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Pregunta 57: En Jn 3,13 se dice que sólo Jesús fue al cielo. En 2 Re 2,11 se dice que Elías fue llevado al cielo. En 2 Cor 12,2-4 se habla de un hombre que fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y en Heb 11,5 se dice que Henoc fue trasladado de esta vida por su fe. En la primera cita se habla solamente de Jesús, y, sin embargo, en la misma Biblia también se menciona a otras personas que tuvieron esa experiencia. ¿Podría explicarlo? (TR)
Respuesta: En todas las religiones el cielo o los cielos es el lugar donde habitan Dios o los dioses y las potencias sobrenaturales. Desde el punto de vista hermenéutico podemos distinguir diferentes niveles de sentido. La visión cosmológica del Antiguo Testamento contempla el cielo como un lugar que debemos entender a la luz de la cosmovisión de la época, es decir, que el cielo, en cuanto parte del universo, es el firmamento, el enorme hemisferio que se levanta sobre la tierra plana. Desde el punto de vista teológico, el cielo es la morada de Dios. El firmamento es su trono, desde el cual dirige el destino de la humanidad. Ya el mismo Antiguo Testamento desmitifica esta visión. El cielo y la tierra no pueden contener a Dios; su morada celestial significa que es trascendente y expresa su distancia y lejanía del orden creado (Jr 23,23ss.). Pero, al mismo tiempo, es un Dios muy cercano cuya gloria llena toda la tierra (Is 6,3). Escucha y responde a las peticiones de su pueblo, incluso las de cada individuo. Puesto que el cielo es la morada de Dios, la palabra se usa también como sinónimo del mismo Dios para evitar decir su nombre. Así, la frase desde el cielo significa desde Dios (véase Dn 4,23; Jn 3,27); en el cielo equivale a estar con Dios (Mt 16,19; 18,18; Lc 19,38). En los últimos escritos del Antiguo Testamento aparece la idea antropológica y escatológica de que los justos estarán con Dios (en el cielo) para siempre. La imagen de la ascensión del justo también procede de estos escritos y significa que Dios nos da la gracia que nos permite entrar en su presencia.
En el Nuevo Testamento, lógicamente, es la perspectiva cristológica la que tiene mayor importancia. De acuerdo con su naturaleza, Cristo bajó del cielo (Jn 3,13; 6,38.41ss.50ss.) y allí regresará después de resucitar para sentarse a la derecha de Dios (Mc 16,19; Hch 3,21; Ef 1,20; 2,6; Heb 8,1; 1 Pe 3,22). Este regreso se representa mediante la imagen de la ascensión. Así, ascendió a la morada de Dios (Heb 9,11ss.24) para venir de nuevo al final de los tiempos (Heb 9,28). En esta perspectiva, Pablo describe la actitud del cristiano ante la vida como aquel que espera, esperanzadamente, la esperada segunda venida de Cristo desde el cielo (1 Tes 1,10; 4,16; 2 Tes 1,7; Flm 3,20), cuando surgirán un cielo nuevo y una tierra nueva (2 Pe 3,13).
Resumiendo, podemos decir que desde el punto de vista cristiano, el cielo es una metáfora teológica que se refiere a la salvación y la redención definitivas de la humanidad que ha sido reconciliada con Dios mediante la muerte y la resurrección de Cristo. El cielo no es, por tanto, un lugar real y atemporal, ni un reino venidero en sentido espacial, sino una realidad personal. Es la unión eterna de la humanidad con Dios, la vida en comunión con él y con los demás (cf. L. Hagemann, art. Himmel 2. Christlich en Adel Th. Khoury [ed.], Lexicon religiöser Grundbegriffe. Judentum, Christentum, Islam, Styria, Graz 1987, pp. 486-488).
Pregunta 58: En Mt 16,18 Jesús dice a Pedro que es la roca sobre la que edificará a su iglesia e incluso le dice que le dará las llaves del reino de los cielos… Pero sólo unos pocos versículos después le dice Jesús: ¡Quítate de mi vista, Satanás!. Así pues, ¿qué debo creer? ¿Es Pedro Satanás o el custodio de las llaves del reino de los cielos? (TR)
Respuesta: Mt 16,18 dice: Te digo que tú eres Pedro [es decir, piedra], y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del Hades no la vencerán. Esto significa que los poderes del mal, que arrastraron en primer lugar a todos a la muerte del pecado y después a la muerte eterna, no podrán atravesar las puertas del mundo inferior. Será tarea de la iglesia rescatar a los elegidos del reino de la muerte, de la muerte real y sobre todo eterna, y capacitarlos para entrar en el reino de los cielos (véase Col 1,13; 1 Cor 15,26; Ap 6,8; 10,13). Al igual que la ciudad de la muerte, la ciudad de Dios también tiene puertas. Se permite entrar solamente a quienes son dignos (véase Mt 23,13). Pedro recibe las llaves de estas puertas. Por consiguiente, mediante la iglesia, su tarea consistirá en abrir o cerrar las puertas del reino de Dios.
En Mt 16,23 leemos: ¡Quítate de mi vista, Satanás! Eres una piedra de tropiezo para mí; no tienes en mente las cosas de Dios, sino las cosas de los hombres. En Mt 16,21 Jesús había anunciado por primera vez el sufrimiento que le aguardaba y les dijo que tenía que ir a Jerusalén y sufrir mucho. En efecto, sería ajusticiado pero resucitaría al tercer día. Así, Jesús combina la labor gloriosa del Mesías (véase Hab 3,13; 1 Sm 2,10; Sal 2) con la del siervo sufriente de Dios (véase 42,1-9; 49,1-6; 50,13-52,12). Jesús prepara la fe de sus discípulos para la crisis que provocarán su muerte y resurrección. La frase eres una piedra de tropiezo para mí significa tú eres mi posible caída (mortal). Pedro quiere que Jesús rechace el sufrimiento y su vergonzosa muerte, pues no entiende el camino que el Mesías debe seguir; de este modo, se convierte en piedra de tropiezo (el significado original de la palabra griega skandalon) y, aunque involuntariamente, en asistente de Satanás. Ya en Mt 4,1-10 nos había contado el evangelista que Satanás intentó tentar a Jesús en el desierto para que se desviara de su camino de sufrimiento y humillación como siervo de Dios. Pedro y los demás discípulos esperaron, con razón, hasta su muerte que usara finalmente sus poderes y proclamara la victoria sobre sus enemigos en la tierra. Sólo cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos, recibieron la gracia de comprender el verdadero sentido de la cruz y la resurrección. Todos los que sigan a Jesús como discípulos suyos tendrán que andar por el mismo camino rocoso y pedregoso, es decir, tendrán que aprender que el camino del Mesías es un camino de servicio y sufrimiento. Tal tarea corresponde especialmente a los sucesores de Pedro en el ministerio pastoral de la iglesia.
Pregunta 59: Existen dos versiones sobre Judas Iscariote. Según Mt 27,3-7, Judas se suicida y los sumos sacerdotes compran el campo del alfarero. Según Hch 1,16-19, fue Judas quien compró este campo y murió en él, pero no se suicidó. ¿Qué ocurrió realmente? (TR)
Respuesta: Es verdad que en el Nuevo Testamento encontramos dos descripciones diferentes de la muerte de Judas. Según el libro de los Hechos, Judas no muere ahorcándose como Ajitófel (2 Sm 17,23), sino después de sufrir una caída, como los malvados de Sab 4,19, con su cuerpo reventado y todos los intestinos desparramados, tal como ocurrió a varios villanos según las antiguas leyendas. El término campo de sangre no se vincula con la sangre de Jesús, sino con la de Judas. Teniendo en cuenta estas diferencias de la tradición oral, es posible entender su muerte como la muerte repentina y deshonrosa que merece un traidor. Posteriormente, el suceso se vinculó con el nombre de Haqeldamá, un lugar de pésima reputación en Jerusalén.
Pregunta 60: Si el cristianismo de nuestro tiempo es verdadero, ¿por qué existen cuatro evangelios? (TR)
Respuesta: El primer libro de la iglesia fue el Antiguo Testamento. Pero pronto se hizo evidente la necesidad de unas escrituras que contaran lo que había sucedido entre nosotros, y, por ello, se escribieron los cuatro evangelios.
Es verdad que no conocemos la vida de Jesús a partir de una sola obra, sino de cuatro escritos paralelos, algo que ciertamente es singular en la historia de la literatura. Cada uno de estos escritos contiene la buena noticia completa. Se les llama por el nombre de sus autores: Mateo, el publicano que se convirtió en discípulo; Marcos, un joven discípulo de Jerusalén. Según Hch 12,12 la congregación de discípulos se reunía en la casa de su madre (que, posiblemente, fue donde se celebró la última cena); Lucas, nuestro querido amigo médico (Col 4,14), que era amigo de Pablo; y, finalmente, Juan, el discípulo a quien Jesús quería, que vivió hasta una avanzada edad.
Desde muy pronto se dijo que Mateo fue el primero que escribió un Evangelio, posiblemente en torno al año 50 en Palestina o en Siria. Este Evangelio se publicó posteriormente en la forma que ha llegado hasta nosotros. Se supone que las versiones definitivas de Mateo y Lucas, que se redactó en Grecia, fueron escritas entre los años 70 y 80. El Evangelio de Juan se escribió probablemente en torno al año 100 en Asia Menor. Los tres primeros evangelios, también denominados sinópticos, son a menudo idénticos, palabra por palabra, lo que prueba que, de un modo u otro, están relacionados entre sí.
Los cuatro evangelios ponen de manifiesto que la iglesia tenía un gran interés en conservar la buena noticia. También muestran cómo fue proclamada teniendo en cuenta los diferentes modos de pensar y los diferentes contextos sociales. Cada uno de los Evangelios destaca algún rasgo particular de la fe que la comunidad consideraba importante. Mateo, que escribe para los judíos, compila las palabras de Jesús en cinco grandes discursos en correspondencia con los cinco libros de Moisés para presentarlo como el nuevo legislador. A Marcos le interesa especialmente presentar la revelación de Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. Lucas escribe a sus condiscípulos griegos que poseían una buena formación. Expone su Evangelio mediante una progresión histórica (razón por la que también escribe el libro de los Hechos) y subraya el amor que Jesús tenía a los marginados: los pobres, los pecadores y las mujeres. También dedica un gran interés a los temas del Espíritu Santo y la oración.
Se analiza el uso de las palabras para determinar en qué comunidad se predicó el evangelio antes de ponerlo por escrito. Puesto que los discípulos intentaron retener las palabras exactamente tal como Jesús las había dicho y dado que el modo que tal hazaña mental era posible por el modo rítmico y metafórico de hablar de Jesús, podemos estar seguros de que se transmitieron fielmente mediante la tradición oral. Ahora bien, esto también significa que en ocasiones se añadieron libremente ciertas clarificaciones y adaptaciones. Ya hemos visto cómo Mateo cambió la frase el reino de Dios por el reino de los cielos. Tales modificaciones se hacen mucho más evidentes en el Evangelio de Juan. Las palabras de Jesús parecen reflejar el vocabulario usado en Asia Menor, donde Juan predicó. Por ejemplo, raramente usa la frase el reino de Dios porque no significaría nada para sus destinatarios. En cambio, sí que encontraban sentido a los términos luz y vida, por lo cual aparecen con frecuencia en labios de Jesús. El discípulo se dio cuenta de que eran las mejores palabras para traducir a sus destinatarios lo que Jesús quería decir cuando hablaba del reino de Dios.
Esto no significa que los escritores fantasearan y se inventaran a un Cristo según su gusto. Sin embargo, el objetivo de los evangelistas no era escribir un informe exhaustivo progresivo, es decir, una especie de diario. Su objetivo era escribir un Evangelio, es decir, proclamar la buena noticia. Para ello tenía una enorme importancia las cosas que realmente habían pasado y las palabras que realmente se habían dicho. De no haber acontecido nada de esto, entonces no hubiera habido ninguna buena noticia que proclamar. Resulta interesante percibir que, en ocasiones, el cuarto evangelio es más preciso en lo que nos dice sobre lo que realmente ocurrió. Este fue uno de los argumentos que se utilizó posteriormente para atribuírselo al anciano discípulo Juan.
No sólo importan las cosas que realmente habían acontecido, sino también algo más, a saber, la verdad sobre el Jesús histórico. La investigación bíblica moderna descubrió que este tema preocupaba a los escritores de los Evangelios. En un tiempo en que ya habían muerto los testigos oculares, cuando las ideas legalistas y románticas amenazaban con introducirse en la tradición oral, la Iglesia intentó asegurar la pureza de esta tradición, es decir, cómo había sido realmente Jesús. Aquí se encuentra el origen de los Evangelios. La preocupación de la comunidad por conservar la imagen pura de Jesús, la fe verdadera, es dirigida por el Espíritu Santo que vive en la iglesia. El Espíritu no interviene independientemente de la autoría humana, sino contando con ella. En última instancia, las escrituras llegaron a existir gracias al Espíritu Santo que usa la creatividad de los seres humanos de diferentes temperamentos y con diferentes talentos. En su inconfundible autenticidad puede verse hasta qué punto los diversos Evangelios describen al mismo Señor. Remiten con toda claridad a una sola fuente: la persona de Jesús de Nazaret.
Los cuatro evangelios no son la única fuente de información que poseemos sobre Jesús. En la iglesia primitiva, Lucas no sólo escribió su Evangelio, sino que también lo continuó en los Hechos de los Apóstoles. También se escribieron cartas. Proceden de las plumas (o de las esferas de influencia) de Pablo (catorce), Santiago el Menor (una), Pedro (dos), Juan (tres) y Judas Tadeo (una). Finalmente, encontramos un escrito profético atribuido a Juan, el libro de la Revelación secreta, también conocido como el Apocalipsis (véase lo que dice al respecto El Catecismo holandés).
Pregunta 61: Estoy haciendo una investigación sobre el uso de las campanas en la Iglesia. ¿Cuándo se usaron por primera vez y por qué se emplearon campanas en lugar de la voz para llamar a la oración? (TR)
Respuesta: En numerosos diccionarios y enciclopedias puede encontrar información sobre las campanas y su uso por la iglesia así como las referencias que sobre este tema se halla en la literatura posterior. Véase, por ejemplo, la voz Campana en The Oxford Dictionary of the Christian Church, Oxford University Press, Oxford 1974, p. 153.
Presentamos a continuación algunos datos básicos. La campana es un instrumento que ya se conocía en la antigua China. En el año 400, Paulino de Nola nos dice que se usaban en las iglesias. En torno al año 550 se introdujo en Francia y en el siglo VII en Irlanda. El sonido de la campana llama al pueblo para que acuda a las celebraciones. Al principio no sólo se usaba para anunciar la celebración de la misa, sino que sonaban tres veces al día (al amanecer, a mediodía y al atardecer) para que los fieles rezaran el ángelus. Conformen aumentaban de magnitud se hizo necesario construir torres especiales para albergarlas, bien como edificio independiente o integrado en el templo. La fundición de las campanas que inicialmente era una tarea realizada por los monjes, se transfirió en el siglo XIII a expertos profesionales. Los secretos de la fundición se transmitían de generación en generación en el seno de las familias dedicadas a ello.
En Alemania, las campanas son consagradas por los obispos o por los sacerdotes autorizados. Al tiempo que se hace la oración se asperjan con agua bendita (rito conocido también como el bautizo de las campanas), se ungen con el crisma y se bendicen. Las campanas suelen tener el nombre de quienes las financia. Pueden ser propiedad de la iglesia, de una parroquia o de un particular. Sólo la autoridad clerical tiene el derecho de determinar el uso de la campana. Si se usa para un fin secular (ceremonias o anuncios públicos) se requiere una licencia especial.
Pregunta 62: ¿Qué ritual debe realizarse cuando alguien muere? (TR)
Respuesta: La iglesia no prescribe con precisión ni con una ley específica ad casum cómo debe tratarse a un moribundo o un cadáver. También en este ámbito, la costumbre de los cristianos en diferentes partes del mundo integra lo positivo de las diferentes culturas y ritos. Sin embargo, la iglesia tiene una doctrina global y oficial sobre las cuestiones éticas que se plantean en el contexto de una persona moribunda o que ya ha muerto, especialmente en nuestras sociedades modernas, y que puede encontrarse, por ejemplos, en sus catecismos. El ritual establecido en el correspondiente libro eclesiástico, centrado especialmente en las situaciones pastorales, con sus normas litúrgicas y las pertinentes lecturas de las Sagradas Escrituras, como también las oraciones, determina el modo en que los cristianos deben asistir al moribundo y qué ritos deben realizarse con él o para él. La iglesia también establece los ritos exequiales que deben seguirse.
Citamos unos cuantos elementos de estas doctrinas y rituales (seleccionados del Katolischer Erwachsenen Katechismus, vol. II, Leben aus dem Glauben, Friburgo 1995, pp. 302-316, y del Kleines Rituale für die Diözesen des deutschen Sprachbereichs, Friburgo 1980).
La enfermedad y la situación de alguien que está muriéndose no sólo constituyen para nosotros, que vivimos, una llamada a que seamos conscientes de la muerte y a poner en práctica lo que como cristianos debemos hacer con un moribundo, sino que también nos confrontan con problemas éticos. Los cristianos saben que tienen la responsabilidad de proteger la vida, promover la salud, el tratamiento y la curación de la enfermedad, así como de acompañar al moribundo ayudándole cuanto sea posible. También es esta la meta de todos los médicos y colaboradores, cuyas acciones están fundamentalmente orientadas a procurar el bienestar general del enfermo. Atender a los enfermos y los moribundos ha sido siempre una obra de misericordia para los cristianos. Es un principio fundamental que la vida humana es sacrosanta y que todos tienen derecho a una muerte humana. En consecuencia, tenemos el deber de asistir a los enfermos y los moribundos en la última fase de su existencia, como también el deber de no poner fin a la vida humana. Asistir y acompañar al moribundo aliviará su estado y le ayudará a que tenga su propia muerte. Por tanto, sería posible hablar de un vivir asistido. No debe existir un derecho a que se de muerte a una persona, pero, teniendo en cuenta sobre todo algunas terapias excesivamente agresivas, debemos exigir también el derecho a una muerte humana.
La muerte y las exequias forman parte de la vida. Constituyen el final de nuestra peregrinación terrenal. Desde muy pronto, a partir de la fe en la resurrección de los muertos, fue aumentando en la iglesia la consciencia de que había que recordar a los difuntos y de que era necesario respetar sus cuerpos. Este aspecto de la piedad cristiana hizo que el entierro cristiano se convirtiera en norma social. Dado que en su mayor parte la gente moría en la casa, en ella permanecían hasta la celebración litúrgica exequial. También se posibilitaba así que los dolientes pasaran algún tiempo más con el difunto, dándole su último adiós y compartiendo entre ellos el dolor sentido.
En nuestros días son pocos los que mueren en su casa; la mayoría mueren en los hospitales o en las residencias sin la presencia de otras personas. El proceso que conduce a la muerte y la misma muerte, se están desterrando de nuestra sociedad no religiosa y cada vez más se convierten en acontecimiento anónimos.
Hasta 1964, el Código de Derecho Canónico prohibía la cremación de los católicos. Esta prohibición no se debía tanto a cuestiones dogmáticas, sino a una reacción contra ciertos grupos que proclamaban que la cremación de los cuerpos equivalía a la negación de la fe en la resurrección del cuerpo. En nuestros días ya no existe esta prohibición, siempre que se demuestre que esta práctica no constituye una negación de la fe cristiana.
Los cristianos decoran las tumbas de sus difuntos como expresión de recuerdo y de amor. Al bendecir las tumbas el día de Todos los Fieles Difuntos, las parroquias manifiestan su relación con los difuntos de forma muy especial. La muerte y la lamentación se interpretan a la luz del anuncio de la resurrección realizado por Jesús, con el que las comunidades cristianas proclaman su esperanza.
El mandamiento del amor al prójimo exige a los cristianos que expresen su cercanía al moribundo orando con él para obtener la gracia de Dios y con una fe confiada en Cristo. En el ritual de la Iglesia encontramos oraciones, letanías, invocaciones, salmos y lecturas bíblicas para la hora de la muerte. El objetivo de estas oraciones es principalmente que el moribundo, si aún es consciente, venza su comprensible temor a la muerte mediante la fe. Se le ayudará a aceptar este temor siguiendo al Cristo sufriente y moribundo, y a vencerlo con la esperanza de una vida en el cielo y con su resurrección que venció nuestra muerte mediante la suya.
Si los creyentes deben asistir al moribundo, aun cuando este ya no sea consciente, conseguirán una gran tranquilidad con estas oraciones mediante las que percibirán el significado pascual de la muerte cristiana. Con frecuencia, ayuda bastante a expresar esta convicción la realización de signos visibles, como trazar la señal de la cruz en la frente del moribundo, exactamente igual que se hizo por primera vez el día de su bautismo.
En la medida de lo posible, los sacerdotes y los diáconos deben esforzarse por acompañar al moribundo junto con su familia, y pronunciar las oraciones pertinentes. Su presencia significa que los cristianos mueren en el seno de la comunidad eclesial. Si no pueden estar presentes por otras tareas pastorales importantes, deben instruir a los creyentes para que acompañen al moribundo y oren con él.
Vigilia, oración en la casa del difunto, exequias
Dependiendo de la costumbre local, debe celebrarse una vigilia entre el momento de la muerte y la celebración de las exequias, bien en la casa del difunto o en la iglesia. En general, los laicos son quienes deben responsabilizarse de esta tarea.
Donde es costumbre, se realiza un velatorio hasta el momento del entierro. Existen varias opciones a la hora de celebrar las exequias; la más común consta de dos estaciones: la primera tiene lugar en la capilla del cementerio o una sala de velatorios, y la segunda se realiza en lugar de la tumba. En el ritual de exequias se encuentran los ritos apropiados, las lecturas de la Sagrada Escritura y las oraciones pertinentes.
Pregunta 63: ¿Qué relación existe entre los evangelios y la ciencia? ¿Qué piensan los evangelios de la ciencia? ¿Conducen a la humanidad a la ciencia? (TR)
Respuesta: Para responder a esta pregunta, que sólo podemos tratar muy someramente en este momento, recurrimos al Catecismo de la Iglesia Católica:
2293 Tanto la investigación científica de base como la investigación aplicada constituyen una expresión significativa del dominio del hombre sobre la creación. La ciencia y la técnica son recursos preciosos cuando son puestos al servicio del hombre y promueven su desarrollo integral en beneficio de todos; sin embargo, por sí solas no pueden indicar el sentido de la existencia y del progreso humano. La ciencia y la técnica están ordenadas al hombre que les ha dado origen y crecimiento; tienen por tanto en la persona y en sus valores morales el sentido de su finalidad y la conciencia de sus límites.
2294 Es ilusorio reivindicar la neutralidad moral de la investigación científica y de sus aplicaciones. Por otra parte, los criterios de orientación no pueden ser deducidos ni de la simple eficacia técnica, ni de la utilidad que puede resultar de ella para unos con detrimento de otros, y, menos aún, de las ideologías dominantes. La ciencia y la técnica requieren por su significación intrínseca el respeto incondicionado de los criterios fundamentales de la moralidad; deben estar al servicio de la persona humana, de sus derechos inalienables, de su bien verdadero e integral, conforme al designio y la voluntad de Dios.
2295 Las investigaciones o experimentos en el ser humano no pueden legitimar actos que en sí mismos son contrarios a la dignidad de las personas y a la ley moral. El eventual consentimiento de los sujetos no justifica tales actos. La experimentación en el ser humano no es moralmente legítima si hace correr riesgos desproporcionados o evitables a la vida o a la integridad física o psíquica del sujeto. La experimentación en seres humanos no es conforme a la dignidad de la persona si, por añadidura, se hace sin el consentimiento consciente del sujeto o de quienes tienen derecho sobre él.
Pregunta 64: Se dice que aproximadamente unos 100 evangelios diferentes (que por entonces eran aceptados) se vieron reducidos a cuatro por el concilio de Nicea. ¿Es verdad? Y de serlo, ¿cómo podemos estar seguros de que los evangelios que poseemos actualmente son auténticos? (TR)
Respuesta: En Nicea se celebraron dos concilios ecuménicos, el primero en el año 325, el segundo en 787. Ninguno de estos concilios debatió la cuestión del canon de la Sagradas Escrituras. Con respecto a los Evangelios del Nuevo Testamento, la iglesia siempre ha estado de acuerdo en su autenticidad durante los dos primeros siglos de la historia cristiana. Ciertamente, hubo, y aún existen, otros evangelios denominados apócrifos, pero no llegan al número de 100. Estos evangelios no fueron excluidos de las escrituras auténticamente reveladas por entonces.
Los biblistas contemporáneos están de acuerdo en que ninguno de los apócrifos puede reivindicar un grado de autenticidad superior al de los que forman parte del Nuevo Testamento. No hace falta decir que el hecho de denominarlos apócrifos no significa que todo cuanto dicen estos evangelios sea incorrecto, incierto y contrario a la fe. Cf. F. L. Cross (ed.), The Oxford Dictionary of the Christian Church, Oxford 1990, art. APOCRYPHA, The; APOCRYPHAL, NEW TESTAMENT, The; CANON OF SCRIPTURE.
Pregunta 65: ¿Qué opina el creyente sobre la segunda venida de Cristo y el final de los tiempos? ¿Vendrá para toda la humanidad o solamente para los cristianos? ¿Hay eruditos musulmanes que creen que Jesús juzgará a la humanidad al final de los tiempos? (AL)
Respuesta: Los musulmanes son quienes responderían mejor a esta pregunta. Por nuestra parte, sólo señalaremos algunos datos relevantes procedentes de los escritos fundamentales del islam, el Corán y el Hadit.
El punto de partida sobre qué enseña el islam sobre la venida de Jesús al final de los tiempos se encuentra en la sura 4,159, que debe leerse conjuntamente con los versículos previos:
4,157 …y por haber dicho: Hemos dado muerte al Ungido, Jesús, Hijo de María, el enviado de Dios, siendo así que no le mataron ni le crucificaron, sino que les pareció así. Los que discrepan acerca de él, dudan. No tienen conocimiento de él, no siguen más que conjeturas. Pero, ciertamente, no le mataron.
4,159 Entre la gente de la Escritura no hay nadie que no crea en él antes de su muerte. El día de la resurrección servirá de testigo contra ellos.
A.Th. Khoury (en Der Koran. Arabisch-Deutsch Übers. und wiss. Kommentar, vol. 5, Gütersloh 1994, pp. 257ss., explica 4,159 en los siguientes términos. Se refiere tanto a los judíos como a los cristianos. La afirmación se refiere a la muerte de cada ser humano judío y cristiano: antes de morir creerán en Jesús, de acuerdo con la verdad sobre él, es decir, que es el verdadero Mesías enviado por Dios (afirmación que se dirige a los judíos; véase 4,157) y que no es el hijo de Dios, sino el siervo de Dios (contra los cristianos; véase 4,171-172). Esto acontece tanto en los últimos momentos de la vida, a la orden de los ángeles que reciben el alma del moribundo, o después de la muerte, cuando ya es demasiado tarde. Según otra interpretación, las palabras antes de su se refieren a Jesús: antes de la muerte de Jesús, supuestamente al final de los tiempos después de su venida, todos los judíos y cristianos que estén vivos llegarán a creer correctamente en él.
En el día de la resurrección será él un testigo contra ellos (2,143)
El Corán dice: Llegará el día en suscitaremos de cada comunidad un testigo de entre ellos (16,89; cf. 16,84). Así pues, Jesús testificará contra los judíos que no quisieron creer en él y también contra los cristianos que no creyeron correctamente en él.
Según la tradición islámica (por ejemplo, el Hadit, aunque no todos los musulmanes lo consideran fiable), Jesús bajará desde el cielo a Tierra Santa al final de los tiempos. Se comportará como un perfecto musulmán: destruirá al Anticristo y dirá la oración matutina en Jerusalén, donde se coloca tras el imán entre los demás fieles musulmanes. Luego abolirá todo lo que es contrario a la ley islámica, matará a los cerdos y eliminará todos los signos, cosas y edificios que son contrarios al islam estrictamente ortodoxo (como las cruces, las iglesias y las sinagogas). Dará testimonio contra los judíos y los cristianos y matará a todos los cristianos que no se hayan convertido al islam. Posteriormente, reinará sobre un reino totalmente unido como soberano justo y toda la creación gozará de 40 años de paz. Para ser un profeta como los demás profetas, también se casará y tendrá hijos. Entonces morirá y será enterrado en Medina, junto a Mahoma y los primeros califas, Abu Bakr y Umar. Luego llegará la hora del juicio. Dios se sentará para juzgar al mundo y decidirá, con toda su potestad, quién será el que interceda por la humanidad. Jesús se encontrará entre los agraciados, pues el Corán lo sitúa entre los que son estimados por Dios en este mundo y en el mundo venidero (3,45), es decir, los que son profetas en la tierra y tienen el derecho a interceder en el día del juicio. Además, en el momento de la resurrección y del juicio, Jesús dará testimonio con respecto a la gente del libro (4,159). (Sobre los hadits que hablan de la venida de Jesús al final de los tiempos, véase Ibn Kathïr, Tafsïr al-Quran, I, pp. 547-552). Como ya hemos dicho, los musulmanes de antaño y los contemporáneos no comparten el mismo punto de vista sobre la credibilidad de las hadiths de Ibn Kathïr (ca. 1300-1373). En el opúsculo divulgativo y polémico de Muhammad Ataur-Rahïm y Ahmad Thomson, titulado Jesus, Prophet of Islam (Londres 1996, pp. 271-278), podemos encontrar las frases de muchos de estos hadits.
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