue el mismo Yahvé quien dio la orden correspondiente (véase respuesta a la pregunta 27, supra).
Sin embargo, también debemos sopesar estos casos como expresión de una cierta imperfección de tiempos primitivos. La gente no sabía nada mejor entonces o bien, para mantener adecuadamente el culto a Yahvé, tuvieron que usar los métodos propios de su tiempo y de su cultura. Aún no se habían entendido con suficiente profundidad los caminos de Yahvé. Ya era mucho lograr mantener la fidelidad a Yahvé. De las palabras de Jesús sobre el divorcio podemos deducir la imperfección y la tendencia al comportamiento erróneo que hallamos en el Antiguo Testamento. Tal imperfección se debía, como Jesús afirmaba, a la dureza de su corazón (véase también Mt 19,8). Pero no era en modo alguno la verdadera intención de Dios. Lo mismo podemos decir de las muertes que se mencionan en el libro de Josué. Respecto a éstas, la verdad es que fueron menos numerosas de lo que sugieren las cantidades referidas, y, ciertamente, bastante inferiores al número de los nativos americanos exterminados en los Estados Unidos o a los judíos masacrados por Hitler.
Pregunta 48: Los profetas son enviados por Dios y se convierten en todo un ejemplo. Pero si leemos las historias de David y Salomón resulta evidente que los dos cometieron pecados graves. ¿Cómo pueden, entonces, ser profetas? (TR)
Respuesta: Léase la primera parte de la respuesta a la pregunta 27. Los patriarcas, los profetas y los demás personajes principales del Antiguo Testamento, entre los que hallamos a las santas mujeres como Sara, Rebeca, Miriam, Débora, Ana, Judit y Ester, han sido y siguen siendo venerados por la Iglesia como santos y santas. Según la doctrina católica, los santos son personas que han vivido su fe de manera convincente e incluso hasta heroica. Ahora bien, esta santidad no significa que no hayan cometido pecado alguno. Ni tampoco se fundamenta principalmente en la realización de obras buenas extraordinarias o bien visibles, sino que, más bien, se visibiliza en su extraordinaria fidelidad, su amor y su paciencia en la vida ordinaria y cotidiana, en la gloria dada a Dios y en el servicio a la humanidad, sobre todo soportando el sufrimiento, la persecución y las tribulaciones de todo tipo. En ellos resplandecen estos aspectos como el fruto de su apertura a la presencia de Dios en su vida. La doctrina islámica según la cual los profetas no cometen pecado (isma) no se encuentra en la Biblia ni en las tradiciones cristianas. Según el islam, los profetas no pueden cometer pecado alguno. No pueden errar en su fe ni traicionar su fidelidad. La sunna ha convertido a todo profeta en un masûm, es decir, en una persona que ha sido equipada con el privilegio de estar protegido del mal y del error. Dios ha perdonado todos los pecados que pudieran haber cometido antes de que fueran elegidos por él por el hecho de su humanidad (Cheikh Si Hamza Boubakeur, Traité Moderne de Théologie Islamique, París 1985, p. 127).
Pregunta 49: ¿Se promociona especialmente a los musulmanes que desean convertirse al cristianismo? (TR)
Respuesta: Las comunidades cristianas de todo el mundo tienen el deber de tomar muy en serio a los musulmanes adultos que quieren convertirse al cristianismo. Al mismo tiempo, la Iglesia exige que se tenga sumo cuidado en asegurar que la decisión de convertirse en cristiano sea totalmente libre, es decir, esté exenta de toda coacción externa o interna, y que el motivo para dar este paso sea exclusivamente el deseo de seguir las enseñanzas de Cristo y de convertirse en uno de sus discípulos. Esto implica que las comunidades cristianas no pueden mostrar ningún tipo de promoción, material o de cualquier otro tipo, a quienes piden iniciarse en la doctrina cristiana y bautizarse, pues podría contaminar la libertad y la sinceridad de su motivación.
El bautismo se realiza al final de un proceso de iniciación que está formado por varias etapas. Se denomina catecumenado a este proceso de iniciación en la fe y de preparación para el bautismo.
El tiempo de la preparación catecumenal posibilitará que el catecúmeno responda al ofrecimiento de la salvación y que madure su experiencia de conversión y de fe en unión con la comunidad cristiana. Se trata de una introducción y una práctica del conjunto de la vida cristiana, mediante la que los discípulos se van uniendo con Cristo, su Señor. Los catecúmenos tienen que introducirse así en el misterio de la salvación; mediante la práctica de un estilo de vida de acuerdo con el evangelio y a través de una sucesión de ritos sagrados deben ser introducidos paso a paso en la vida de fe y en la comunidad de amor del pueblo de Dios (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1247-1248).
Los catecúmenos están ya unidos con la Iglesia, ya pertenecen a la casa de Cristo y, con frecuencia, son ya conducidos a una vida de fe, esperanza y caridad (AG 14). Con amor y solicitud, la Madre Iglesia los abraza como a sus propios hijos (LG 14; véase también Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1249).
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