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PREGUNTAS & RESPUESTAS 6

Pregunta 50: ¿Por qué debería ser cristiano? ¿Qué bien me haría y cómo me garantizaría el cristianismo la vida eternal? Los musulmanes no estiman a los cristianos, al igual que éstos no ven bien a los judíos: ¿Cómo sé cuál es la religión correcta? Una religión hace que la otra suene como un cuento de hadas. ¿Cómo puede probarse la verdad? ¿Dónde está la prueba? Ciertamente que existe el Creador, pero ¿qué religión es la verdadera? (TR)

Respuesta: En primer lugar, el texto del libro y la respuesta a las preguntas previas deben haber mostrado que la fe cristiana afirma, por una parte, que es la religión verdadera, pero de ahí no se sigue que las otras religiones, como la judía o la islámica, sean completamente falsas o no posean valor alguno. El que hace la pregunta debería leer con mayor atención los capítulos 11 y 4, como también la respuesta a la pregunta 42.

¿Por qué hay que convertirse al cristianismo? Porque, como todo cristiano convencido dirá, ser cristiano significa encontrarse con Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida (véase Jn 14,6) y porque la fe cristiana satisface, por tanto, lo que de verdad anhela el ser humano en su vida. ¿Qué induce a una persona a ser cristiano? Jesucristo, el Hijo de Dios que lo atrae a su vida,  permitiéndole que le siga a él y al pueblo de la iglesia que cree en él. Le concede tal alegría y plenitud permanente aquí en la tierra que sólo el Dios verdadero puede garantizar.

Los cristianos, junto con la iglesia, creen que Dios, nuestro creador y Señor misericordioso, se reveló mediante su Hijo Jesús, revelando, así, la Verdad. Por consiguiente, es absolutamente fundamental conocer a Jesús, su persona y lo que dice, para que te dispongas honestamente a confrontarte con él cara a cara. A lo ya mencionado en el capítulo 2, me gustaría añadir un fragmento del libro escrito por el teólogo Otto Hermann Pesch (Kleines Glaubensbuch, Topos Taschenbuch 29):

    El Hijo del hombre

...Si se quiere entender qué significa creer en Jesucristo el Hijo de Dios, debemos contemplar su vida en la tierra. Jesús vivió como cualquier persona de su tiempo… Fue una persona de los pies a la cabeza y, además, una buena persona. Pero por encima de esto y más allá, ¿qué tenía de especial?

En primer lugar, proclama un mensaje impresionante, que es mucho más maravilloso que el que habían proclamado los profetas anteriores. En efecto, anunció que el reino de Dios está cerca (Mc 1,15), es decir, que Dios está cerca de todos los seres humanos – de todos. Todos deben saber y confiar en que Dios es un Dios para los seres humanos. Desaparece, por tanto, la incertidumbre sobre el modo de la relación de Dios con el hombre.

Jesús saca de este mensaje unas atrevidas consecuencias para la vida humana. No debemos tener miedo, ni a Dios ni al ser humano. Tampoco debemos preocuparnos por nuestra vida, es decir, por la terrible preocupación que se nutre siempre en el fondo del temor a que todo pudiera ser en definitiva algo vano y superfluo. Ni la culpa ni el fracaso son obstáculo para que Dios nos muestre su amor. Los seres humanos deben saber que pueden avanzar hacia la alegría perfecta casi inimaginable y que deben vivir de tal modo que los demás vean esta realidad en ellos.

Porque Dios ama al ser humano, aunque sigue habiendo diferencias, dejan de existir barreras entre las personas, es decir, desaparecen las diferencias por el estatus, el conocimiento, el talento o la virtud. Incluso se acepta a quienes están cargados de culpas, porque no hay nadie que esté exento de culpa. La justicia, la reconciliación y el amor deben regir la vida y curarnos, porque tal es la consecuencia de la reconciliación de Dios con la humanidad pecadora.

    Más que todos los profetas

Jesús vivió el mensaje que predicó. Reunió a sus discípulos y los hizo participar en la propagación de su mensaje. Eligió a personas que ningún maestro de la ley preocupado por su reputación hubiera elegido: pescadores, personas simples y despreciadas de los pueblos y del campo. Comía con quienes eran considerados marginados: mujeres de mala reputación, hombres de sospechosa profesión (publicanos), y aconsejaba a los demás que hicieran lo mismo. Dio completamente la vuelta a los criterios clásicos de su sociedad, sobre todo a aquellos que discriminaban a los pobres, como, por ejemplo, la ayuda que también había que prestar a los enfermos en el día de sabbath. Entró en el Templo y denunció todo el sistema religioso judío de su tiempo, declarando que era contrario a la voluntad de Dios. No puede comprarse el favor de Dios. La gente debe entender que Dios los ama tal como son, no por sus buenas obras.

Los grandes profetas también proclamaron esto mismo, pero se habían mantenido en sus propios parámetros. De igual modo, muchos contemporáneos de Jesús pensaron que era un nuevo profeta con poderes especiales. Pero existe una diferencia…Jesús decía que era más que todos los profetas y maestros anteriores a él. Un maestro dice: Moisés dijo… un profeta dice: el Señor dice… Pero Jesús habló sin apelar a ningún poder superior: en verdad, yo os digo.

Además, del modo de ver a Jesús depende la forma en que se entiende la divinidad de Dios o el reino de Dios, como a menudo se le llama. Esta realidad se hace especialmente evidente en la intervención que tuvo en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,14-20). En ella explica Jesús lo siguiente: Yo soy aquel en quien se han verificado las promesas de los profetas. Los destinatarios no lo creyeron, y para Jesús fue esta elemental falta de fe lo que le impidió realizar milagros en Nazaret, como también en otros lugares. Sólo los que le siguieron – que, al menos, creyeron en él, y no raramente le seguían en sentido literal– experimentaron la cercanía de Dios. Y, finalmente, cuando hablaba de Dios, el Padre, nunca se incluyó a sí mismo y a sus destinatarios en una fórmula comunitaria que dijera Padre nuestro, sino que, más bien, distinguía entre vuestro Padre y mi Padre. Todos son hijos de Dios, pero sólo él es el Hijo.

    El Hijo de Dios

Los destinatarios cercanos a las intervenciones de Jesús lo entendieron perfectamente: o bien aceptamos esta afirmación increíble y nos implicamos con él y con lo que dice, o bien es un blasfemo y un impostor. Los que no quisieron creerle, se comportaron coherentemente al detenerlo y presentarlo ante el pueblo como un blasfemo y ante el tribunal militar romano como un alborotador que merecía ser crucificado. Nada aconteció cuando, crucificado, se burlaban de él diciendo: Salvó a otros y a sí mismo no puede salvarse (Mc 15,31).

Sabemos cómo siguió la historia. La total desesperación de sus discípulos, que habían perdido toda esperanza (Lc 24,21), duró un corto lapso de tiempo. Se les apareció vivo, resucitado de entre los muertos. Entonces, los que llegaron a creer al escuchar este mensaje, pensaron de qué modo explicarían lo acontecido con Jesús. Lo llamaron el Hijo de Dios y lo alababan como tal. Es verdad que lo que querían decir puede expresarse también de otras formas, sobre todo en nuestro tiempo. Pero este título en particular era perfectamente adecuado para expresar la fe y para proclamarla en aquel tiempo como lo sigue siendo en nuestros días.

En primer lugar, el mismo Jesús decía a sus destinatarios que era un título correcto. Hay numerosos pasajes en los Evangelios donde leemos que Jesús se llama el Hijo de Dios o donde otros se preguntan entre sí o le preguntan si es el Hijo de Dios (por ej., Mt 16,16; Mc 14,61; Lc 1,32). Y cuando resalta que Dios es su padre, ¿cómo no iba a ser correcto llamarlo el Hijo de Dios?

Además, este título lo entendían tanto los judíos como los paganos, es decir, los griegos y los romanos. Con el sonido de este título, los judíos pensaban en un rey misterioso y maravilloso, aquel que los profetas anunciaron que vendría a salvarlos cuando Dios eliminara todo el mal del mundo e hiciera buenas todas las cosas. A los griegos les recordaba sus mitos, que frecuentemente hablan de los Hijos de los Dioses y de dioses que tomaban forma humana en la tierra. Lógicamente, Jesús no encajaba en el concepto judío de Hijo de Dios ni tampoco en el griego; las dos concepciones requerían los oportunos reajustes. Pero había algo que quedaba totalmente claro a cualquiera que escuchara que Jesús era el Hijo de Dios, a saber, que era un ser muy especial. Es más que un ser humano. Además, era todo un desafío aplicar este título a Jesús, porque la fe cristiana cancela las imágenes deslumbrantes y extraordinarias que los judíos y los romanos tenían del Hijo de Dios, al afirmar que éste no era otro sino el controvertido, ridiculizado, perseguido y crucificado Jesús de Nazaret. Nada sorprende que las autoridades no quisieran tolerar semejante idea.

Algo similar observamos cuando se le llama Señor. Esta misma palabra se refería habitualmente a un señor y amo; se usa en la traducción griega del Antiguo Testamento, previa  a la época de Jesús, para describir a Dios. Los griegos la usaban para referirse a una divinidad y los romanos la aplicaban al emperador, que, como señor, exigía el culto que se le debía como divinidad que era; por esta razón se martirizó a los cristianos, pues al culto al emperador respondían diciendo: sólo Jesús es Señor.

    El misterio de Jesús

No sólo entonces, sino que también en nuestra época sigue siendo necesario precisar qué entendemos cuando decimos que Jesús es el Hijo de Dios. Hasta donde  las comparaciones entre conceptos humanos pueden ilustrar, el título quiere decir que Jesús y el Padre son uno y el mismo.  Y, al mismo tiempo, resulta evidente que no son la misma persona, como si el Padre hubiera compartido en Jesús nuestra vida terrenal. Los autores del Nuevo Testamento se expresan con más precisión que nosotros. Cuando dicen Dios, siempre se refieren al Padre. Jesús es el Hijo, el ungido (= Cristo), el siervo de Dios; para los cristianos, es el Señor. A pesar de su unidad con el Padre, Jesús es un ser independiente. En esta perspectiva, Jesús ora al Padre. Y en una ocasión dijo una frase que ha constituido un permanente dilema para los cristianos: El Padre es más grande que yo (Jn 14,28).

El título Hijo de Dios significa que existe una relación muy especial entre Jesús y el Padre, una relación de confianza, entrega y existencia recíproca. Por esta razón puede actuar Jesús en el nombre de Dios. Lo que dice y hace también lo dice y lo hace el Padre, que cumple su propósito para la humanidad mediante Jesús – recordemos que era habitual que los reyes y los amos llamaran hijos a sus representantes y asistentes. Es en este sentido en el que Jesús quiere incluir a todos los que creen en su relación filial con el Padre. Jamás puede un ser humano llegar al núcleo de su ser Hijo de Dios. Nunca se anula la diferencia que existe entre mi Padre y vuestro Padre. Pero la humanidad entera sí puede seguirlo en su intensa relación con el Padre. Pablo afirmó claramente: Por la fe todos sois hijos de Dios en Jesucristo (Gal 3,26). Y cuando alguien acusaba a Jesús de actuar en contra del proceder de Dios, se defendía diciendo que los salmos ya decían de los seres humanos: Sois dioses (Jn 10,34; Sal 82,6).

Por consiguiente, el título Hijo de Dios explica verdaderamente todo cuanto pensamos de Jesús. Y, al mismo tiempo, mejor que cualquier otro título, muestra que nunca entenderemos realmente el misterio de Jesús. Pues el Hijo de Dios no es otro sino el Hijo del hombre, es decir, Jesús crucificado. Podríamos preguntarnos si en nuestro tiempo no es susceptible este título de numerosas interpretaciones erróneas. Pero ¿acaso no ocurre siempre lo mismo cuando intentamos explicar lo único, lo singular? Lo primero que debe hacerse para evitar el error de interpretación no es simplemente dejar de usar un nombre significativo, sino, más bien, explicar qué quiere decir. Los que no tienen interés en profundizar en esta cuestión, tampoco tienen derecho a quejarse de la posible malinterpretación del nombre. El mejor medio para eliminar las interpretaciones erróneas es recordarnos constantemente los conceptos increíbles que se contienen en la afirmación de que el hombre Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios encarnado. Nadie ha encontrado todavía un título mejor que se vea menos amenazado por las malinterpretaciones. Por esta razón, decimos en nuestro credo: Creo en Jesucristo, su único Hijo…, que nació de Santa María Virgen.

    La palabra se hizo carne

 El mismo Nuevo Testamento viene en nuestra ayuda. En la introducción al Evangelio de Juan leemos la palabra se hizo carne (Jn 1,14) refiriéndose a Jesús. También aquí encontramos la misma tremenda paradoja que detectamos en el título Hijo de Dios: el Hijo de Dios es el Cristo crucificado. Nos vemos confrontados con el mismo misterio abisal: el Dios todopoderoso, el Señor de su creación, ha abierto su corazón a su pueblo rebelde y, como si ya no fuera suficientemente increíble, ha entrado en la historia viniendo a vivir en la tierra, a compartir su vida con nosotros, aun manteniendo su trascendencia.  Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo (Heb 1,1-2); [Dios] tomó la condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Flp 2,6-8).

Así pues, retomando la pregunta realizada, la cuestión fundamental no es decidir cuál es la religión correcta, sino, más bien, preguntarse por el modo en que quienes preguntan, reaccionan ante la declaración de Jesús. En el Evangelio de Juan, Jesús dice de sí mismo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida Jn 8,12); Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí (Jn 14,6): Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que pertenece a la verdad escucha mi voz (Jn 18,37). Por consiguiente, la Iglesia profesa que Jesucristo es la verdad de Dios, de la humanidad y del mundo.

Pregunta 51: ¿Hay versículos en los Evangelios que hablen de tolerancia, fraternidad y amor al prójimo? ¿Podría darme alguna explicación sobre esto? (TR)

Respuesta:
Hablando en términos generales, los Evangelios son libros que describen el amor infalible de Dios por la humanidad, revelado en la vida y la enseñanza de Jesucristo, el Mesías. Este amor nos anima y nos capacita para practicar la tolerancia y el amor fraterno. El Sermón de la montaña (Mt 5-7) constituye el resumen más evidente de la vida y la enseñanza de Jesús. Entre las innumerables referencias que hallamos en los Evangelios, me gustaría citar dos secciones bastante representativas: 1 Cor 13 y Rom 12,9-21.

    Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tenga el don de profecía, y conozca todos los misterios y toda la ciencia; aunque tenga plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque reparta todos mis bienes, y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada me aprovecha. La amor es paciente, es amable; la amor no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta. El amor no acaba nunca. Desaparecerán las profecías. Cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia. Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía.  Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño. Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño. Ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora subsisten la fe, la esperanza y el amor, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la amor (1 Cor 13).

    Vuestro amor sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad. Bendecid a los que os persiguen, no maldigáis. Alegraos con los que se alegran; llorad con los que lloran. Tened un mismo sentir los unos para con los otros; sin complaceros en la altivez; atraídos más bien por lo humilde; no os complazcáis en vuestra propia sabiduría. Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante todos los hombres; en lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, en paz con todos los hombres; no tomando la justicia por cuenta vuestra, queridos míos, dejad lugar a la ira, pues dice la Escritura: Mía es la venganza; yo daré el pago merecido, dice el Señor. Antes al contrario: si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal antes bien, vence al mal con el bien (Rom 12,9-21).

Pregunta 52: ¿Cómo se llega a ser cristiano? (TR)

Respuesta:
Desde los tiempos apostólicos, para llegar a ser cristiano se sigue un camino y una iniciación que consta de varias etapas. Este camino puede ser recorrido rápida o lentamente. Y comprende siempre algunos elementos esenciales: el anuncio de la Palabra, la acogida del evangelio que lleva a la conversión, la profesión de fe, el bautismo, la efusión del Espíritu Santo, el acceso a la comunión eucarística (CatIglCat  1229). En los orígenes de la Iglesia, cuando el anuncio del evangelio está aún en sus primeros tiempos, el bautismo de adultos es la práctica más común. El catecumenado (preparación para el bautismo) ocupa entonces un lugar importante. Iniciación a la fe y a la vida cristiana, el catecumenado debe disponer a recibir el don de Dios en el bautismo, la confirmación y la eucaristía (CatIglCat 1247). El catecumenado, o formación de los catecúmenos, tiene por finalidad permitir a estos últimos, en respuesta a la iniciativa divina y en unión con una comunidad eclesial, llevar a madurez su conversión y su fe. Se trata de una formación y noviciado debidamente prolongado de la vida cristiana, en que los discípulos se unen con Cristo, su Maestro. Por lo tanto, hay que iniciar adecuadamente a los catecúmenos en el misterio de la salvación, en la práctica de las costumbres evangélicas y en los ritos sagrados que deben celebrarse en los tiempos sucesivos, e introducirlos en la vida de fe, la liturgia y la caridad del pueblo de Dios (CIC 1248). Los catecúmenos están ya unidos a la Iglesia, pertenecen ya a la casa de Cristo y muchas veces llevan ya una vida de fe, esperanza y caridad (AG 14). La madre Iglesia los abraza ya con amor tomándolos a su cargo (LG 14) (CatIglCat 1249).

Como muy bien explica el Catecismo, una persona llega a ser cristiano por el bautismo. En el bautismo el creyente es bautizado con agua en el nombre del Dios Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Al bautismo le precede un tiempo y un proceso denominado catecumenado. El catecumenado es el tiempo dedicado a la preparación del bautismo. Su duración puede variar según el candidato. Puede también durar un tiempo más largo. Durante este proceso, el candidato a la recepción del bautismo debe especialmente incrementar su conocimiento y comprensión de Jesucristo y su mensaje. También necesita familiarizarse con la fe y la vida cristiana para aprender a orientar su vida centrándose exclusivamente en las enseñanzas y el ejemplo de Cristo. En consecuencia, debe aprender y familiarizarse con los artículos fundamentales de la fe. El creyente debe llevar una vida conscientemente fundamentada en los principios de la fe y honrar a Dios no sólo con la oración y el culto en la iglesia, sino también en todos los aspectos de la vida cotidiana, sirviéndole y anunciándolo con sus palabras y sus acciones.

Pregunta 53: Si puedo probarle que su Biblia ha dejado de tener valor según la autoridad de Alá, que nos ha creado a los dos, ¿aceptaría e incluso llegaría a convertirse al islam? (AL)

Respuesta:
La Biblia existe y ha sido leída por innumerables personas como libro inspirado por Dios durante siglos. Discutimos este asunto en el capítulo 1 del libro que puede encontrarse en esta misma página web. La Biblia es realmente una biblioteca completa de documentos que fueron escritos por varios autores y grupos de autores a lo largo de muchos siglos en situaciones diferentes y con diversas formas literarias. Posteriormente, se unieron todos en un solo libro. En primer lugar, se trata de libros que documentan las historias y las experiencias religiosas del pueblo judío, y, a continuación, encontramos los documentos que se escribieron en el siglo I en la Iglesia cristiana. No se plantea la cuestión de su validez. La fiabilidad de los textos bíblicos se ha visto confirmada por generaciones de investigación crítica. Los resultados de esta investigación pueden llenar innumerables estanterías de una biblioteca. Por tanto, la pregunta sería la siguiente: ¿Cómo respondo al mensaje (los mensajes) que se encuentra en la Biblia? Los judíos interpretan los escritos del Primer (Antiguo) Testamento de un modo judío. Los cristianos leemos los textos del Primer Testamento a la luz de la vida y las enseñanzas de Jesucristo, a quien consideramos el Mesías y el Hijo de Dios. De acuerdo con nuestra concepción cristiana, la revelación concluye con el último libro escrito del Segundo (Nuevo) Testamento, que, conjuntamente con el Antiguo, forman la Biblia. Según la fe cristiana, el hecho de que Dios se diera a conocer al mundo en Jesucristo, con otras palabras, que Dios se encarnara en Jesús, pone fin a toda la revelación, es decir, que ya no se producirán nuevas revelaciones (véanse las respuestas a las preguntas 39, 28 y 47).

Pregunta 54: Según entiendo, en la religión cristiana también el suicidio se considera un pecado gravísimo, por lo que al suicida se le niega (o negaba) un funeral cristiano y se le entierra (o era enterrado) fuera del cementerio. ¿Cómo es posible, entonces, que Hannelore Kohl, la mujer del anterior presidente del gobierno alemán, recibiera sepultura cristiana si se había suicidado? (AL)

Respuesta:
Según el Código de Derecho Canónico (CIC) que estuvo vigente desde 1917 hasta 1983, los suicidas no podían tener unas exequias cristianas. Se les consideraba pecadores públicos. Cuando las normas del CIC de 1917 se actualizaron en el nuevo Código de 1983 (canon 1184), se introdujo un criterio adicional para evaluar la negación del funeral a estas personas. Basándose en el conocimiento de las circunstancias personales del fallecido, por una parte, y en los puntos de vista éticos de los miembros de la comunidad implicada, debe decidirse si proceder a las exequias o asumir la inquietud pública que provocaría. Mediante el funeral cristiano, la parroquia sirve al difunto con amor fraterno. Dentro de estos parámetros, los obispos y los párrocos, por tanto, tienen ciertos poderes para tomar sus propias decisiones.

El trasfondo de estas normas se encuentra en el pensamiento que tiene la Iglesia sobre el suicidio. El suicidio consciente y voluntario, aun cuando existan motivos nobles, no está moralmente justificado. El suicidio libremente deseado mediante el que una persona quiere afirmar su autonomía, es simplemente, por su propia naturaleza, una negación del sí de Dios a la humanidad. Constituye también una negación del amor a uno mismo, del deseo natural por vivir y de la responsabilidad que uno tiene con respecto a la justicia y el amor al prójimo y a la humanidad.

La fe cristiana contrarresta la glorificación del suicidio voluntario con una visión de la vida que se fundamenta en la fe. Nuestra fe nos enseña que Dios siempre puede encontrarnos de nuevo en cualquier situación de nuestra vida, bien sea esta provocada por un fallo propio o por unas relaciones calamitosas en nuestro entorno.

El debate filosófico sobre la libertad y la justificación moral de que somos dueños de nuestra vida asume que esta decisión libre y voluntaria es realmente posible. El forcejeo teológico para arrojar luz sobre este fenómeno no ha producido el rechazo fundamental de su posibilidad. En tiempos pasados, la realidad pastoral exigía que se negaran las exequias cristianas a todos los suicidas. Esta estipulación no se ha incluido en el nuevo CIC porque resulta imposible probar que con el suicidio una persona ha pronunciado verdaderamente un no último a sí misma y a Dios, y porque la Iglesia condena el suicidio, no a la persona que lo comete, pues no está segura de que la persona estuviera en su sano juicio.

Con esta posición, la Iglesia ha aceptado los resultados de las investigaciones más recientes sobre el suicidio. Estas investigaciones han mostrado empíricamente que el suicidio es, frecuentemente, el último estadio de un período de desarrollo que está fuertemente vinculado con una restricción del control mental y es expresión de una crisis vital aplastante y/o de una baja autoestima. La mayoría de las personas que se suicidan no cometen un acto voluntario, sino que, más bien, se encuentran en una situación extraordinaria en la que todo les lleva al suicidio. Por esta razón, no se puede establecer a priori que todo el que dispone de su vida o intenta hacerlo sea plenamente responsables de sus acciones (véase Catecismo de adultos, vol. 2, La vida de fe).

Pregunta 55: ¿Qué piensan los judíos sobre el nacimiento de Jesús? Si nació fuera del matrimonio, ¿por qué no se lapidó a María hasta morir o se la expulsó del Templo junto con toda su familia? ¿Por qué estimaban tanto los fariseos al Jesús adulto, al que se le permitía enseñar en el Templo y hablar a miles de personas y a quien la gente llamaba rabí o maestro? ¿Ocultó su verdadera identidad? ¿Nadie se dio cuenta quién era realmente? ¿Cómo pueden responderse a estas preguntas recurriendo a los Evangelios que han llegado hasta nosotros? (AL)

Respuesta:
En las fuentes rabínicas no encontramos un retrato uniforme de Jesús de Nazaret, sino varios y diferentes, como también en las publicaciones judías más recientes. Puede verse una breve panorámica en Adel Th. Khouzy (ed.), Judentum, Christentum, Islam, voz: Jesucristo, Styria, Graz/Viena/Colonia 1987, columnas 528-531. Los retratos tendenciosos en las fuentes rabínicas afirman que Jesús fue un bastardo de una adúltera (Kallah 51a) y que cuarenta días antes de su crucifixión, un pregonero anunció oficialmente las razones por las que era ejecutado de modo que algún testigo ocular pudiera alegar algo que lo impidiera, pero no hubo exoneración alguna (b. Sanhedrin 43a). Entre las recientes reconstrucciones sobre la figura de Jesús desde una perspectiva judía, puede verse la obra de Pinchas Lapide, The Rabbi from Nazareth, 1974.

Pregunta 56: ¿Se prolonga el matrimonio más allá de la muerte o termina con ella? ¿Pueden seguir unidos los cónyuges en la vida eternal? Además, ¿es cierto que recibiremos unos cuerpos nuevos en la vida eternal? (TR)

Respuesta:
¿Qué pasará conmigo después de morir? La humanidad tiene inculcado el anhelo, más o menos obvio, de una vida después de la muerte. Los filósofos han llegado a la conclusión de que el alma humana, por su carácter espiritual, no puede realmente morir. También es lógico pensar que nuestro anhelo por la plenitud y la justicia sería vano si todo acabara con la muerte.

La Biblia nos permite experimentar cómo ha cristalizado la respuesta a esta pregunta fundamental de nuestra existencia a lo largo de los siglos. Pero no fundamenta su perspectiva en nosotros ni en nuestro anhelo, sino en Dios. La idea original de que nos espera una existencia en un mundo de sombras sin esperanza alguna, era algo que una persona de fe no podía imaginar. Al fin y al cabo, Dios es la fuente de la vida. El es fiel. Nunca nos abandonará totalmente. Y así los creyentes fueron convenciéndose cada vez más de que ni siquiera la muerte podía separarnos de su amor, pues somos siempre aceptados y amados por él. El Nuevo Testamento clarifica posteriormente esta idea: Cristo es nuestra vida. Somos inmortales porque nuestra vida procede de él y hacia él se dirige.

Nuestra muerte significa que nos presentamos ante Dios, la verdad eterna. Entonces caerán todas nuestras máscaras, todos nuestros propios engaños se terminarán y repentinamente nos daremos cuenta si nuestra vida nos ha conducido hasta Dios o hasta la oscuridad, lejos de él. Así pues, la muerte es el juicio sobre nuestra vida. Sintetizando: nuestros cuerpos fallecen con la muerte. Nuestra alma, nuestro ser, el núcleo de nuestra personalidad, permanece. La iglesia enseña que los santos van directamente al cielo. Sin embargo, quienes aún mantienen restos de pecado sólo pueden llegar hasta Dios después de haberse purificado (en el purgatorio). Puesto que nuestros cuerpos no son componentes secundarios, sino que son parte de nuestra índole personal, también esperamos la resurrección corporal. Cristo ha salvado nuestro cuerpo y nuestra alma. Por esta razón, podemos también esperar la transfiguración de nuestros cuerpos y almas, tal como la Iglesia ya afirma sobre María, la madre de Dios.

No es relevante dar vueltas en torno a la naturaleza de la resurrección, por ejemplo, si nuestros cuerpos tendrán la misma materia que en esta vida. El debate gira en torno a aspectos que escapan a nuestro entendimiento. Lo que realmente importa es que Dios desea conducirnos a la perfección. Desea perfeccionar cualquier oportunidad que exista en nosotros – ¡se nos ha prometido la unión con Dios y con el prójimo! Así pues, la esperanza en una vida eterna no es un consuelo vacío. Más bien, nos permite comprender nuestra posición y nuestra dignidad. El que estima tanto a la humanidad, es llamado a luchar por la dignidad, la libertad y los derechos humanos en este mundo. Junto a nosotros, toda la creación llegará a ser parte de la gloria de Dios. Es una idea realmente fascinante que nos para en seco: un momento, ¿toda la creación, es decir, incluso el mal que se ha extendido en ella? ¿No se ha eliminado previamente la dualidad bien/mal en el mundo, de modo que todo cuanto queda es el reino de Dios, sin sombra alguna de mal ni pecado? Esto es precisamente lo que la Iglesia entiende cuando habla del juicio venidero (véase Winfried Henze, Glauben ist schön. Ein katolischer Familien-Katechismus, Harsum 2001, pp. 173ss.).

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