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Pregunta 73: ¿No hay una contradicción entre los siguientes dos versículos del Antiguo Testamento? En Ex 34,7 leemos: [Yahvé] mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la culpa de los padres en los hijos y en los nietos hasta la tercera y cuarta generación, y en 2 Cro 25,4 se dice: Los padres no serán ajusticiados por causa de los hijos; los hijos no serán ajusticiados por causa de los padres, sino que cada uno será ajusticiado por su propio pecado. ¿Podría explicar esta contradicción? (TR)
Respuesta: Tal vez, las referencias más importantes que encontramos en el Antiguo Testamento a la doctrina sobre el perdón y el castigo de Dios se encuentran en Dt 5,7-10, que es la parte más notable del texto donde aparecen los diez mandamientos (es decir, el decálogo):
No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. No te postrarás ante ellas ni les darás culto. Porque yo, Yahvé tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación, cuando me odian, y tengo misericordia por mil generaciones cuando me aman y guardan mis mandamientos.
El mismo libro, es decir, el Deuteronomio, regresa al mismo tema en 7,9-11:
Has de saber, pues, que Yahvé tu Dios es el Dios, el Dios fiel que guarda su alianza y su favor por mil generaciones con los que le aman y guardan sus mandamientos, pero que da su merecido en su propia persona a quien le odia, destruyéndolo. No es remiso con quien le odia: en su propia persona le da su merecido. Guarda, pues, los mandamientos, preceptos y normas que yo te mando hoy poner en práctica.
A continuación encontramos también el texto de Ex 34,6-9, que se ha citado incompletamente en la pregunta, en el que Dios se aparece a Moisés:
Yahvé pasó por delante de él y exclamó: Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones y perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la culpa de los padres en los hijos y en los nietos hasta la tercera y cuarta generación. Al instante, Moisés se inclinó a tierra y se postró. Y dijo: Señor mío, si he obtenido tu favor, ¡dígnese mi Señor ir en medio de nosotros!, aunque éste sea un pueblo obstinado; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y haznos tu heredad.
Dt 7,10 muestra que Dios siempre castiga al individuo y además lo hace de forma inmediata. Por otra parte, recompensa a quienes lo aman por mil generaciones (véase Dt 7,9 y Ex 34,7, supra). El castigo del pecado de los padres en los hijos hasta la cuarta generación no contradice lo anterior, porque remite a una antigua forma de pensar, que aún persiste en las sociedades patriarcales tradicionales, donde cuatro generaciones forman la suma de una familia extensa. El cabeza del clan y el clan, que consta de cuatro generaciones, se consideran una unidad, una familia extensa. En este sentido, las familias extensas y el cabeza de ellas forman una unidad según la forma de pensar de quienes viven en estas comunidades, y, por tanto, son conjuntamente responsables ante Dios.
El versículo citado más arriba de 2 Cro 25,4 se corresponde exactamente con el versículo del Dt 24,16, que posiblemente sea cronológicamente anterior. Ambos textos, aparentemente contradictorios, pertenecen al mismo libro y, por consiguiente, no se consideraban contradictorios.
El capítulo 18 del libro del profeta Ezequiel está dedicado totalmente a la cuestión de la responsabilidad personal y es independiente de las tradiciones ya mencionadas. Léase todo el capítulo, pero sobre todo Ez 18,4 y 18,19-23. El profeta afronta en este capítulo la posible interpretación errónea de Dt 5,9 y Ex 24,7.
Pregunta 74: ¿Es la borrachera un pecado? Si es así, ¿cómo pueden los cristianos usar algo que induce a la embriaguez (el vino) en la celebración litúrgica e incluso hacerlo en el nombre de Dios? (TR)
Respuesta: El vino tiene una gran importancia en la Biblia. Puede verse hasta qué punto es apreciado en la historia que se nos cuenta de Noé, el padre de la humanidad renovada, el cual plantó una viña (Gn 9,20). Se alaba el vino en Jue 9,13 y Sal 104,15; pero también advierte la Biblia contra sus excesos (Is 5,11s.; Am 6,6; Prov 20,1; 23,31ss.; Eclo 19,2; Ef 5,18; 1 Tim 3,3-8; 1 Pe 4,3).
En el libro del Eclesiástico leemos lo siguiente:
Con el vino no te hagas el valiente, porque a muchos ha perdido el vino. El horno prueba el temple del acero, así el vino los corazones en una riña de orgullosos. El vino es vida para el hombre, siempre y cuando se beba con medida. ¿Qué es la vida para quien le falta el vino? Fue creado para alegrar al hombre. Alegría del corazón y regocijo del alma es el vino bebido a tiempo y con medida. Amargura del alma, el vino bebido con exceso por incitación o desafío. La embriaguez enfurece al insensato hasta hacerle caer, debilita sus fuerzas y le ocasiona heridas. En un banquete no reprendas a tu vecino, no te burles de él, si se pone alegre (31,25-31)
Siguiendo la lógica de la pregunta, sería un error usar un cuchillo porque utilizado equivocadamente puede provocar un grave daño. Con este tipo de cuestiones, lo que a la ética cristiana le preocupa solamente es evitar el exceso.
Hablando de forma más general, podemos decir que para evaluar moralmente el uso de los medicamentos, el alcohol y las drogas, conviene advertir que algunas sustancias son usadas para fomentar las reuniones sociales así como los médicos utilizan las drogas para tratar las enfermedades. Sin embargo, son reprehensibles si se usan como estupefacientes y quien las consume pierde el control de sí mismo. El uso de sustancias que provocan adicción física o psicológica y hacen que se debilite o se destruya el carácter moral y la libertad de quien las utiliza, no es moralmente aceptable. Una de las precondiciones para el cumplimiento de la finalidad de la vida es que cada uno intente ponerse sus propios límites, controle el exceso o se abstenga (Katholischer Erwachsenen Katechismus, vol. 2, Leben aus dem Glauben, Herder, Friburgo 1995, p. 278).
Pregunta 75: ¿Puede ser nodriza de un bebé una mujer de una religión diferente? (TR)
Pregunta 76: ¿Puede un hombre mamar la leche de su mujer? (TR)
Respuesta a las dos preguntas: La doctrina moral cristiana deja al cristiano libertad para actuar en ambos casos según le dicte su conciencia. Sólo cuando los actos, como los mencionados, violan los principios éticos y los mandamientos fundamentales o perjudican o escandalizan innecesariamente a los demás, los cristianos, como cualquier ser humano, debería abstenerse de realizarlos.
Pregunta 77: Una musulmana casada con un cristiano sospecha que su familia tunecina maldijo a la pareja y que esta maldición ha provocado conflictos dentro y fuera del matrimonio ¿Sabe algo sobre este tipo de maldiciones? ¿Existe alguna conexión entre las maldiciones y el Corán? ¿Es posible luchar contra estas maldiciones o quitarlas? (AL)
Respuesta: Es frecuente encontrarse con supersticiones entre los musulmanes, no sólo en quienes habitan en los pueblos, sino también en las ciudades. Como ocurre con toda superstición, también en los países orientales se dice que las ancianas tienen el poder de echar maldiciones y de quitarlas, de invocar a los espíritus, sanar a los enfermos y predecir el futuro. Muchas creencias supersticiosas tienen su correspondiente fundamento en el Corán. La creencia en los genios es un ejemplo representativo. Se les teme porque pueden producir enfermedades, el infortunio y la muerte. Llevar amuletos que dan buena suerte, protege de los malos espíritus. Si un espíritu malo posee a un hombre, éste enferma. Los árabes llaman atados o atados por un genio a quienes padecen enfermedades de índole psíquica, como la histeria, la epilepsia, la melancolía, la apoplejía y la parálisis. Los turcos dicen que están poseídos por un genio. Sólo pueden ser curados por aquellos a quienes sirve el genio. La curación se obtiene evocando a los espíritus, con fumigaciones, con amuletos de buena suerte, oraciones y conjuros. Hay gente que tiene la capacidad de atraer a los espíritus para hacer daño a otras personas. Usan amuletos y hechizos, pero también la magia. Se comenta que muchas enfermedades están provocadas por el poder maléfico del ojo, conocido como mal de ojo. El mal de habla y el mal de olor también pueden provocar mucho daño. Entre los numerosos ritos apotropaicos y sanadores, como los amuletos y los conjuros, uno de los eficaces contra las maldiciones verbalmente realizadas consiste en repetir cuarenta y una vez la frase ma schallah (hágase la voluntad de Dios). Si todos estos medios fallan, entonces tienes que ir a una persona mayor o un anciano (schaikh) o un maestro (en turco hoca) (véase voz Aberglauben en Kreiser y Wielandt [eds.], Lexicon der Islamischen Welt, Stuttgart 1992).
Según la fe cristiana, todas las huellas de superstición están desterradas por la fe en la omnipresencia de Jesucristo resucitado y la conexión viva con él mediante los sacramentos del Espíritu y otros ritos, bendiciones y actos simbólicos (es decir, los sacramentos).
Pregunta 78: En Jn 1,18 se dice que nadie ha visto nunca a Dios. Sin embargo, en el Antiguo Testamento hay varios versículos que afirman exactamente lo contrario (Gn 17,1; 18,1, Ex 6,3; 24,10; Am 9,1, etc.). ¿Cómo explicaría esta contradicción? (TR)
Respuesta: Leamos los siguientes versículos:
Jn 1,17-18: (17) Pues mientras que la ley fue dada mediante Moisés, la gracia y la verdad llegaron mediante Jesucristo. (18) Nadie ha visto nunca a Dios. Solamente el Hijo, Dios, que estaba junto al Padre, lo ha revelado. Jn 6,46: Nadie ha visto al Padre excepto el que procede de Dios; él ha visto al Padre. Jn 7,29: Yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado. 1 Jn 4,12: Nadie ha visto nunca a Dios. Sin embargo, si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor es llevado a la perfección en nosotros.
Todas estas citas de los escritos joánicos se refieren a Ex 33,20, cuyo contexto es la estancia de Moisés en el monte: Ex 33,18-23: (18) Moisés dijo: ¡Déjame ver tu gloria!. (19) Respondió: Haré que todo mi esplendor pase ante ti y en tu presencia pronunciaré mi nombre, SEÑOR; yo que muestro mis favores a quien quiero, yo que concedo misericordia a los que quiero. (20) Pero mi rostro no puedes verlo, pues nadie me ve y sigue vivo. (21) Aquí, continuó el SEÑOR, está un lugar cerca de mí donde te colocarás sobre la roca. (22) Cuando pase mi gloria te meteré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. (23) Luego apartaré mi mano para que veas mis espaldas, pero mi rostro no lo verás.
Comentario sobre Ex 33,20: Entre la santidad de Dios y la indignidad del hombre hay tal abismo que el hombre tendría que morir si viera a Dios cara a cara (véase Ex 19,21; Lv 16,2; Nm 4,20) o incluso con sólo oírlo (véase Ex 20,19; Dt 5,24-26; véase también 18,16). Por consiguiente, Moisés (en Ex 3,6), Elías (en 1 Re 19,13) e incluso los serafines (Is 6,2) cubren su rostro ante Yahvé. El que sigue vivo después de haber visto a Dios, experimenta el asombro más intenso que se pueda tener (Gn 32,31; Dt 5,24) o el éxtasis (Jue 6,22-23; Is 6,5). Raramente concede Dios esta gracia, Ex 24,11, como otorgó a Moisés de verle cara a cara (Ex 33,11; Nm 12,7-8; Dt 34,10) y a Elías (1 Re 19,11ss.). Ambos serán los testigos de la transfiguración de Cristo, la teofanía de la nueva alianza (Mt 17,3), y, según la tradición cristiana, serán los principales representantes de la visión mística de Dios (2 Cor 12,1ss.).
En la nueva alianza, la gloria de Dios se revela en Jesús (véase Ex 24,16 y Jn 1,14; 11,40). Nadie ha visto al Padre, sino solamente Jesús, el Hijo (Jn 1,18; 6,46; 1 Jn 4,12). Los seres humanos verán a Dios cara a cara solamente en la beatitud del cielo (Mt 5,8; 1 Jn 3,2; 1 Cor 13,12; véase 2 Cor 4,4-6) (Comentario extraído de The New Jerusalem Bible, Londres 1985, p. 125).
Pregunta 79: En Gn 11,5 leemos: El Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres habían construido. ¿Es que vuestro Señor es corto de vista hasta el punto de que no puede ver desde el cielo y, por eso, tiene que bajar a la tierra? (TR)
Respuesta: Debemos realizar dos comentarios sobre este particular.
1. Los once primeros capítulos del Génesis deben considerarse como una parte independiente del resto del libro. Describen de forma popular el origen de la humanidad; de modo sencillo y gráfico, adecuado a la mentalidad de gente sin formación intelectual, declaran las verdades fundamentales en las que se fundamenta el plan de la salvación: la creación por Dios al comienzo de los tiempos, la intervención especial en la creación del hombre y la mujer, la unidad del género humano, el pecado de nuestros primeros padres, la caída del favor divino y el castigo que sus descendientes heredarían como consecuencia del pecado. Se trata de verdades que tienen su relación con la doctrina teológica y que están garantizadas por la autoridad de la Escritura; pero también son hechos, aunque no podemos conocer su naturaleza, pues se nos presentan en forma mitológica que es la que corresponde a la mentalidad de su época y a su lugar de origen (The New Jerusalem Bible, p. 11).
2. Los evidentes antropomorfismos que el Antiguo Testamento usa para hablar de Dios, de los que el versículo citado aquí (Gn 11,5) es uno de tantos, confunden frecuentemente al lector moderno, e incluso le resultan chocantes. Sin embargo, pueden descodificarse y comprenderse como expresión de la relación vital y proactiva de Dios con la humanidad. Estos antropomorfismos iluminan la vitalidad de Dios, lo que nosotros denominamos personalidad. La forma aparentemente humanizada de hablar de Dios y la fe se protege de las obvias malinterpretaciones, por una parte, mediante la confesión de que Yahvé trasciende el espacio y el tiempo, y, por otra, su núcleo y centralidad se ven protegidos por el modo en que los hebreos (que no habían reflexionado a fondo sobre los conceptos de espíritu y personalidad) nunca describen a Yahvé como él, yo o el ser en cuanto tal. A. Deissler comenta: Esto da expresión a las características originales de lo personal, como el conocimiento y la sabiduría, la voluntad y la libertad, y no sólo en lo que respecta al discurso, sino también en lo que se refiere al hecho de hablar de uno mismo. En este hecho, el Antiguo Testamento incluye todo lo relacionado con el actuar de Dios hacia fuera, y que, de este modo, proclama la palabra cósmica-creadora, la palabra que cambia la historia y la Palabra específicamente reveladora de Yahvé (Die Grundbtoschaft des Alten Testaments, en B. Dreher et al. [eds.], Handbuch der Verkündigung, 1, Friburgo 1970, p. 162). Véase Theodor Schneider, Was wir glauben, Patmos, Düsseldorf 1988, p. 97.
Pregunta 80: 1 Cor 14,34-35 leemos: Las mujeres cállense en las asambleas; que no les está permitido tomar la palabra; antes bien, estén sumisas como también la Ley lo dice. Si quieren aprender algo, pregúntenlo a sus propios maridos en casa; pues es indecoroso que la mujer hable en la asamblea. Actualmente hay mujeres que son sacerdotes. ¿Ha dejado de ser válido el evangelio? (TR)
Respuesta: Mujeres y hombres han sido creados igualmente a imagen de Dios (Gn 1,27). No tienen un valor diferente. Por consiguiente, toda discriminación de la mujer, como ha ocurrido en la historia de la cultura y la civilización, está en contradicción con la voluntad original del creador. La igualdad entre el hombre y la mujer constituye una verdad sagrada de la revelación de Dios para el mundo y para la iglesia.
Mediante sus acciones, Jesús clarificó la igualdad y la dignidad de las mujeres. Las mujeres cuentan tanto en sus discursos, sus acciones y su amor por la humanidad como los hombres. Permitió que las mujeres lo siguieran y lo apoyaran (Lc 8,1-3), defiende a la prostituta menospreciada (Lc 7,36-50) y traspasa los límites de su sociedad (Jn 4,27) y los tabúes religiosos (Mc 5,25-34).
La iglesia primitiva asume la intención de Jesús al subrayar la igualdad de estatus y dignidad entre las mujeres y los hombres, y liberarlas seriamente de las restricciones y limitaciones habituales de su tiempo. Pablo remite al bautismo, en el que se superan todas las diferencias previas y todos los bautizados son exactamente lo mismo en la unidad de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, pues todos sois uno en Cristo Jesús (Gal 3,27ss.). Esta afirmación teológica fundamental, que redefine el orden creado en la nueva creación que Cristo realiza, se dirige a la superación de todas las barreras y restricciones que existían hasta entonces.
La traducción de esta consciencia teológica al campo de la acción fue difícil incluso para Pablo (véase 1 Cor 11,2-16, donde aparece la oración citada en la pregunta), aunque llamaba a las mujeres a participar plenamente en la vida de la comunidad e incluso admitía que ejercieran el rol de dirigentes y líderes (véase Rom 16,1-5) y de misioneras (véase Rom 16,7). Sin embargo, después de Pablo aumentó la tendencia a restringirlas al ámbito doméstico (compárese 1 Cor 14,34ss. con 1 Tim 2,11-15 y también con 1 Pe 3,1-6; Tit 2,5-11 y 1 Tim 5,11-14). El mandato de que los hombres amen a sus mujeres, que también formaba parte de la ética greco-romana, se profundiza en Ef 5,25-32 en el contexto del hogar cristiano: Maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la iglesia y se entregó por ella (5,25). El ejemplo del amor servicial de Cristo tenía que cambiar la actitud del hombre hacia su esposa, dándole amor en lugar de ejercer su poder patriarcal. Además, en Ef 5,21 se ordena a todos los cristianos, hombres y mujeres, lo siguiente: Sed sumisos unos a otros por temor a Cristo.
Ya en el ámbito de la doctrina de la iglesia, encontramos una serie de cuestiones realmente difíciles tanto para la Iglesia Católica como para la Ortodoxa. Una de las muchas y ampliamente discutidas cuestiones es el problema del acceso de la mujer al oficio de sacerdote o pastor. En su dignidad humana y cristiana, las mujeres son iguales a los hombres. Por consiguiente, las mujeres deberían gozar de la misma posición en todos los aspectos del discipulado. Sin embargo, en 1976, la Congregación para la Doctrina de la Fe volvió a defender que, por el ejemplo de Jesús y toda la tradición de la Iglesia, la Iglesia Católica no cree que sea posible admitir al sacerdocio a las mujeres. No se trata de una decisión dogmática definitiva. Sin embargo, los argumentos de la Escritura son muy importantes y debe dárseles más peso que a los argumentos que proceden de la exigencia de igualdad entre el hombre y la mujer en el orden secular. Además, en relación con la cuestión del oficio, la Iglesia Católica no quiere situarse en un camino diferente al de la Iglesia Ortodoxa.
En la Iglesia Anglicana, como en muchas otras iglesias protestantes, las mujeres actúan como pastoras e incluso como obispas.
Pregunta 81: ¿Qué diferencias existen entre los ortodoxos, los católicos y los protestantes, y que creencias son las que comparten? (TR)
Respuesta: (1) El cristianismo ortodoxo y la Iglesia Católica
Se aplica el término ortodoxo a las iglesias que viven el cristianismo en la forma en que se desarrolló en los tiempos de Bizancio. Esta forma se desarrolló en la parte oriental del Imperio Romano y traspasó sus límites, llegando, especialmente, a la zona oriental de los países eslavos. Muchas iglesias ortodoxas orientales también reclaman el nombre de iglesias ortodoxas para sí mismas. Difieren de las Iglesias Ortodoxas en su liturgia y sus doctrinas (aunque en 1980 llegaron a acercarse dogmáticamente, sobre todo en cuestiones cristológicas). Las Iglesias Católicas orientales se diferencian por su comunión canónica con el obispo de Roma. El término ortodoxo, que a menudo se traduce por de fe recta, realmente significa alabar (a Dios) de forma correcta, indicando, así, la central importancia que la dimensión litúrgica tiene en la vida de las iglesias ortodoxas.
El primado del obispo de Roma (véase nuestro libro, capítulo 6, III, 1.2) sigue siendo la razón principal por la que se mantiene la separación entre las Iglesias Ortodoxas y la Iglesia Católica, que tuvo su origen en 1054 d.C. Sin embargo, la extensión del primado en el occidente no se debió tanto al deseo de Roma por el poder, cuanto a la responsabilidad con respecto a la libertad y la unidad de la Iglesia. Más que algo exigido por Roma, fueron los demás los que demandaron su primacía. Para legitimar la escisión se dieron una serie de razones teológicas que aún se mantienen, como, por ejemplo, el rechazo de las costumbres latinas del pan sin levadura en la celebración de la eucaristía, del celibato de los sacerdotes y de la formulación ligeramente diferente del credo, que se conoce como la oración del filioque.
Junto a estas razones determinantes que justifican la escisión entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica de Roma, también entran en juego estilos diferentes de liturgia y de espiritualidad, por lo que bien podemos decir que no son las diferencias doctrinales, sino, más bien, el modo de ser cristiano, lo que siempre ha constituido la más importante diferencia entre el oriente y el occidente, y aún sigue siéndolo en la actualidad.
La prolongada existencia del Imperio Romano en el oriente significó la continuidad de la Iglesia del imperio, que fue fundada por Constantino (306-337). El emperador era venerado como el representante de Dios en la tierra. Era un vice-Cristo, un emperador-sacerdote occidental, que poseía todos los derechos e incluso estaba por encima de las leyes de la Iglesia (la ley canónica). Su poder en la Iglesia, en cuanto al desarrollo de sus doctrinas, leyes y administración, estaba limitado solamente por la ley de Dios. En este sistema, que no siempre correctamente ha sido denominado como cesaropapismo, el pueblo y la Iglesia, como también la Iglesia y el Estado, estaban estrechamente unidos. Los patriarcas estaban en un rango inferior al rey y con frecuencia actuaban según sus dictámenes. Esta estructura eclesial se mantuvo después de la caída del Imperio Romano oriental, que fue reemplazado por los gobernantes de cada nación, como los zares en Rusia o los gobernantes serbios y rumanos. En todos estos casos se produjo el nacimiento de patriarcados independientes. La práctica religiosa se limitaba en su mayor parte a la liturgia y en ella se mantuvo inalterable durante siglos. No se produjeron innovaciones relevantes, ni en la teología ni en la filosofía cristiana, ni en las ciencias políticas ni en el arte. La Iglesia siguió existiendo como si el tiempo no hubiera pasado.
En el occidente las cosas se desarrollaron de forma muy diferente. Tras la caída del Imperio Romano occidental, el Papa se vio fortalecido y, finalmente, como el representante de la única institución de gobierno que había quedado intacta. Posteriormente, se constituyó en el líder espiritual de Europa central y occidental, y, de este modo, se convirtió en una especie de vínculo supranacional entre las provincias de la Iglesia, a quien los gobernantes locales y regionales solicitaban que los legitimara en su poder. Mientras que en Europa oriental el rey estaba por encima del patriarca y lo protegía, la balanza del poder en el occidente parecía ser exactamente la contraria.
Debido a la controversia sobre las investiduras y su solución, en el sistema occidental se produjo finalmente la separación entre los ámbitos político y religioso. Nunca ponderaremos lo suficiente la importancia que este proceso tuvo para el desarrollo de la filosofía occidental. Ni Europa oriental ni el mundo islámico han desarrollado nada que pueda compararse y por ello se mantienen, en este aspecto, en el mismo nivel que habían alcanzado al comienzo de la época medieval. Sólo Europa occidental avanzó más y se atrevió a entrar en una nueva era, siguiendo adelante por la continua contienda por la supremacía entre los dos bloques diferentes de poder, el de la Iglesia y el del rey (estos cinco párrafos proceden en su mayor parte de la obra de Peter Antes, Machs wie Gott, werde Mensch. Das Christentum, Patmos, Düsseldorf 1999, pp. 110-112).
El deplorable estado en que se encontraba Roma en tiempos del Renacimiento, la vida en los palacios episcopales y la falta de formación del clero (desde el siglo XIV), constituía para muchos miembros de la Iglesia occidental una llamada a una reforma total. A causa de las guerras, que a menudo servían a los intereses de los príncipes eclesiásticos, la peste y los períodos de terrible hambruna, como también las constantes amenazas con el fuego del infierno, la población vivía sumida en el terror. Eran muchos los que hacían peregrinaciones, veneraban las reliquias y pagaban las indulgencias, que, con frecuencia, estaban vinculadas con una creencia en la magia, de lo que se aprovechaban los vendedores de las indulgencias.
Preparada por los intentos de reforma de J. Wyclif (que murió en 1384) y J. Hus (que murió en 1415), la crítica de Martín Lutero (murió en 1546) de la situación dominante, que oscurecía la doctrina de la justificación por la fe, encontró un suelo fértil; se vio promovida por la puesta en circulación de sus obras y su traducción de los textos originales de la Biblia gracias a la imprenta. Intensificados por las ambiciones políticas de los príncipes eclesiásticos y por la falta de una verdadera comprensión por parte de Roma, los intentos de reforma de la Iglesia por Lutero condujeron, en cambio, a un segundo gran cisma, que desembocó en la separación de la rama reformada bajo U. Zwinglio (muerto en 1531) y J. Calvino (1564), y, un poco después, en la secesión de la Iglesia Anglicana.
Como reacción a la indiferencia previa con respecto a la Biblia, como también a una sobrevaloración de la importancia de las buenas obras, estas iglesias intentaron inspirarse solamente en el Espíritu de la Sagrada Escritura (sola scriptura), confiando en la gracia de Dios (sola gratia) para dar gloria sólo a Dios (solus Deus). A pesar de su crítica a la Iglesia de Roma, los reformadores seguían muy unidos a las tradiciones de la iglesia (por ejemplo, aún fundamentaban sus doctrinas en los antiguos concilios), pero este panorama cambió en las siguientes décadas. La ortodoxia protestante (siglo XVII) sólo admitía la Biblia como orientación para la vida cristiana, considerándola totalmente inspirada por Dios, incluso la última coma. El término protestantes fue acuñado inicialmente por estas mismas iglesias hacia mediados del siglo XVI en Inglaterra.
Los católicos, que habían mantenido su lealtad a Roma, asumieron las llamadas a la renovación mediante la contrarreforma (especialmente, el concilio de Trento, 1545-1563) e intentaron por todos los medios poner fin a los defectos y renovar la vida cristiana mediante la instrucción de los sacerdotes, las visitas episcopales, la veneración adecuada de los santos, intensificando la piedad eucarística, etc. Sin embargo, al igual que la aplicación de la Reforma, la Contrarreforma se vio salpicada frecuentemente por la violencia. En conexión con la Contrarreforma, que encuentra su reflejo en los edificios, las pinturas y los escritos del barroco, el descubrimiento de nuevos continentes desembocó en un importante impulso misionero, que también condujo a un encuentro más intenso con otras religiones.
Pregunta 82: Si Dios está siempre presente y está en todas partes, ¿cómo puede ser independiente del espacio y del tiempo? (TR)
Respuesta: Precisamente porque Dios, el Increado, el Trascendente, está más allá de todo límite espacio-temporal, puede estar presente siempre y en todas partes.
Pregunta 83: ¿Por qué no aceptaron los judíos a Jesús y siguen sin aceptarlo? (TR)
Respuesta: Para muchos judíos contemporáneos de Jesús y muchos otros judíos de los siglos posteriores hasta nuestros días, parece que Jesús violó y sigue violando las instituciones más importantes del pueblo elegido:
- La obediencia debida a la Ley, tanto a la escrita, como, en el caso de los fariseos, a su interpretación oralmente transmitida. - El papel central del Templo de Jerusalén como lugar sagrado, lugar especial de la morada de Dios.
Pregunta 84: ¿Rezan los cristianos a los iconos y las esculturas? (TR)
Respuesta: En la parte cuarta de su explicación sobre el primero de los Diez Mandamientos, el Catecismo de la Iglesia Católica comenta las últimas palabras del primer mandamiento: No te harás escultura alguna…
2129 El mandamiento divino implicaba la prohibición de toda representación de Dios por mano del hombre. El Deuteronomio lo explica así: Puesto que no visteis figura alguna el día en que el Señor os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a prevaricar y os hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea... (Dt 4, 15-16). Quien se revela a Israel es el Dios absolutamente Trascendente. El lo es todo, pero al mismo tiempo está por encima de todas sus obras (Si 43, 27- 28). Es la fuente de toda belleza creada (cf. Sb 13, 3).
2130 Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce (cf. Nm 21, 4-9; Sb 16, 5-14; Jn 3, 14-15), el arca de la Alianza y los querubines (cf. Ex 25, 10-12; 1 Re 6, 23-28; 7, 23-26).
2131 Fundándose en el misterio del Verbo encarnado, el séptimo Concilio Ecuménico (celebrado en Nicea el año 787), justificó contra los iconoclastas el culto de las sagradas imágenes: las de Cristo, pero también las de la Madre de Dios, de los ángeles y de todos los santos. El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva economía de las imágenes.
2132 El culto cristiano de las imágenes no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, el honor dado a una imagen se remonta al modelo original (S. Basilio, spir. 18, 45), el que venera una imagen, venera en ella la persona que en ella está representada (Cc de Nicea II: DS 601); cf. Cc de Trento: DS 1821-1825; Cc Vaticano II: SC 126; LG 67). El honor tributado a las imágenes sagradas es una veneración respetuosa, no una adoración, que sólo corresponde a Dios:
El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige a la imagen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que ella es imagen (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 81, 3, ad 3).
No hace falta decir que en este contexto la palabra imagen también se refiere a los iconos y las esculturas.
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